La mayor fuente de frustración para la ministra Paula Narváez debe ser enfrentarse a diario a dos caminos: dar noticias incómodas, como resultado de un Gobierno que ha fracasado y cosecha una impopularidad altísima; o ser la voz de una campaña sucia. Prestarle ropa a la querella del diputado Gutiérrez y ni arrugarse con una excusa cuando Sebastián Piñera fue declarado inocente por la justicia; mentir sobre la realidad del país; instalar una agenda legislativa tramposa; y amarrar al aparato estatal a 15 mil operadores, es parte de una campaña muy sucia y muy dañina.
Publicado el 25.08.2017
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Más que Ministra Secretaria General de Gobierno, Paula Narváez oficia hoy como vocera de una campaña contra el ex Presidente Sebastián Piñera. Para cumplir con esa misión, no se queda en un simple contraste entre lo que propone el candidato presidencial de Chile Vamos frente a los temas de mayor preocupación para los chilenos, y la visión del Gobierno –un juego normal y sano en democracia–, sino que llega mucho más lejos. Su objetivo es desacreditarlo en términos personales, porque, por encima de su sonrisa de Mona Lisa y tono de voz suave, Narváez forma parte de una izquierda pretenciosa y sectaria –dominante en el Gobierno de la Presidenta Bachelet–, que se arroga en exclusiva la altura moral para gobernar, opinar y criticar.

En el guión que ha diseñado La Moneda para la ministra Narváez, Chile progresa hoy a pasos agigantados. A diario la vocera se indigna porque Sebastián Piñera “no reconoce los avances extraordinarios que ha tenido Chile” y, en cambio, retrata la realidad que viven millones de compatriotas, en el peor momento económico, de mayor déficit fiscal y endeudamiento público de las últimas décadas, con una cesantía maquillada con trabajos en la calle, con delincuencia, acampando toda la noche para matricular a un hijo en un colegio de su preferencia, o madrugando en los pasillos de un hospital para conseguir una atención médica.

Para Narváez, un candidato presidencial no puede criticar las decisiones de la administración que aspira a reemplazar, como si se tratara de una institución sagrada, impenetrable, a cargo de una divinidad. Y debe asumir, con la misma indiferencia de La Moneda, los papelones y las severas consecuencias de las decisiones u omisiones de un mal Gobierno. Cuando Sebastián Piñera le reprocha a la Nueva Mayoría lo ocurrido con el informe de la comisión investigadora de Sename, o que seis mil seres humanos murieran el año pasado esperando por una atención de salud, o la legitimación de la violencia en La Araucanía, la vocera lo acusa de falta de “sensibilidad”. Y cuando el ex Mandatario reclama por el gasto público irresponsable y por el gustito que se acaba de dar el Comité de Ministros –rechazando un proyecto minero en Coquimbo, que cumplía con los requisitos y que llevaría dos mil 500 millones de dólares a una región deprimida–, entonces “no tiene altura de estadista”.

Uno puede imaginar la frustración de la Ministra Secretaria General de Gobierno. Además de no cumplirse hasta ahora las “proyecciones” que hizo al día siguiente de la primaria presidencial, cuando adelantó que la votación de Piñera era de la “derecha dura” (casi un millón de electores, más de lo que jamás podría soñar la “derecha dura” en décadas) y que “si salió o no fortalecido es algo que está por verse”, los candidatos afines al Gobierno (incluyendo Beatriz Sánchez) se van quedando muy atrás en las encuestas que ella, por esa precisa razón, desde luego también desacredita. Pareciera que mientras la vocera más profundiza la campaña de ataques a Piñera, peor le va a su gente y más adhesión capta el abanderado de Chile Vamos.

Pero la mayor fuente de frustración para ella debe ser enfrentarse a diario a dos caminos: dar noticias incómodas, como resultado de un Gobierno que ha fracasado y cosecha una impopularidad altísima; o ser la voz de una campaña sucia. Prestarle ropa a la querella del diputado Gutiérrez y ni arrugarse con una excusa cuando Sebastián Piñera fue declarado inocente por la justicia; mentir sobre la realidad del país; instalar una agenda legislativa tramposa, para las prioridades electorales de la Nueva Mayoría y no para las que enfrentan los chilenos; y amarrar al aparato estatal a 15 mil operadores, adelantando su propia derrota, es parte de una campaña muy sucia y muy dañina para una mayoría de chilenos.

Tal vez a la vocera Narváez le va a tocar hacer con La Moneda, en marzo próximo, lo mismo que hizo en 2008, cuando desalojó Chaitén, un bello pueblito del sur de Chile, que afortunadamente abrió nuevamente las puertas a sus habitantes, precisamente bajo el Gobierno del Presidente Sebastián Piñera.

 

Isabel Plá, Fundación Avanza Chile

@isabelpla

 

 

FOTO: PABLO VERA LISPERGUER/AGENCIAUNO

 

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