Bachelet ha transitado, así, de la soledad del poder —fenómeno inherente a los regímenes presidencialistas, como el nuestro— a un verdadero poder ejercido en soledad, configurado por el realce de la figura presidencial a toda costa, incluso aunque ello implique la asfixia de nuevos liderazgos en el oficialismo.
Publicado el 12.09.2016
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Lagos y Piñera tienen algunas cosas en común. Entre ellas, el hecho de que ambos hayan contado con ministros que, con el tiempo, se fueron potenciando en la arena política y terminaron figurando como presidenciables. En época de Lagos pasó con Bachelet y Alvear; en época de Piñera con Matthei, Longueira, Allamand y Golborne.

Esto no fue —por cierto— fruto del azar, sino que obedeció a estrategias diseñadas directamente desde Palacio: un gobierno efectivo debe ser capaz de incubar y potenciar aquellos brotes presidenciables, pues sabe que su misión consiste no sólo en preocuparse por las urgencias, sino también en construir una idea de país que dure más que un simple mandato.

La doctrina Bachelet, en cambio, no ha producido nada de esto, en ninguno de sus dos períodos. No sólo no ha logrado levantar ni el más mínimo liderazgo presidencial —en su momento sonó Peñailillo, lo que por suerte no pasó de ser una mala idea—, sino que además ha fallado en construir los puentes para que los ministros de Estado al menos se den a conocer. La última encuesta Adimark es lapidaria: sólo un miembro del gabinete (Adriana Delpiano) supera el 80% de conocimiento y, para colmo, es la peor evaluada, con un 18% de aprobación, entre los ministros evaluados (que son los que tienen más de 40% de conocimiento). Aún más: el ministro del Interior, jefe de gabinete y primus inter pares, apenas alcanza el 36% de conocimiento, por lo que su nivel de adhesión ni siquiera es medible. Así, se hace imposible que la Presidenta Bachelet pueda desarrollar una agenda programática con acierto si no es capaz de empoderar a sus propios brazos derechos para que actúen como vasos comunicantes con la ciudadanía.

¿Es esto una anomalía de Bachelet? Comparando peras con peras (es decir, misma encuesta, mismo momento en gobiernos anteriores) podemos saber que, en agosto de 2012, nueve ministros de Piñera alcanzaban más de un 80% de conocimiento, y tres de ellos tenían más de 60% de apoyo. En agosto de 2008, en cambio, durante la primera administración de la actual Presidenta, sólo cuatro ministros eran conocidos por más del 80% de la población y, en todos los casos, el rechazo era mayor al apoyo obtenido.

Todo esto parece indicar que la idea de ministros débiles obedece a un diseño estratégico calculado. ¿Qué podría justificar una cosa semejante? Se han ensayado distintas tesis, y algunas muy duras, como la idea de que el liderazgo de Bachelet sería tan emocional, y por ello tan frágil, que una figura fuerte en el gabinete podría dañar la estampa presidencial. Para quienes defienden esta tesis, la Jefa de Estado no podría tener a un Panzer a su lado, lo que explicaría, quizás, por qué no hay un Insulza o un Escalona en el gabinete, o por qué Mario Fernández es el rostro principal de aquél.

Bachelet ha transitado, así, de la soledad del poder —fenómeno inherente a los regímenes presidencialistas, como el nuestro— a un verdadero poder ejercido en soledad, configurado por el realce de la figura presidencial a toda costa, incluso aunque ello implique la asfixia de nuevos liderazgos en el oficialismo.

A decir verdad, desde las filas del gabinete no se ha logrado levantar ninguna figura relevante. En vez de hablar de Pacheco, Bowen o Gómez-Lobo como líderes empoderados, llamados a oxigenar la Nueva Mayoría, los precandidatos presidenciales son Allende, Insulza y Lagos. En este sentido, la idea del poder en soledad no es sólo pusilánime —el carácter es parte esencial de un buen relato político, como señala Evan Cornog en The Power and the story—, sino también miope, porque es un modelo que está destinado al fracaso: en contextos así, es lógico que la agenda pública se enfoque en el reemplazante, dando anticipadamente por terminado el Gobierno en curso. Es el inolvidable “síndrome del pato cojo”, fantasma que nuevamente acecha al gobernante cuando se acerca a la mitad de su segundo tiempo (lo que resulta al menos grave cuando todavía queda año y medio de Gobierno).

El síndrome del pato cojo ya es complicado de por sí, pues impide llevar adelante la agenda política programada. Pero es además especialmente trágico para una administración como la actual, que no ha logrado levantar cabeza desde los primeros meses y que no ha sabido utilizar a sus propios ministros de Estado como fusibles en torno a idea más compleja, como es el Gobierno. Ante este escenario, la irrupción de Ricardo Lagos sólo viene a enturbiar las aguas: para algunos es cuestionable que La Moneda arriesgue el escaso capital político que le queda —acentuando con ello el período del “pato cojo”— sólo para proteger y avalar al precandidato presidencial. Si no lo ha hecho con sus propios ministros, difícil que lo haga por Lagos, aun cuando él mismo lo hizo con Bachelet, mientras ella era candidata y él estaba en el poder. El pago de Chile, le dicen…

 

Roberto Munita, Abogado, Magíster en Sociología y en Gestión Política.

 

 

 

FOTO:CRISTOBAL ESCOBAR/AGENCIAUNO.