Llevan años diciéndonos que si yo estoy mal es a causa de que otro está bien. No hay mejor manera de estructurar una sociedad sobre la exaltación de la irresponsabilidad individual, la envidia y la frustración.
Publicado el 05.04.2015
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En el conjunto de los problemas que enfrentamos, si tuviera que calificar uno como el más grave, no tengo duda que es la desconfianza de los chilenos con todo y con todos.  Es una desconfianza cargada de aprehensiones, de sospechas, de una suposición de mala fe en el otro que parece cada vez más generalizada.

Toda sociedad se construye sobre la confianza y se destruye por la desconfianza.  Esto es evidente y se aplica tanto a la familia como al Estado.  El que no confía en la fidelidad de su pareja al proyecto común, no puede pretender que su matrimonio sea estable; si no confiamos en nuestros hijos y, por ende, en que pueden ir tomando sus propias decisiones, no los dejaremos madurar.

El que vive en la desconfianza vive a la defensiva; siempre al borde de la violencia, porque ninguna norma, ni autoridad, le dan seguridad. Además, sus parámetros éticos comienzan a desdibujarse, porque la vida se torna un ejercicio de fraudes y perjuicios recíprocos, en que gana el que se “aviva”.

Tal vez por eso conducir un automóvil en Estados Unidos es una experiencia tan gratificante, porque se percibe de inmediato el contraste con un medio en que la gente no siente la necesidad de “avivarse”, en que los conductores se presumen recíprocamente la buena fe y, por lo tanto, cuando uno toma una pista equivocada, de inmediato lo dejan pasar para volver al carril correcto.  Nadie está en esa competencia absurda por no ser adelantado o retroceder un lugar en una fila, que vivimos a diario en nuestras calles.

La ciudadanía es el estado civil de la confianza; la desconfianza, en cambio, nos hace retroceder al estado pre civil de la barbarie.  Por eso no se puede gobernar, ni se pueden hacer negocios,  ni formar comunidad, en una sociedad capturada por la desconfianza.  Afortunadamente no hemos retrocedido tanto, pero estamos en un punto que ya es preocupante.

¿Cómo llegamos hasta aquí?

Los seres humanos llevamos dentro la capacidad de salvarnos, tanto como la de perdernos.  Y no le doy a la expresión un sentido religioso, no es la perdición o salvación eterna del alma a lo que aludo, sino a la capacidad de salvar o perder nuestras potencialidades para la comunidad y el tiempo en que nos toca vivir.  Por eso la forma de toda organización social es tan importante, aquellas que se organizan sobre la base de potenciar las virtudes que todos llevamos dentro son exitosas y las que se organizan alrededor de nuestras miserias inevitablemente se destruyen a si mismas.

Esta y no otra es la principal razón por la que fracasó el comunismo, porque se fundaba en inhibir la libertad individual, no premiar el esfuerzo, no permitir que se expresaran la diversidad de proyectos de vida que surge en todo grupo humano.  Que el capitalismo y la democracia generaran más riqueza y prosperidad no es la causa de su éxito, sino la consecuencia directa de un sistema que se funda en los atributos contrarios al comunismo y que llevó a ese resultado de prosperidad y libertad que hizo evidente su superioridad.

Aquí radica la responsabilidad de los liderazgos; porque son los líderes quienes, por su influencia, tienen la capacidad de incidir en la percepción que las personas comunes y corrientes tienen de la calidad de la sociedad en la que viven y de los valores que la impulsan.

Nuestro país se ha caracterizado especialmente por un liderazgo político, aunque también en otros ámbitos como el de los medios de comunicación y de miembros de la iglesia católica, que han tenido un discurso sistemático que sostiene que entre nosotros prima el abuso, en que el éxito no puede sino ser producto del perjuicio causado a alguien.

Muchos líderes llevan años diciéndonos que si yo estoy mal es a causa de que otro está bien.  No hay mejor manera de estructurar una sociedad sobre la exaltación de la irresponsabilidad individual, la envidia y la frustración.  En definitiva, de construir esta sociedad de la desconfianza en que estamos viviendo.

Si se habla de empresas que han generado tanto beneficio a los chilenos como las grandes cadenas de retail, que han llevado el acceso a bienes de calidad, a precios accesibles, en ambientes seguros, confortables y dignos a nuestros barrios más populares, sólo se muestran como grandes conglomerados que abusan de sus clientes, que “los endeudan” y que tienen ganancias injustas.

Conceptos equivalentes se podrían aplicar a la minería, las universidades, las empresas de telecomunicaciones, AFPs y un largo etc.  Ahora el INDH está empeñado en que sumemos a la lista de los “abusadores” a los carabineros, pretendiendo ignorar que  el discurso ideologizado y sesgado que ese Instituto estatal esgrime tiene incidencia en los ataques que sufren y que le cuestan la vida a varios carabineros al año.

Le ruego a los pacientes lectores que me perdonen el lenguaje, pero nuestro país comenzó a perder el rumbo del progreso y la estabilidad cuando la frase que se instaló como definición del estado de ciudadanía fue: “me están cagando”.

Ahora nos enfrentamos a que esa desconfianza irresponsablemente promovida se volvió contra el propio mundo político y ya no se salva ni la Presidenta, que hasta hace poco era el símbolo de la credibilidad.

La crisis del financiamiento de las campañas, que empezó en Penta y la UDI, hoy cruza a todo el espectro político. El cuestionamiento, en mi opinión sobredimensionado, tiene a todos paralizados, porque nadie siente que tiene la autoridad (vale decir el reconocimiento social de legitimidad) para dar una salida que ponga la aplicación de la ley y la justicia en coherencia con un sistema político viable, capaz de gobernarnos.

Espero que no sea demasiado tarde y que nuestros líderes políticos comprendan que no se puede hacer política, ni impulsar ningún proyecto de sociedad, sobre la base de destruir la confianza que hace posible las relaciones entre los seres humanos.

Mientras no volvamos a tener política, negocios, religión, cultura, que apele a lo mejor de nosotros, que nos invite a volver a creer en los demás, que nos diga que si otro esta bien, debemos presumir que lo está porque hizo las cosas bien, no volveremos a recuperar el camino del progreso.

Para salir de las crisis en las que estamos sería bueno recordar el tango de Eladia Blásquez:

“A pesar de todo, la vida que es dura,

también es milagro, también aventura.

A pesar de todo, dejándola abierta

verás que se cuela el sol por tu puerta”.

 

Es bastante más sano y constructivo que ir por la vida creyendo que todos “me están c…”

 

FOTO: PEDRO CERDA/AGENCIAUNO

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