El caso de Ámbar es efectivamente impactante, pero la protección de los menores, la forma en la que tratamos a quienes han sido vulnerados y a quienes vulneran, las soluciones que planteamos a los problemas de nuestros niños, niñas y adolescentes, deben ser temas que nos preocupen día a día. Una cultura de defensa de la vida no debe estar motivada por la cantidad de noticias y su impacto, sino ser una inquietud constante en la sociedad chilena: en la educación, en la vida familiar, en las políticas públicas.
Publicado el 07.05.2018
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Recientemente, nos hemos enterado del horroroso caso de Ámbar, una niña de tan sólo un año y ocho meses, quien murió a causa de las infecciones y golpes producidos por abusos sexuales. El caso es tan doloroso como impactante. El estado en que el equipo médico recibió a la pequeña Ámbar debe ser uno de los más fuertes que se han conocido últimamente, y sin duda “una experiencia traumática”, tal como señaló el médico a cargo, el doctor Álvaro Retamal.

La muerte de Ámbar nos remite una vez más a la situación de los menores en Chile, sobre todos aquellos en situaciones de vulnerabilidad, y nos obliga a preguntarnos cómo el sistema los recibe y trata. A raíz de este caso, el Presidente Sebastián Piñera anunció un proyecto que declara la imprescriptibilidad total de los delitos sexuales contra menores, una medida loable, en circunstancias que día a día nos enteramos de nuevos casos de abusos y violaciones, lo que ciertamente nos debería preocupar y ocupar como sociedad. Nos encontramos en un momento en que debemos tener tolerancia cero con cualquier tipo de abuso contra nuestros niños: la claridad y el rigor en esta materia son claves para avanzar a un Chile más seguro para todos.

La muerte de Ámbar nos remite una vez más a la situación de los menores en Chile, sobre todos aquellos en situaciones de vulnerabilidad, y nos obliga a preguntarnos cómo el sistema los recibe y trata”.

Sin embargo, lo que necesitamos es generar un cambio cultural en nuestro país. El caso de Ámbar es efectivamente impactante, pero la protección de los menores, la forma en la que tratamos a quienes han sido vulnerados y cómo enfrentamos a quienes vulneran derechos, la manera en que planteamos las soluciones a los problemas que afectan a nuestros niños, niñas y adolescentes deben ser temas que nos preocupen día a día. En este sentido, una cultura de defensa de la vida no debe estar motivada por la cantidad de noticias o el impacto que generan, sino una inquietud constante en la sociedad chilena: en la educación, en la vida familiar, en las políticas públicas.

Cuando hablamos de la defensa de la vida, nos referimos a cada vida desde la concepción hasta la muerte natural. Esto conlleva una serie de supuestos poco discutidos en el ámbito público. Existe en nuestra sociedad una férrea defensa del niño que está por nacer, y también la demanda por una vejez digna. Sin embargo, poco hemos hablado sobre lo que ocurre entre ambas instancias: la verdadera defensa de la vida exige la promoción de una vida digna. Esto supone, en primera instancia, la creación de estructuras básicas de seguridad, protección, estabilidad y el desarrollo integral de todas las personas, poniendo especial interés en aquellos menores que se encuentran en situaciones de vulnerabilidad.

Para esto requerimos fortalecer las instancias familiares y también necesitamos un Estado que sea eficiente en el manejo de los temas de infancia y adolescencia. Los recursos deben estar bien puestos, pero al mismo tiempo, los planes y programas referidos a protección, reinserción y adopción deben estar elaborados a la altura de nuestro tiempo. El caso de la pequeña Ámbar es un llamado de alerta que nos interpela a la creación de políticas públicas eficaces y permanentes en relación a nuestros menores.

 

Monserrat Risco, investigadora Centro de Estudios Bicentenario y CEUSS Universidad San Sebastián

 

 

FOTO: GONZALO LOPEZ/AGENCIAUNO