No obstante la radicalidad de la Reforma Agraria, y la grieta profunda que originó, este tema sigue siendo tabú tanto para sus autores –por falta de coraje político– como para sus víctimas, campesinos y agricultores –por una mezcla de reacciones que derivan de haber vivido una experiencia traumática–.
Publicado el 03.11.2014
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Un 3 de noviembre, hace medio siglo, Eduardo Frei Montalva asumía la Presidencia de la República con el anhelo de llevar a cabo una “Revolución en libertad”. A las pocas semanas, su gobierno daba inicio a una política pública que había sido un eje fundamental de la campaña presidencial –la Reforma Agraria–, comenzando con ello un proceso que cambiaría Chile para siempre.

“La tierra para el que la trabaja”, decía el lema. Si Frei cumplía con su promesa, 100 mil campesinos –no había tierra para todos, sólo para 100 mil–, pasarían a ser propietarios. Sea porque era sólo una promesa de campaña, o porque la ambición del programa obvió la realidad en todas las aristas posibles –partiendo por la tierra “disponible” para repartir, pues los estudios de la época mostraban diferencias abismantes en las cifras–, el hecho es que fueron poco más de cinco mil familias las que obtuvieron un título de propiedad durante dicho gobierno (y con Allende no habría más asignaciones de tierras). Las expropiaciones, por su parte, serían 1.400 con Frei (unos 4 millones de hectáreas) y 4.400 con Allende (casi 6 millones de hectáreas), por lo que el proceso, dada la magnitud del desarraigo que involucraba –de agricultores y de campesinos–, sería decisivo para el futuro de Chile.

Como parte de un programa que Mario Góngora calificaría como de “planificación global”, la Reforma Agraria impulsada por Frei no era negociable. Era, más bien, un programa que debía aplicarse a como diera lugar, sin distracciones ni diálogo, atendiendo no a la realidad del Chile de entonces, ni a la situación económica ni social del agro, ni a los problemas que ciertamente había, sino a la idea de que modelar la sociedad “desde arriba”, según un ideario político propio, era posible. Como en muchos procesos históricos del siglo XX, esto tuvo consecuencias relevantes, pues llevó a los promotores de la Reforma a desatender por completo cuestiones tales como el significado e implicancias del arraigo, de las tradiciones y de la idiosincrasia chilena, y a omitir cualquier análisis o reflexión sobre el aspecto identitario –en un país en que la ruralidad trascendía más allá del campo–, en beneficio de la instalación de un discurso de corte materialista sobre la tenencia de la tierra, la vida rural y las carencias del campesino de entonces. Sumando a esto el hecho de que cada sector (el Partido Radical, la Democracia Cristiana, la izquierda, Estados Unidos, la Iglesia católica, algunos sectores de la propia derecha, etcétera) promovió y utilizó las consignas de la Reforma Agraria para sus propios fines, y la falta de discurso de la derecha de entonces, el resultado no podía ser otro que el fracaso de esta política pública y la polarización del país. La polarización que comenzó a gestarse en esos años cundió al ritmo de las expropiaciones, mientras la estigmatización de los agricultores se llevaba a cabo con el consentimiento de toda la sociedad.

No obstante la radicalidad de esta Reforma, y la grieta profunda que originó, este tema sigue siendo tabú tanto para sus autores –por falta de coraje político– como para sus víctimas, campesinos y agricultores –por una mezcla de reacciones que derivan de haber vivido una experiencia traumática–. Así, pasados ya 50 años, su análisis, cuando no se menosprecia su alcance, tiende a ser politizado y a caer en simplificaciones absurdas, a tal punto que se ha apoderado de nuestra memoria colectiva una historia que no tiene verdadero asidero en hechos históricos. Lo grave de esto es que la Reforma Agraria todavía hoy tiene significación política contingente, y no sólo histórica, y por tanto no es en absoluto indiferente saber o no saber cómo ocurrieron las cosas.

Entre otras cosas, la Reforma Agraria implicó para Chile, en zonas rurales y urbanas, la ruptura de una forma de vivir en sociedad. El quiebre de las relaciones campo-ciudad y una especie de vaciamiento identitario fue una de sus facetas; otra de ellas fue la propagación de la noción de que se puede imponer forzadamente un modelo, de que se puede construir una sociedad desde la política, sin atender a la historia y a la realidad. Con todo, si bien el modo de vida rural que identificó a Chile hasta mediados del siglo XX está prácticamente extinto, no es tan fácil expropiar identidades. Es cierto que el agricultor se convirtió en empresario agrícola y que el campesino en buena medida se independizó –pasando eso sí a depender fuertemente del Estado–; es cierto, en otras palabras, que no son del todo evidentes las continuidades con el pasado. Sin embargo, el campo chileno, hoy nos interpela con una naturalidad decidora en un aspecto fundamental: pese a todo lo vivido y pese al cambio experimentado, pareciera ser que el sector más reconciliado de Chile es justamente éste, el sector rural campesino. De alguna manera, lejos de las lógicas del Estado y del mercado, las relaciones humanas, en el agro, buscaron su cauce. Una vez que dejó de penetrar la agitación política que venía principalmente de las urbes ilustradas, resurgió el diálogo, que hoy da vida a un país que a ratos se siente ajeno; partiendo de la realidad, ese diálogo nos enseña que la retroexcavadora no sirve, pues puede sacar la planta, pero no necesariamente la semilla.

 

Angélica Ovalle, Historiadora.

 

 

FOTO: BIBLIOTECA CONGRESO NACIONAL