Así comenzó a establecerse el régimen comunista en Hungría y en otras naciones de Europa del Este, lo que permitió Winston Churchill, en marzo de 1956, denunciar que se había levantado una cortina de hierro o telón de acero en Europa.
Publicado el 22.10.2016
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La Revolución Húngara se desarrolló entre el 23 de octubre y el 10 de noviembre de 1956, en un ambiente cargado de esperanzas, dramatismo y muerte. Como ocurrió en distintos lugares de Europa Oriental, el problema tenía sus antecedentes en la Segunda Guerra Mundial, cuando la expansión del nazismo se apoderó de su territorio, que antes de la Primera Guerra formaba parte del Imperio Austro-Húngaro.

La dominación germana estuvo marcada por las características formas de arbitrariedad dictatorial que eran propias del régimen de Hitler y que se expresó con fuerza en otros territorios. La situación comenzó a cambiar, al menos parcialmente, cuando las fuerzas nacionalsocialistas empezaron a replegarse ante el avance del Ejército Rojo, que terminaría ingresando a Berlín en los primeros meses de 1945. ¿Qué pasó con Hungría en ese momento?

La respuesta es necesariamente ambigua. Por una parte, los húngaros esperaban salir cuando antes del dominio hitleriano, pero abrigaban temores sobre las posibles consecuencias. Esta doble percepción aparece nítidamente en Liberación, novela corta de Sandor Márai (Barcelona, Salamandra, 2012), que reproduce el siguiente diálogo:

¿Qué harán los comunistas? ¿Qué tipo de orden impondrán? ¿Quién será el señor y quién el criado?

A ella -Erzsébet, protagonista de la obra- ya sólo le queda la guerra, la soledad y ese hambre. Y la liberación, que ya no puede tardar…

Desde que tiene uso de razón, hace veinticinco años, ha oído hablar de los bolcheviques como de seres demoníacos y depravados que se dedican a devorar niños en las iglesias, a celebrar ceremonias sacrílegas para ultrajar todo lo bello, todo aquello en lo que la gente cree. Claro que ella, en esos veinticinco años, siempre ha sabido que las cosas son diferentes. Sabe que los bolcheviques están organizando una nueva sociedad, y que al hacerlo  seguramente cometen errores y crueldades, pero los guían la fe y el entusiasmo, elevados ideales”.

 

Con el paso de las semanas la “liberación” efectivamente llegó, pero las consecuencias no fueron las esperadas por algunos, como relata el propio Márai, tanto en su novela como en sus memorias. En esos días reaparecían la crueldad, la miseria, los asesinatos, la desesperanza. Las semanas de lucha entre bolcheviques y nazis, las miles de muertes que acompañaron los enfrentamientos, y la penosa constatación de que las personas parecían no aprender del sufrimiento eran manifestaciones de una civilización moribunda y de una liberación que se convertía en una nueva esclavitud.

El fin de la guerra dejó a una Hungría devastada, con miseria y una inflación desatada, con abusos del poder e intereses que ganaban con la desesperación. Era parte de la destrucción descrita con crudeza por Keith Lowe en Continente salvaje. Europa después de la Segunda Guerra Mundial (Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2012). Ahí el historiador británico explica cómo numerosas mujeres fueron violadas por los soldados soviéticos, en una cifra difícil de precisar, pero que estaría entre las 50 mil y las 200 mil húngaras: “Eran violadas con tanta violencia que la fuerza de los ataques de los hombres les rompía la espalda”.

Así comenzó a establecerse el régimen comunista en Hungría y en otras naciones de Europa del Este, lo que permitía decir a Winston Churchill en marzo de 1956, al denunciar que se había levantado una cortina de hierro o telón de acero en Europa: “Tras él se encuentran todas las capitales de los antiguos Estados de Europa central y Oriental. Varsovia, Berlín, Praga, Viena, Budapest, Belgrado, Bucarest y Sofía, todas estas famosas ciudades y sus poblaciones y los países en torno a ellas se encuentran en lo que debo llamar la esfera soviética, y todos están sometidos, de una manera u otra, no sólo a la influencia soviética, sino a una altísima y, en muchos casos, creciente medida de control por parte de Moscú, muy fuertes, y en algunos casos, cada vez más estrictas”.

Como ha mostrado Anne Aplebaum en su excelente libro El Telón de Acero. La destrucción de Europa del Este 1944-1956 (Barcelona, Debate, 2014), después de la Segunda Guerra Mundial se desarrolló un proceso que significó la reproducción del modelo político y económico soviético en distintos países. Entre ellos se concentra en Polonia, Alemania Oriental y Hungría, aunque se refiere tangencialmente a Checoslovaquia, Rumanía, Bulgaria y Yugoslavia.

El proceso en Hungría fue extraordinariamente violento, y más aun porque había sido un país aliado de los nazis durante la guerra. Por lo mismo, la represión fue muy dura, encabezada por una nueva policía secreta que contaba con el respaldo de la Unión Soviética y del partido comunista local. Entre los grupos afectados estuvieron los genéricamente denominados “fascistas”, los jóvenes, las personas instruidas, el clero. Se vivía una curiosa situación entre un incipiente Estado democrático y un control de los órganos de seguridad por parte de los comunistas.

En los años siguientes la situación cambiaría, después de unas elecciones en que el Partido de los Pequeños Propietarios obtuvo un sólido 57% de los votos, frente al 16,9% del Partido Comunista, en las elecciones nacionales de noviembre de 1945. Sin embargo, la URSS rechazó un eventual cambio de dirección en las zonas que dominaba, e hicieron saber a Budapest que Hungría, “gracias a la noble Unión Soviética, ha recibido la oportunidad de rejuvenecer rápidamente de manera democrática”. Por lo mismo exigía una presencia fuerte de “la clase trabajadora” en el Parlamento.

Hacia 1947 las cosas habían cambiado, con un sólido poder comunista, que se volvería creciente hasta dominar totalmente la escena política y social. Esto implicó la persecución de las instituciones religiosas, el control de la propaganda, las reformas económicas, la intervención de las organizaciones civiles, en definitiva, la consolidación del modelo de dominación totalitaria que antes había estado bajo la influencia nazi, y que después de la guerra había pasado al dominio soviético.

Contra ese estado de cosas, y con las complejidades ideológicas y prácticas propias del mundo de la Guerra Fría y de la realidad húngara posterior a 1953, año de la muerte de Stalin, surgiría en 1956 la Revolución Húngara, que marcaría un antes y un después en la historia del siglo XX.

 

Columna de Alejandro San Francisco, historiador, publicada en El Imparcial de España