Queda de la Revolución Húngara la esperanza y la represión. También una enseñanza que destaca Hannah Arendt: el acto de rebelión no quedó en la mera palabra, sino que fue capaz de “romper el sortilegio mortal de apatía impotente que el terror totalitario y la ideología arrojan sobre el espíritu de los hombres”.
Publicado el 29.10.2016
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El 23 de octubre de 1956 estalló la Revolución Húngara, que ha sido recordada en estos días al cumplirse seis décadas de los sucesos. Ese año también fue importante por otras razones. El XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética fue la ocasión para que el jerarca Nikita Kruschev leyera su Informe Secreto, que contenía una crítica contra Stalin y las purgas de los años 30. Si bien el documento ocupa una fórmula eufemística –el llamado “culto a la personalidad”–, la verdad es que también clarifica algunos aspectos del funcionamiento de la máquina política y represiva de la dictadura bolchevique en los años del terror. Entre las consecuencias de esta desestalinización destacan, precisamente, los movimientos de protestas que surgieron en Polonia y en Hungría.

Esta última se había caracterizado por su fidelidad a la URSS bajo el liderazgo de Mátyás Rákosi, quien había encabezado la represión y las purgas. Uno de los perseguidos políticos más relevantes fue el famoso cardenal József Mindszenty, acusado de traición y condenado. El dictador renunció a mediados de 1956, lo que fue la causa inmediata del surgimiento de deseos de mayor libertad en diferentes círculos intelectuales y estudiantiles.

Se podría hacer una reseña de los sucesos de octubre y noviembre de 1956, pero basta señalar algunas cosas relevantes. Un momento clave se produjo el 22 de octubre, cuando los estudiantes de la Universidad Técnica de Budapest presentaron su Manifiesto de dieciséis puntos, donde exigían reformas económicas y también algunas libertades políticas: elecciones internas en el Partido de los Trabajadores, elecciones con sufragio universal en el país, libertad de expresión y de prensa. En dos temas relevantes se manifestaban exigiendo “el retiro inmediato de las tropas soviéticas” de su territorio y la remoción de la estatua de Stalin, así como pedían que el nuevo gobierno debía ser liderado por el camarada Imre Nagy. Al día siguiente se ampliaron las demandas, con la irrupción de nuevas y multitudinarias manifestaciones, que tenían un sello nacional y anticomunista.

Como sabemos, Krushev estaba decidido a intervenir si la revolución, como estaba ocurriendo, se salía de control. Para ello debería tomar la iniciativa y “restaurar el orden en Hungría”. Evitar el ingreso de militares soviéticos parecía imposible a esta altura, pese a los esfuerzos iniciales. Nagy fue defenestrado de su cargo —si bien alcanzó a hacer un llamado radial a resistir al invasor—, siendo reemplazado por János Kádár. Cambiaba el rumbo de la historia. Las tropas soviéticas tomaron control de Budapest en 72 horas, frente a una población que respondía con paralización de actividades (después se restablecería la pena de muerte por provocar huelgas), y comenzó una represión intensa.

Para entonces, como señala Indro Montanelli en La sublime locura de la revolución (Madrid, Gallo Nero, 2015), la democracia popular de Hungría era un “conjunto de hambre, miseria, piojos y campos de concentración”. El periodista italiano pudo observar los sucesos en directo, y luego reprodujo su análisis y reflexiones en una serie de artículos que intentaban comprender el proceso que se vivía en Budapest. Una de las características del movimiento, diría casi con sorpresa, es que se trataba de una rebelión “acéfala, sin programas preestablecidos, sin planes preconcebidos. Es una auténtica revolución popular”. Cuando parecía que se abría un camino hacia la libertad, la situación comenzó a revertirse de manera dramática. El 12 de noviembre Montanelli denunció que en Hungría se estaba produciendo un “monstruoso genocidio”

Los resultados fueron dramáticos: 2.700 húngaros fallecieron en la lucha, después fueron ejecutados otros cientos, 22 mil fueron sentenciados a prisión por “contrarrevolucionarios”, 13 mil fueron confinados y más de 200 mil huyeron del país (las cifras en Tony Judt, Postguerra. Una historia de Europa desde 1945, Madrid, Taurus, 2012). El tema de fondo es que los soviéticos no tolerarían dos cuestiones cruciales: en primer lugar, la destrucción del pacto de Varsovia —del cual Nagy había anunciado el retiro de Hungría—, pues habría separado a los países socialistas; en segundo lugar, el regreso a una democracia tradicional, liberal o burguesa, como denominaban al régimen occidental que se contraponía al comunismo.

Todo esto no fue gratuito. Los intelectuales y muchos comunistas de gran parte de Europa condenaron los sucesos de Hungría. Así ocurrió con el Partido Comunista francés, que se dividió; el italiano, que se alejó de Moscú; o el de Inglaterra, que perdió dos terceras partes de sus militantes (Anne Applebaum, El Telón de Acero. La destrucción de Europa del Este 1944-1956, Barcelona, Debate, 2014). En Chile la situación fue más compleja en la izquierda: el senador socialista Salvador Allende condenó la intervención soviética, mientras el Partido Comunista la apoyó, fiel a Moscú.

Queda de la Revolución Húngara la esperanza y la represión. También una enseñanza que destaca Hannah Arendt: el acto de rebelión no quedó en la mera palabra, sino que fue capaz de “romper el sortilegio mortal de apatía impotente que el terror totalitario y la ideología arrojan sobre el espíritu de los hombres” (en Karl Marx y la tradición del pensamiento político occidental, Madrid, Ediciones Encuentro, 2007). Hay otra consecuencia importante de esta Revolución, como destaca Francois Furet: la experiencia húngara -también la polaca- pusieron “punto final, casi por doquier en Europa, a la gran época mitológica del sovietismo” (en El pasado de una ilusión. Ensayo sobre la idea comunista en el siglo XX, México, Fondo de Cultura Económica, 1996).

La Revolución Húngara sería un ejemplo de esperanza. La “revolución anti-totalitaria” de la que habló Raymond Aron fue replicada doce años después en la Primavera de Praga, también aplastada por tanques soviéticos, y sin duda serviría como inspiración para el movimiento polaco de los años 80 y el impulso final que significó la caída del Muro de Berlín en 1989. Quizá tiene razón Anne Applebaum al referirse a los resultados de la Revolución de 1956: “Los seres humanos no adquieren ‘personalidades totalitarias’ con tanta facilidad”, por lo cual el hechizo de la propaganda puede romperse en cualquier momento. Es otra de las grandes lecciones de Hungría en los meses de la esperanza.

 

Columna de Alejandro San Francisco, historiador, publicada en El Imparcial de España