Hoy la rana debe dar el gran salto fuera de la olla hirviente. Si no, terminará cocinada por políticas equivocadas. Piñera es el primer camino: saltar fuera de la olla del estatismo que propone Guillier y revitalizar una versión siglo XXI del modelo que puede llevar a Chile al desarrollo y a los chilenos a lograr el mayor bienestar que tanto anhelan. Guillier, en cambio, sólo ofrece seguir en el hervor del subdesarrollo.
Publicado el 17.12.2017
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Chile, que el siglo pasado era un mediocre país de la mitad inferior del ranking de Latinoamérica, logró, con gran sacrificio, una profunda reinvención. Estableció una economía de precios libres —gran novedad para la época—, abierta al comercio exterior, redujo los aranceles de importación a niveles cercanos a cero, mapeó la extrema pobreza y puso los focos del gasto social en ayudar a los pobres a salir de su inaceptable condición, privatizó las empresas estatales —que habían sido expropiadas durante el gobierno de Allende—, e hizo innovadoras reformas que fueron admiración mundial.

Como resultado, Chile logró crecer a un promedio anual de 6,6% desde 1984 hasta 1993, cuando terminó el mandato de Patricio Aylwin. Luego, con Eduardo Frei, creció seis años a un ritmo todavía saludable, aunque menor, 5,3% desde el 94 hasta el 99. Hasta entonces, el ingreso nacional había acumulado un rally de aumento de 160% en 16 años. ¡Se había multiplicado por 2,6 veces!

Al mismo tiempo, se redujo fuertemente la pobreza y mejoró mucho la situación social. Esto permitió el desarrollo de una cada vez más pujante clase media y le valió a Chile que el PNUD empezara a reconocer el alto desarrollo humano que lograba el país.

Pero, como decía Pablo Baraona en 1990, la Concertación era una madrastra del modelo. No era su mamá, sino que este exitoso modelo de desarrollo era para ella el “hijo de otra mujer”, brillante, con buenas notas, el mejor del curso en Latinoamérica, pero no era amado por su madrastra. Si este hijastro cometía un error, o simplemente porque sí, la Concertación lo denostaba en cada ocasión posible. La centroderecha, que debió haber defendido el modelo con fuerza, se retiró de la discusión de las ideas, confiando en que “los resultados hablarían por sí solos”. Esto fue desacreditando el exitoso modelo ante el propio país que se beneficiaba con él.

La desaceleración del crecimiento y los descréditos al modelo empezaron a acentuarse. Los siguientes seis años, con Lagos, desde 2000 hasta 2005, Chile creció ya sólo a 4,8%, para luego caer desde 2006 a 2009, bajo Bachelet I, a un pobre 3,3% anual. En esos 10 años de la madrastra ya con las trenzas bastante más sueltas, Chile solo creció 50%, ¡muy pobre contra el 90% del decenio 84-93!

Chile ya era como la rana que se estaba cociendo lentamente en el agua caliente. Si no saltaba fuera de la olla, terminaría hervida en la mediocridad. Piñera logró volver al saludable 5,3% de Frei, pero no revitalizó el discurso sobre el modelo. Cuando la rana ya no sólo sudaba, sino que empezó a ver todo nublado, fue durante el segundo gobierno de Bachelet. ¡Sólo logrará un magro 1,8% promedio en cuatro años de estancamiento casi total! El FMI ya alerta que el PIB per cápita de Chile está simplemente estancado.

Hoy la rana debe dar el gran salto fuera de la olla hirviente. Si no, terminará cocinada por políticas equivocadas. Piñera es el primer camino: saltar fuera de la olla del estatismo que ofrece Guillier y revitalizar una versión siglo XXI del modelo que puede llevar a Chile al desarrollo y a los chilenos a lograr el mayor bienestar que tanto anhelan. Guillier, en cambio, sólo ofrece seguir en el hervor del subdesarrollo.

 

Gerardo Jofré

 

 

FOTO: PABLO OVALLE ISASMENDI/AGENCIAUNO