Si se hiciera un catastro de los errores que se han cometido históricamente en materia de Política Exterior, no sería difícil concluir que la mayor parte de ellos podría haberse evitado si Chile hubiera contado con una Cancillería totalmente profesional y una diplomacia libre de la manipulación.
Publicado el 26.08.2016
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El debate de los asuntos públicos y la forma cada vez más transversal en el cual este se lleva a cabo es un tema central en la agenda nacional hace ya largo tiempo. Hay consenso en los beneficios que tiene ese debate para fortalecer la democracia y hacerla más transparente, ampliando la participación ciudadana. Pero poco se habla respecto de los contenidos y el nivel que se debiera exigir para quee sea efectivamente productivo y eficiente en el mejoramiento de las políticas públicas.

Si hay un campo en el cual el debate ha quedado rezagado, es el de las relaciones internacionales, lo que no deja de llamar la atención, en un país que ha visto crecer de manera exponencial su interacción con el resto del mundo, no solo como resultado natural del proceso de globalización, sino además por la dependencia que tiene la economía chilena de la exportación de sus productos, dado su modelo de desarrollo y su apertura al comercio mundial. Como si la dependencia económica no fuera suficiente, los desafíos políticos de todo orden, desde la lucha contra el crimen transnacional organizado hasta las relaciones con los países vecinos, pasando por la política de inmigración, nos dan muestra que temas centrales del interés nacional se decidirán de acuerdo a como se manejen las relaciones exteriores.

Como suele suceder, al tomar conciencia de situaciones que apuntan a materias tan sensibles como la soberanía nacional, como es el caso de las demandas presentadas sucesivamente por el Perú y Bolivia en los últimos tiempos, la ciudadanía exige explicaciones más completas y rendiciones de cuentas más claras y detalladas por parte de los responsables de la conducción de la política exterior. Al hacerlo, quedan en evidencia hechos que no han sido debidamente analizados y errores que no han sido asumidos, levantando legítimas dudas respecto de cómo se han manejado asuntos tan delicados como aquellos que afectan los intereses permanentes de la nación.

Por primera vez en muchos años, una alta autoridad ha esbozado un reconocimiento de que ha habido malas decisiones en el manejo de los asuntos vecinales, que explican en parte el por qué nos encontramos en la situación actual. Si bien no se ha dado explicación alguna de las razones que llevaron a adoptar políticas fallidas, el primer paso para subsanar los errores es el reconocimiento de su existencia. Corresponde ahora continuar con el siguiente paso, mediante un análisis exhaustivo, y con sentido crítico, de las políticas que nos llevaron a malos resultados, para proceder a corregirlos. Hasta ahora se había preferido optar por una simulación bastante poco presentable, omitiendo todo análisis crítico, con base en una falsa premisa al refugiarse en la manida frase de que “la política exterior es una política de Estado”. Con eso se pretendía llevar a la conclusión de que no se admiten los propios errores ni las críticas fundadas a las malas decisiones en el área de las relaciones internacionales, en su mayor parte derivadas de la falta de profesionalización en el manejo de las relaciones internacionales y la eterna postergación de la modernización de la Cancillería. En efecto, si se hiciera un catastro de los errores que se han cometido históricamente en materia de Política Exterior, no sería difícil concluir que la mayor parte de ellos podría haberse evitado si Chile hubiera contado con una Cancillería totalmente profesional y una diplomacia libre de la manipulación que sobre ella ejercen las fuerzas políticas desde su posición de poder, para sus propios objetivos.

Los temas que hacen a las relaciones internacionales son de una notable variedad, como puede comprobarse a diario. Con una frecuencia creciente se hace un examen de lo que Chile hace o deja de hacer, por ejemplo, respecto del fortalecimiento de la democracia y la situación de los derechos humanos (como es el caso de Venezuela, por poner un ejemplo). En otro orden de cosas, se constata la necesidad de un análisis más detenido sobre la conveniencia o no de enviar efectivos militares chilenos a diversas misiones de mantenimiento de la paz, algo que hasta hace poco tiempo se decidía con poco debate previo. Lo que el grueso del público no sabe, sin embargo, es que con mucha mayor frecuencia de lo que cualquiera pudiera imaginar, las decisiones de política exterior suelen estar influidas por motivaciones de grupos de poder, sea por asuntos de carácter ideológico o incluso personales, como la ambición de acceder a determinados cargos en la burocracia multilateral (fuente inagotable de recursos para militantes de izquierda, pero solventados con los impuestos de todos los contribuyentes). Nada más alejado de lo que es una verdadera política de Estado, que esta práctica entronizada en nuestra Cancillería desde hace décadas.

Como el tratamiento de los asuntos internacionales requiere de una adecuada información y un detenido análisis, nuestra contribución al debate comenzará por identificar los lineamientos que han orientado a nuestra política exterior en sus aspectos más relevantes. Por la importancia que tienen los asuntos vecinales en la política exterior, dejaremos planteado un primer tema para el posterior análisis, en nuestras próximas columnas: por la influencia que tuvo durante toda una década en las relaciones bilaterales con Bolivia, abriremos el debate sobre “el diálogo sin exclusiones”, que marcó decisivamente nuestra política exterior entre los años 2000 y 2010.

 

Jorge Canelas, Cientista Politico y Embajador (r).

 

 

 

FOTO: JAVIER SALVO/AGENCIAUNO