Tal como lo predijera Hayek en 1944, antes de la Guerra Fría, los socialistas utilizarán el poder que le es conferido al Estado para sus propios objetivos políticos.
Publicado el 22.10.2014
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Pocos meses antes de la caída del muro de Berlín, Francis Fukuyama publicó su célebre ensayo: “El fin de la Historia”. Su tesis es que la superioridad del liberalismo económico y político por sobre el socialismo era tan evidente después de comprobarse la miseria y la decadencia que se escondía detrás de la Cortina de Hierro, que la discusión sobre cuál era la forma más adecuada de organizar un sociedad había quedado zanjada para siempre.

Hoy, ad portas de celebrar 25 años desde la caída del muro de Berlín, nos encontramos con países como Chile, que parecen haber olvidado completamente las lecciones de la historia y que desafían abiertamente la tesis de Fukuyama. La Nueva Mayoría gobierna con los mismos argumentos del socialismo imperante en la RDA antes de la caída del muro. Un estado poderoso, que toma control sobre diversos sectores de la actividad económica del país y que se entromete en la vida privada de las personas para establecer qué pueden y qué no pueden hacer.

Por cierto, Chile hoy está muy lejos de los extremos a los que se llegó en la RDA, previo a la caída del muro de Berlín, pero conceptualmente las ideas son las mismas, lo que nos lleva a suponer que, de persistir por un tiempo suficiente, el resultado final también podría serlo.

Friedrich Hayek, premio Nobel de Economía en 1974, dedicó su libro “Camino de servidumbre” a los socialistas de todos los partidos. Lo hizo para enfatizar que el socialismo no era un monopolio de los partidos de izquierda. También entre quienes se ubican en la derecha política había muchos socialistas, en el sentido de que estos políticos eran partidarios de entregarle al Estado parte de las libertades personales de los individuos a cambio de la promesa de un objetivo social superior, como por ejemplo eliminar la desigualdad.

La ingenuidad de estos socialistas de derecha los lleva a pensar que el Estado utilizará sus nuevos poderes exclusivamente para cumplir la misión supuestamente encomendada por la población, es decir, para reducir la desigualdad. La genialidad de Hayek estuvo en anticiparse a los tiempos al prever que un Estado poderoso podía utilizar dicho poder igualmente para reducir la desigualdad que para perseguir a sus opositores o para perpetuarse en el poder.

Lo que ha ocurrido con los proyectos de reforma educacional en Chile durante la actual administración es un buen ejemplo de lo anterior. El gobierno es elegido sobre la base de la promesa de reducir la desigualdad en Chile, para lo cual se requiere mejorar la educación, lo cual, a su vez, hace imprescindible un importante aumentos de impuestos. Esta tesis es apoyada por la izquierda, pero también por conspicuos políticos de derecha. Los impuestos efectivamente suben, pero se utilizan para otros fines distintos a mejorar la educación de los niños chilenos.

Por su parte, la reforma educacional, en vez de estar dirigida a mejorar la educación de los más pobres, de manera de reducir la desigualdad, se concentra en aumentar el control estatal de la misma. Se reduce la posibilidad de que los padres elijan la educación que quieren para sus hijos, se elimina el copago, lo cual reduce los recursos de cerca de medio millón de niños, y se privilegia a las entidades estatales por sobre las privadas, de manera de aumentar el control del Estado sobre la educación de las nuevas generaciones.

Ninguno de los proyectos presentados hasta ahora está enfocado en mejorar la calidad de la educación y en reducir la desigualdad. Tal como lo predijera Hayek en 1944, antes de la Guerra Fría, los socialistas utilizarán el poder que le es conferido al Estado para sus propios objetivos políticos. No podemos separar las promesas del socialismo de los medios que este pretende utilizar. El aumento constante y desmedido del poder del Estado terminará indefectiblemente por interferir en la libertad de las personas, controlar el poder económico y debilitar la democracia.

Andrés Velasco, quien se define a sí mismo en la izquierda política, ha experimentado recientemente cómo ese Estado poderoso que él apoya conceptualmente es utilizado por quienes lo consideran su adversario político para neutralizar sus aspiraciones presidenciales. Velasco, en los hechos, experimenta una situación similar a la que viven los protagonistas de la película “La vida de los otros”. En dicha cinta, los idealistas jóvenes de izquierda descubren que el gobierno de la RDA los espía y los persigue, aun siendo ellos supuestamente partidarios de las ideas de izquierda. La única diferencia entre la película y lo que le pasó a Velasco es que en la película estamos hablando de la vida de los otros, mientras que en el Chile de hoy estamos hablando de la vida de nosotros.

 

José Ramón Valente, Foro Líbero.

 

 

FOTO:CRISTOBAL ESCOBAR/AGENCIAUNO

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