Es probable que nuestros políticos terminen temiendo más a los humoristas de Viña que a la Contraloría y a los tribunales.
Publicado el 29.02.2016
Comparte:

En los años 70 se contaba en La Habana que Fidel Castro manifestó preocupación por las decenas de chistes que circulaban sobre él en toda Cuba. ¡El más famoso de todos los cuentos que circulaban era la historia de Superman que no podía volver a EEUU por la gran cantidad de cubanos colgados de su capa y gritando a ritmo de conga “¡Dale, Supelman que tú puedes volar, chico!”.

El comandante pidió entonces a sus servicios de seguridad que investigaran cuál era el origen de dichos cuentos, temiendo que el humor fuera una más de las muchas conspiraciones de la CIA para derrocarlo. El G2, como se conoce en Cuba a la policía política, descubrió que el creador de buena parte de las burlas a los Castro era un limpiabotas del populoso barrio de Jesús María en La Habana.

Castro partió a donde el humilde lustrabotas a limpiarse sus zapatos. Este hombre, asombrado por su singular cliente, mantuvo un largo silencio, mientras tiritaba de frío en los 30 grados de la tropical capital de Cuba. En cierto momento del largo silencio, el comandante le preguntó: “Oiga, así que usted es el que anda inventando los cuentos sobre mí, ¿verdad?”.

En un segundo, y sin dudarlo, el lustrabotas respondió “No Comandante, yo invento sólo chistes, el que inventa cuentos es usted”.

Nunca se sabrá si esta anécdota es real o es uno de los tantos chistes que circularon y circulan en La Habana, que no se pueden ver en televisión, pero todo cubano conoce.

En los años de dictadura en Chile pasaba algo similar. No se podía hacer chistes como los de Caroe representando al líder histórico de la UDI cantando la canción de Frozen a la salida de los tribunales o, peor aún, como la represión también alcanzaba los aspectos de la moral, hubiese sido imposible escuchar en televisión abierta el monólogo sobre el depilado del Monte de Venus que hizo Natalia Valdebenito en el Festival.

Pero no por ello dejaron de existir los chistes de los dos tipos. El Palta Meléndez imitaba a Merino en su doble rol de siniestro y alcohólico navegante. Se contaban chistes en peñas y pasaban de mano en mano los videos censurados no solo de imitadores de Pinochet, sino de humor subido de tono, como Cartagena Vice de Che Copete entre otros clásicos de esos tiempos.

Por tanto, más que reclamar debiéramos celebrar la enorme valentía de Chilevisión de apostar para el Festival de Viña por humoristas ácidos, directos, que no temen ser incorrectos y llaman a los políticos por su nombre. Los chistes de asados ahora están en televisión abierta, con 40 puntos de rating. Si el camino hubiese sido lo de siempre, el chiste simplón, homófobo, del marido pícaro o la suegra amenazante, muchas de las discusiones necesarias sobre el estado de la política no existirían.

Que nos hayamos reído como lo hicimos prueba que como sociedad vamos en el camino correcto de reacción ante nuestras dificultades. Y que los humoristas construyeran geniales metáforas el financiamiento de la política, la probable campaña presidencial entre dos ex Presidentes, o de la trivialización de los ex líderes estudiantiles, prueba de que el sentido común de las familias chilenas está más cerca de la política que años pasados. Y eso es bueno y sano para nuestro país.

Henri Bergson dice que la risa tiene un cierto rol positivo en nuestro mundo, pues nos ayuda a mejorar, y a construir un cierto pensamiento colectivo sobre temas complejos. Así, en este caso la risa y los humoristas actúan también como un elemento de control ciudadano y de accountability sobre los actos de los poderosos.

Por tanto, es una exageración pensar que el humor de Viña es una amenaza al status quo, o del otro lado, que el humor es un arma de lucha para acabar con todas las injusticias que tiene nuestra sociedad. Ambas miradas son simplistas e implican seguir creyendo que la gente eternamente soportará los fabrizios a los que se refería el mago humorista Caroe.

Pensar que el humor puede desatar fuerzas incontrarrestables es encontrarle razón a Fidel Castro en los años 70, cuando creía que los chistes sobre él habían sido inventados por la CIA y podían tener la capacidad de derrocarlo. Esto es algo que, de saberlo antes de escribirlo, ruborizaría al editorialista de El Mercurio, que escribió el jueves pasado sobre el humor en Viña y las amenazas a nuestras instituciones.

Y por cierto, también avergonzaría a la izquierda solemne que se indigna con los chistes sobre Camila Vallejo, pero ríe de buena gana con las caricaturas sobre Cecilia Pérez, apelando a su condición de mujer y su origen de clase media.

El humor es por sí mismo y no representa a nadie, salvo a un sentido común, como lo dice Bergson. En el caso de Viña tres humoristas lograron ese sentimiento colectivo, que se vio reflejado en elevados ratings, similares a los que hay cuando juega la selección. La clase política aparece en este escenario distanciada y algo molesta. Su propia reacción los distancia aún más.

Pero agradezcamos que la risa haya entrado como variable de juego a nuestra política. Es probable que nuestros políticos terminen temiendo más a los humoristas de Viña que a la Contraloría y a los tribunales.

 

Carlos Correa, Ingeniero Civil Industrial, MBA, consultor en comunicación estratégica y ex director(s) de la Secom.

 

 

FOTO:FRANCISCO LONGA/AGENCIAUNO