"Terminamos la obra gruesa, ahora solo vienen las terminaciones” esa fue la idea que se trató de instalar hace un par de meses, como una forma de dar tranquilidad al país, a los inversionistas y a los chilenos en general. Parecía que la retroexcavadora se guardaba hasta nuevo aviso, pero la realidad ha sido muy diferente, pues la maquinaria pesada sigue a paso firme desarmando la sociedad más o menos moderna, crecientemente desarrollada y diversa que hemos construido en los últimos 30 años.
Publicado el 24.07.2016
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“Terminamos la obra gruesa, ahora solo vienen las terminaciones” esa fue la idea que se trató de instalar hace un par de meses, como una forma de dar tranquilidad al país, a los inversionistas y a los chilenos en general. Parecía que la retroexcavadora se guardaba hasta nuevo aviso, pero la realidad ha sido muy diferente, pues la maquinaria pesada sigue a paso firme desarmando la sociedad más o menos moderna, crecientemente desarrollada y diversa que hemos construido en los últimos 30 años. El tema, como está claro a estas alturas, va mucho más allá que el modelo de desarrollo, porque el mesianismo y las utopías requieren controlar esa dimensión, pero sus objetivos exceden largamente la billetera.

La reforma a la educación superior, aunque en sí misma evidencia el fracaso de la consigna de la gratuidad, es un golpe mortal a los proyectos universitarios privados, particularmente a los orientados a la clase media. La fijación de aranceles y el nuevo mecanismo de financiamiento le abren la puerta al Estado para que entre progresivamente al corazón de cada institución. Más temprano que tarde será la burocracia política la que defina carreras, matrícula, perfiles, etc.

Menos universidades, menos calidad y más segregación es el resultado obvio del nuevo modelo. Unas pocas instituciones orientadas al decil más rico podrán sobrevivir fuera de la gratuidad y se van a concentrar en las necesidades y aspiraciones de ese grupo con capacidad de pago. Algo así como una suerte de Ivy League nacional, mientras la inmensa mayoría de los jóvenes se tendrán que conformar con la versión “fonasa” de la educación superior.

A lo anterior se agrega que, en las últimas semanas, se activó la mayor ofensiva de que se tenga memoria contra el sistema de AFP. Se trata de una arremetida con la fuerza suficiente para generar un riesgo real de que la consigna, el discurso demagógico y la desinformación terminen con el pilar estructural sobre el que se ha edificado el Chile cuasi desarrollado, que tiene mercado de capitales, infraestructura concesionada de clase mundial, responsabilidad fiscal y crecimiento sobre bases sólidas.

Nos dicen que el sistema entrega pensiones “miserables”, que sus creadores ofrecieron tasas de reemplazo de 70% y la realidad es que son de un 10%, que hay una alternativa “mixta” perfecta, en que todos tendrán buenas pensiones. La racionalidad no tiene espacio en el país de la Nueva Mayoría, nada se gana con argumentar, con mostrar cifras, con exponer la situación de otros países o, menos aún, recordar cómo el sistema de reparto fue un verdadero cáncer que carcomió al Estado en el pasado.

¿Se imagina usted, estimado lector, a un gobierno –cualquiera- resistiendo la presión para mejorar las pensiones en el presente, para cuidar la viabilidad del fondo en 20 años más? Desde luego que ninguno. Es obvio. En la semana, hablando con un profesional del tema, le consulté qué le pasaría a nuestra economía si dejara de estar presente el ahorro previsional en el mercado de capitales. Dos puntos menos de crecimiento, fue su respuesta inmediata. O sea, empezamos a devolvernos camino abajo en el sendero del desarrollo y, como en todas las cosas de vida, se baja mucho más rápido de lo que toma subir. También es obvio.

Mientras escribo estas líneas se realizan marchas en distintas partes del país protestando contra el sistema de AFP; seguramente participarán parlamentarios y, estoy seguro, a más de algún Ministro le “picarán las manos” por ir, para estar con la gente, para reclamar contra el abuso. Después de todo, la pensión “digna” es un derecho social y un requisito esencial del país igualitario que prometió el programa de la Presidenta.

Aunque la racionalidad es de otra época y de otras latitudes, no puedo evitar una reflexión tan evidente como indispensable. El primer requisito de un sistema previsional viable, que entregue pensiones razonables, es el ahorro. Vale decir, tiene que haber un alto nivel de empleo formal, para que la gente cotice durante toda su vida activa. Para que eso suceda, la economía tiene crecer, idealmente a tasas superiores que la fuerza de trabajo, de manera que el desempleo sea mínimo y las remuneraciones crezcan. A esto podríamos llamarlo el círculo virtuoso del desarrollo.

Pero nosotros entramos en el círculo vicioso del estancamiento, por decirlo de alguna manera; empezamos a andar en el sentido contrario de los punteros del reloj. Las demandas por igualdad nos llevaron a implementar reformas anti crecimiento, la fuerza de trabajo real –no sólo la que se reconoce estadísticamente- crece más que nuestra economía, las remuneraciones se estabilizan o decrecen, las cotizaciones no dan cuenta de las necesidades de ahorro para financiar pensiones. Y los responsables de todo esto reclaman y protestan contra las AFP. Ni el mejor relato fantástico de Borges lo podría haber hecho tan bien.

Me temo que el Ministro de Hacienda se enfrenta a una decisión que no admite matices, ni compromisos. El sistema de capitalización individual, en un fondo que financia el crecimiento del país, obteniendo las mejores rentabilidades posibles y está fuera del alcance de las manos de los políticos, marca la frontera de nuestro modelo de desarrollo.

Hasta aquí no más llegamos, más allá de esta línea está la América Latina pobre, demagógica, sin inversiones de largo plazo y sin clase media. La de los Kirchner, los Maduro, los Evo, los Correa. ¿Será Rodrigo Valdés el Ministro de Hacienda que traspasará la frontera? Una cosa es subir los impuestos, aumentar artificialmente el costo del trabajo como factor productivo o desbalancear el sistema de financiamiento de la educación superior, pero esto es otra cosa.

El combustible de la retroexcavadora son las consignas: el abuso, la gratuidad, la desigualdad, la nueva constitución, no más AFP. Está claro que le alcanza para demoler hasta el último día de este gobierno, mientras, como en el Titanic, la orquesta toca alegres melodías de un nuevo Chile.

Gonzalo Cordero, #ForoLíbero

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