Como un especulador inmobiliario que decide poner la primera piedra aun cuando no hay plano, permisos ni financiamiento para el edificio que prometió construir, Bachelet se embarcó en el imposible proyecto de proveer educación superior gratuita para una gran mayoría de los chilenos que hoy asisten a instituciones públicas y privadas.
Publicado el 05.07.2016
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Ahora que al gobierno se le ha acabó el plazo para presentar su proyecto de gratuidad en la educación superior, es evidente que la Presidenta Bachelet está entre la espada y la pared.  Al negarse a reconocer que hizo una promesa incumplible—y contradictoria con su compromiso de reducir la desigualdad—Bachelet ha optado por enviar un proyecto que tiene cero chances de ser promulgado como ley.  Sabiendo esto, ni siquiera optó por darle urgencia a su iniciativa. La Presidenta debe estar pensando que ella pasará a la historia como la mandataria que puso la primera piedra en la construcción de la gratuidad, aunque cuando ella deje el gobierno no haya un plano ni recursos para cumplir la promesa que tan irresponsable y con tanto populismo hiciera en la campaña de 2013.

Los candidatos a menudo pecan de irresponsables cuando hacen promesas de campaña a sabiendas de que no podrán cumplirlas.  Pero cuando los políticos reiteran sus promesas después de haber ganado las elecciones, la actitud pasa de la irresponsabilidad a la negación. El cálculo electoral es reemplazado por el voluntarismo ciego que no admite razones y se escuda solo en la obcecación.

La tozudez de Bachelet al insistir en iniciar la gratuidad en 2016 a través de una glosa en la ley de presupuesto la dejó todavía más amarrada a la promesa más popular, pero también más autodestructiva, que hizo en una campaña en la que, independientemente de lo que prometiera, igual iba a ganar por un amplio margen.

Como un especulador inmobiliario que decide poner la primera piedra aun cuando no hay plano, permisos ni financiamiento para el edificio que prometió construir, Bachelet se embarcó en el imposible proyecto de proveer educación superior gratuita para una gran mayoría de los chilenos que hoy asisten a instituciones públicas y privadas. La desordenada implementación de la gratuidad antes de que existiera un marco regulatorio y una hoja de ruta terminó por ser el equivalente de una construcción donde cada cuadrilla decide qué tipo de columnas va a construir y el dueño del proyecto dedica su tiempo a vender departamentos en verde, tratar de coordinar a todas las cuadrillas y, solo en tercer lugar, dedica algo de tiempo a tratar de hacer el plano y una hoja de ruta que guíe el proyecto.  Pero como el desarrollador inmobiliario se da cuenta que no puede conciliar las promesas de venta que ya firmó con lo que permiten los recursos, y hay varios pilares que se han levantado con diversos grosores y resistencia, pronto todos se empiezan a dar cuenta que no se puede seguir avanzando sin destruir parte de lo que ya existe. Como el dueño del proyecto no se atreve a sincerar que equivocó el camino y que, consciente o inconscientemente, mintió a los trabajadores y a los compradores que esperan ansiosos la materialización del proyecto, decide que lo único que se puede hacer es seguir faltando a la verdad.

En el proyecto de ley del gobierno hay un aire de negación y voluntarismo que se parece a las explicaciones que dan los responsables de estafas piramidales cuando se comienza a estrechar el círculo que terminará por desnudar su engaño. Ante la evidencia que dice lo contrario, el estafador insiste en que el negocio cuadra y que todos recuperarán su inversión y obtendrán ganancias. Pero las mentiras poco convencen a sus clientes que ya le han quitado su confianza y que, con dificultad, comienzan a asumir sus pérdidas.

Como el proyecto supone que el gobierno regule precios, anualmente se deberán fijar aranceles de más de 3.000 carreras distintas en instituciones distintas en ciudades diferentes.  Además, el gobierno deberá fijar los cupos de cada carrera en cada institución de educación superior. El monstruo regulatorio que se deberá crear inhibirá la competencia y la innovación en universidades que serán el campo de batalla para una disputa ideológica que durará varios años y que afectará negativamente el crecimiento y la productividad de Chile.

Pero como ocurre con cualquier estafa piramidal, el responsable del engaño insiste en que todo saldrá bien, que es cosa de tiempo y de unas improbables maniobras para que el viento comience a soplar en la dirección que todos esperan.

En los próximos meses comenzará a quedar claro que el gobierno quiere plantar los cimientos de un edificio que es imposible de construir. Lamentablemente, como en cualquier estafa piramidal, el encargado de este proyecto inviable insistirá en que es cosa de tiempo para que todo mejore. Es más, como las dudas sobre la viabilidad del proyecto solo irán en aumento, para calmar los ánimos de los que invirtieron su capital político en apoyar la gratuidad, el gobierno aumentará la magnitud de sus promesas en vez de reconocer que realizó una promesa incumplible.  Peor aún, para coronar el modelo de la estafa piramidal, cuando quede claro que este proyecto no es viable, el gobierno se excusará diciendo que si lo hubieran dejado seguir adelante, todo habría salido bien.

Patricio Navia, Foro Líbero.

 

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