La propaganda y estrategia del gobierno para imponer sus reformas deja claro que el espíritu que anima a quienes las impulsan está lejos de la idea de diálogo pilar del bien común.
Publicado el 15.02.2015
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Sin diálogo no hay política. Esta afirmación del pensamiento clásico que forma parte del patrimonio ético de la humanidad ha desaparecido de la contingencia política chilena y del espacio público, para colocar en su lugar un principio que erosiona los cimientos de la convivencia democrática, la dialéctica amigo/enemigo.

La propaganda y estrategia del gobierno para imponer el proyecto de reforma tributaria, la reforma educacional y la ley de aborto, sin aceptar el menor esbozo de crítica y descalificando a cualquiera que no comparta la propuesta gubernamental, deja claro que el espíritu que anima a quienes impulsan las reformas está lejos de la idea de diálogo pilar del bien común. Las críticas a los principios del socialcristianismo representados por la DC o a la misma Iglesia, son un ejemplo de lo que señalamos. Este espíritu nos retrotrae a la izquierda utópica e intolerante que proclamaba en los 60 y 70: “avanzar sin transar”.

¿Qué pasó con la democracia de los acuerdos que tanto bien le hizo al desarrollo político y económico del país? ¿Ha sido desechada por la retroexcavadora de la intolerancia? Al parecer, ella no es necesaria cuando se tiene el poder y la mayoría legislativa para prescindir del otro. Es en ese instante cuando aparece el rostro más duro de la vieja izquierda ideológica. La izquierda de los “puños en alto”, de capuchas, paros y marchas. La que practica el doble estándar y piensa que los DD.HH. solo existen para ella pero no para el resto. La que todavía justifica el Muro. La que demoniza el lucro para lucrar con desparpajo (Universidad Arcis y NueraGate). La que sueña con una sociedad estatista. La que cree en la utopía del Hombre Nuevo. La que se declara dialogante pero pone de rodillas a sus socios y opositores.

Esa vieja izquierda no es democrática y no cree en la democracia, por eso se niega a renunciar a la dialéctica como teoría y método. Cree en el estatismo como un absoluto aunque eso implique transgredir derechos fundamentales de la persona como ocurre con el régimen de Nicolás Maduro. Por eso durante el gobierno del ex Presidente Allende no tuvo ningún empacho en llamarla “democracia burguesa” para terminar -como lo dijera el gran estadista Eduardo Frei Montalva-, acabando con ella y llorando sobre sus cenizas.

Parte de esa izquierda, hoy en el gobierno, ahora la llama “democracia neo-liberal” y aspira a desmantelarla mediante el “mito” de la Asamblea Constituyente. Esto explica que algunos de sus parlamentarios no tengan ningún pudor en señalar que Venezuela es más democrática que Chile o que Cuba es una “democracia diferente”.

Confiamos que los sectores pensantes y renovados de la Nueva Mayoría, que hicieron posible el retorno a la democracia en Chile, recuperen el timón y hagan entender que cuando se gobierna, el interés superior del país está por encima de las visiones personales o partidarias por muy legítimas que éstas sean; y que las reformas que el país requiere con urgencia no se construyen sobre ideologías, sino sobre una ética de la convivencia ciudadana fundada en el diálogo.

 

Rodrigo Ahumada, Director Escuela de Historia y Geografía Universidad San Sebastián.

 

 

FOTO:CRISTOBAL ESCOBAR/AGENCIAUNO