La derecha es a veces tan graciosa, que se acomoda a las caricaturas que la izquierda ha cultivado de ella y prefiere gastar energías en actuar como si fueran reales. Cuando un sector de Chile Vamos insiste en que carece de sensibilidad social, lo que hace, en definitiva, es reafirmar ingenuamente el mensaje que la izquierda quiere pasar entre líneas: su pertenencia exclusiva a una cierta clase social.
Publicado el 11.11.2016
Comparte:

Me gusta que la centroderecha reafirme sus convicciones y cultive la profundidad de sus ideas. También me gusta que, especialmente cuando se trata de las personas más informadas, planteen sus puntos de vista no desde el lugar común que por distintas razones permitimos que se instalara, sino desde la realidad contante y sonante, los hechos y sus efectos.

Hay un lugar común que se reitera majaderamente al interior de los partidos del sector. Casi no hay consejo general ni comisión política, no hay entrevista ni columna desde donde se pretenda echar un vistazo a las perspectivas de Chile Vamos para un próximo gobierno, que no estén cruzados por la sentencia de que la derecha no tiene sensibilidad social y el gobierno de Sebastián Piñera solo se ocupó de la buena gestión y del orden, olvidando que “no todo es crecimiento y empleo”.

Vamos a hacer una distinción entre dos dimensiones. Una es la inspiración y la acción política, es decir la vocación que mueve hoy a los partidos de centroderecha en Chile y, en consecuencia, lo que se propuso y cumplió para el progreso social del país en el gobierno de Sebastián Piñera. Y, la otra, cómo se percibe a la derecha – o, más bien, cómo hemos permitido que sea percibida – y los énfasis comunicacionales de esa administración.

¿Cómo andamos en inspiración? Salvo las anomalías naturales en todos los espacios habitados por seres humanos, a los militantes y dirigentes de los partidos más grandes de la centroderecha —los que más conozco— los mueve una genuina vocación social, y sus representantes conocen la realidad mejor que la mayoría de quienes han estado en los últimos años desacreditando esa sensibilidad (porque, de lo contrario, jamás habrían sido electos). Y, con esa experiencia y vocación, mientras el sector permaneció en la oposición, contribuyó con inteligencia a respaldar la agenda social que implementó la Concertación post 1990, fundada, por cierto, en una combinación exitosa de focalización de políticas y recursos en los más pobres, junto con impulso económico para generar empleo.

¿Y la acción? Si hay una injusticia que irrita es la cantinela de que el gobierno de Sebastián Piñera no tuvo sensibilidad social, cuando no es muy difícil revisar y comprobar qué es lo que efectivamente ocurrió en esta materia entre 2010 y 2014. Más que una lista de medidas, se impulsó una política social: con un fundamento, la justicia social; y un objetivo, la promoción social (dejando atrás el mero asistencialismo), para sacar al mayor número posible de familias de la pobreza y entregar seguridades a la clase media.

Si bien no quiero destinar esta columna a enumerar todo lo realizado en cuatro años, permítame al menos mencionar la creación del Ministerio de Desarrollo Social, como un símbolo de lo central que es aún hoy la lucha contra la pobreza en Chile; la creación del Ingreso Ético Familiar, un programa que entrega subsidios monetarios a las familias en extrema pobreza, de acuerdo al cumplimiento de condiciones que impulsen su superación; e incluso la extensión del postnatal a seis meses, porque la mayoría de las mujeres que no trabajaban hasta entonces eran las más vulnerables, lo que exigía políticas que promovieran su incorporación laboral. La misma Reconstrucción tuvo un pilar social fundamental, primero para albergar a miles de familias que quedaron en la calle el 27F y, luego, para acompañarlas en su reinserción en nuevos espacios habitacionales.

Y aunque algunos puedan criticar mi falta de sensibilidad, digamos que la creación de un millón de nuevos empleos es un hecho social de envergadura, que probablemente a muchos chilenos les cambió la vida (entiendo el desprecio de algunos por este hecho, porque hay que haber estado alguna vez en los zapatos de un cesante o en los de su familia para entenderlo).

En la segunda dimensión, la comunicacional, tampoco se justifica el mito.

La derecha es a veces tan graciosa, que se acomoda a las caricaturas que la izquierda ha cultivado de ella y prefiere gastar energías en actuar como si fueran reales. Cuando un sector de Chile Vamos insiste en que carece de sensibilidad social, lo que hace, en definitiva, es reafirmar ingenuamente el mensaje que la izquierda quiere pasar entre líneas: su pertenencia exclusiva a una cierta clase social (lo que hace más de medio siglo ya no es real) y, desde ahí, inhabilitarla moralmente para liderar un gobierno e incluso para actuar en política.

Es cierto que Sebastián Piñera y la mayoría de los líderes de Chile Vamos —los de antes y los de ahora—, por una cuestión de formación, de estilo, de cultura de responsabilidad si usted quiere, no tienen en su ADN la retórica que promete la igualdad y la gratuidad inalcanzables. Pero es probable también que en ese gobierno, quienes más necesitaban protección en Chile se hayan beneficiado de buenas y serias políticas sociales y que recién hoy, tras dos años y medio de un muy mal gobierno, desordenado, que improvisa y que ha gastado mucho más de lo que tenemos, lo estén reconociendo.

La realidad a veces es menos poética que lo conveniente. Pero ya que estamos en plan de seriedad en política, seamos serios en toda la línea.

 

Isabel Plá, Fundación Avanza Chile

@isabelpla

 

 

Foto: PABLO VERA LISPERGUER/AGENCIAUNO

Ingresa tu correo para recibir la columna de Isabel Plá