Igual que en las culturales orales, las palabras de la política se han tornado omnipresentes y todopoderosas: gratuidad, lucro, desigualdad, abuso, transparente, público, información, etc. Cada una de ellas moviliza un universo semántico completo y establece a su alrededor un campo magnético donde la ideología agónica separa lo válido de lo inválido, lo bueno de lo malo, lo moral de lo pecaminoso, lo progresista de lo reaccionario, lo liberal de lo conservador, la izquierda de la derecha.
Publicado el 21.12.2016
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No cabe duda que vivimos en una sociedad dominada por la información, los medios de comunicación (antiguos y nuevos), la opinión pública encuestada y las pretensiones de visibilidad, donde todo tiende a volverse espectáculo. Por lo pronto, una de las acusaciones que suele hacerse al establishment, a las élites y a los poderosos es que “invisiblizan” a las masas, a la gente de la calle, a las minorías y a los movimientos sociales. Ser excluido de la escena es no poder actuar; equivale a convertirse en un no-actor.

Lejos de la esfera pública habermasiana —aquella que el pensador alemán indagó en su momento como surgiendo de un mundo burgués privado cuyos miembros se reunían en cafés y teatros, en bares y  espacios culturales, en los ateneos y las librerías, para discutir sobre los sucesos de interés común—, las actuales sociedades democráticas del espectáculo se integran por públicos masivos de televidentes; niños, jóvenes y adultos  comunicados a través de redes sociales; una industria medial expansiva; el ciclo de noticias 24 x 7; la globalización de la pantalla; la vertiginosa circulación de los signos y la participación en chats y otras plazas electrónicas.

Una rápida fenomenología de algunos hechos ocurridos en el mundo y en Chile durante los últimos días permite adentrarse en la trama de este nuevo tipo de sociedad en que vivimos como públicos y personajes, partícipes virtuales se dice con razón, dentro de circuitos de comunicación, navegando en las redes, compartiendo pautas de consumo más que perteneciendo a una clase social.

 

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El embajador ruso asesinado ante las cámaras de televisión en Ankara se vuelve instantáneamente “visible” a escala mundial, igual como los atentados terroristas del lunes pasado —en Berlín, en Suiza y en Somalia—, al punto que el terrorismo se despliega hoy día para maximizar su impacto en los medios de comunicación y en las redes sociales. De hecho, es inseparable de esta dimensión pública en el sentido de la publicidad, cuyos efectos reverberan luego por días al interior de las sociedades afectadas y en la esfera pública global, induciendo reacciones en cadena y ondas de temor e inseguridad en la opinión pública masiva.

La política y la economía, a su vez, se mueven en escenarios producidos en gran medida por la comunicación social. A fin de cuenta, las percepciones, la confianza en las instituciones, el pesimismo, las ilusiones, las promesas, los atributos del liderazgo, las identidades grupales, las expectativas y la vida misma de la polis son fenómenos intersubjetivos, en gran medida de transmisión masiva, de juicios y prejuicios compartidos, de imágenes y sensaciones colectivas. Vivimos en un bosque de símbolos.

La idea de que la racionalización, la intelectualización, la tecnificación  y la cientificación de las sociedades –fenómenos de los que escribió largamente Max Weber— corrían en un solo sentido, ininterrumpidamente y superando todos los obstáculos del irracionalismo, la emocionalización, el sentimentalismo y la ficcionalización de la vida en sociedad, ha mostrado ser una idea equivocada. Lejos de ser cartesiana y secular, la modernidad es una mezcla de ángeles y demonios, de argumentos e instintos, de cultura y naturaleza, de sublimación y violencia, de civilización y destrucción.

Lo que ahora suele llamarse “posmodernidad” es justamente ese proceso de doble aspecto que subyace a la sociedad capitalista, democrática, del espectáculo. Donde las tecnologías productivas más sofisticadas se desarrollan conjuntamente con las tecnologías más avanzadas de manipulación de las conciencias. Donde lo privado íntimo puede transformarse en cualquier momento en público. Donde los laberintos del poder pueden exhibirse a la luz del día y generar ciclos, verdaderos ciclones, de escándalos. Donde las colectividades se individualizan a través de los mercados a la vez que los medios colectivizan y masifican las preferencias, los gustos, los deseos, colectivizando al individuo.

Hablamos más de imaginarios sociales que de realidades materiales; más de estados de ánimo que de condiciones objetivas. “Sin duda nuestro tiempo”, escribió Ludwig Feuerbach en el siglo 19, anticipándose a nuestra época, “prefiere la imagen a la cosa, la copia al original, la representación a la realidad, la apariencia al ser […] lo que es ‘sagrado’ para él no es sino la ilusión, pero lo que es profano es la verdad”.

 

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La elección de Donald Trump, ahora consumada por el colegio electoral de los Estados Unidos, ha abierto todo un nuevo capítulo en el análisis sobre estos asuntos.

Primero, porque Trump mostró al mundo cómo es posible desafiar al establishment político-social-académico-y-de-alta-cultura, y derrotar a los partidos que lo componen, a través de un hábil uso carismático de los medios de comunicación. El espectáculo político alcanza con él su cumbre más alta, con efectos de poder que aún no es posible apreciar.

Segundo, porque creó una suerte de nuevo tipo de campaña electoral donde la verdad de los hechos deja de ser parte del espectáculo para ser sustituida por la ficción, la mentira, la invención pura y simple, la repetición de consignas y la generación de emociones. En breve, inauguró (aunque hay evidentes antecedentes durante el siglo 20 europeo) la época de la “post-verdad”, donde “todo vale” en el terreno de la comunicación masiva, no existiendo límites éticos, ni ciencia que valga ni deliberación razonada que resista. Es posible negar lo evidente y afirmar lo inverosímil hasta convertirlo en moneda corriente dentro del mercado de las ideas.

De hecho, la original noción de J. S. Mills sobre las virtudes de un mercado abierto de las ideas, sintetizada en 1919 por el juez Wendell Holms en el caso Abrams vs. Estados Unidos  —“El mayor bien común deseado se produce por el libre intercambio de ideas, mercado de ideas, y el mayor test de la verdad de una idea reside en su capacidad de imponerse en la competencia del mercado”—, ha dejado de funcionar. Incluso en la sociedad donde más enérgicamente se han protegido y promovido las libertades de pensamiento, expresión y comunicación. El mercado de las ideas, igual como los mercados de bienes tangibles, muestra tener fallas insalvables y puede ocasionar efectos perversos, como el desplazamiento de hechos por fantasías o la captura (democrática) de las masas, aun contra sus propios intereses.

Por último, la administración Trump amenaza con instituir —a partir del 20 de enero próximo— unas nuevas formas de comunicación política desde el Gobierno. Se habla ya del gobierno a través de Twitter, o sea, de una comunicación elemental, unidireccional y bajamente reflexiva; de la comunicación directa del líder con su pueblo; de las relaciones internacionales transformadas en una constante prueba de fuerzas de comunicación y propaganda en un espectáculo mundial; de la utilización —a través de mil sutiles formas— de los medios, incluso de aquellos que se muestran críticos al proyecto Trump, para sembrar la confusión y el resentimiento.

 

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Nuestra política interna no escapa a estos fenómenos globales y a las tendencias predominantes en sociedades del espectáculo. Desde ya, hemos estado instalados —casi desde el comienzo de la administración Bachelet— en el vendaval de los escándalos que suceden en la zona fronteriza entre los negocios y la política, con severas consecuencias de desprestigio de las élites que representan ambos sectores y la pérdida de legitimidad de las respectivas actividades.

Enseguida, obsérvese la enorme importancia que adquieren los símbolos en la vida cotidiana de este tipo de sociedades. Una muñeca inflable —en sí un horrible signo de sexismo— desestabiliza a un dirigente gremial, deja mal puesto a un ministro, es usada para medir el temple de dos precandidatos presidenciales que salen rasguñados de la experiencia y da lugar a innumerables comentarios de políticos, opinólogos, académicos y periodistas.

De hecho, en estas sociedades posmodernas, hiper-simbólicas, de realidades virtuales y verdades postfactuales, donde en la esfera pública impera el “todo vale”, las palabras adquieren una importancia y valor tales que nos retrotraen a los tiempos mágicos cuando ellas poseían todavía el poder de encantar y transformar la realidad. Por ejemplo, Ricardo Lagos comenta que declarar feriado (por ley) el 2 de enero próximo podría ser una medida “un poquito populista”. De inmediato se remece el escenario, al punto que no menos de veinte dirigentes políticos suben a él para opinar, las redes sociales reverberan como un sistema de ecos y la prensa (en sentido lato) eleva la mencionada frase al estatus de una noticia en desarrollo.

Qué duda cabe, vivimos insertos en el terreno agonístico de la cultura oral propio de los antiguos certámenes públicos, tal como analiza finamente el padre jesuita W. J. Ong, famoso historiador y lingüista, en este pasaje que por su belleza y perspicacia me atrevo a citar in extenso:

“Muchas, tal vez todas las culturas orales o que conservan regustos orales dan a los instruidos una impresión extraordinariamente agonística en su expresión verbal y de hecho en su estilo de vida. La escritura propicia abstracciones que separan el saber del lugar donde los seres humanos luchan unos contra otros. Aparta al que sabe de lo sabido. Al mantener incrustado el conocimiento en el mundo vital humano, la oralidad lo sitúa dentro de un contexto de lucha. Los proverbios y acertijos no se emplean simplemente para almacenar los conocimientos, sino para comprometer a otros en el combate verbal e intelectual: un proverbio o acertijo desafía a los oyentes a superarlo con otro más oportuno o contradictorio (Abrahams, 1968; 1972). En las narraciones, la fanfarronería sobre la proeza personal o las frases hirientes del rival figuran regularmente en los enfrentamientos entre los personajes: en la Ilíada, en Beowulf, a lo largo del romance europeo medieval, en The Mwindo Epic y otros innumerables relatos africanos (Okpewho, 1979; Obicchina, 1975), en la Biblia, como entre David y Goliat (I Samuel 17:43-47). Comunes en las sociedades orales de todo el mundo, los insultos recíprocos tienen un nombre especifico en la lingüística: flyting (o fliting). Crecidos en una cultura todavía predominantemente oral, ciertos jóvenes negros de los Estados Unidos, el Caribe y otras partes practican lo que se conoce indistintamente como “dozens”, “joning”, “sounding”, etcétera, competencia que consiste en superar al rival en insultos a su madre. El dozens no es un verdadero combate, sino una manifestación artística, al igual que las demás agresiones verbales estilizadas de otras culturas”.

La política del espectáculo funciona bajo las mismas reglas, plenamente encajada dentro de un contexto de lucha, con personajes cercanos, lenguajes cifrados, intensa competencia discursiva —de palabras, imágenes y ritos—, fanfarronería sobre las proezas personales, frases hirientes entre rivales, insultos recíprocos o aún unilaterales (un señor diputado decía en días pasados en TV que el insulto a dirigido por él a la madre de un connotado empresario había sido proferido en representación de la rabia que experimenta el pueblo, sometido a la violencia cotidiana de los poderosos, en cuya defensa propia él había actuado; agregando de paso algo así como que el pueblo nunca se equivoca, no se puede equivocar…).

 

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Igual que en las culturales orales, las palabras de la política se han tornado omnipresentes y todopoderosas: gratuidad, lucro, desigualdad, abuso, transparente, público, información, etc. Cada una de ellas moviliza un universo semántico completo y establece a su alrededor un campo magnético donde la ideología agónica separa lo válido de lo inválido, lo bueno de lo malo, lo moral de lo pecaminoso, lo progresista de lo reaccionario, lo liberal de lo conservador, la izquierda de la derecha.

Asimismo, como en las culturas orales, la política recurre ahora, habitualmente, a las palabras para exigir culpas, confesarlas y absolverlas. El escenario de la televisión se ha vuelto extremamente inquisitorial. Se acusa y juzga con gran facilidad; el inquisidor integra un nuevo tipo de sacerdocio, proclama representar al pueblo desvalido y abusado, y en su nombre formula cargos, espera descargos y pasa sentencia, atribuyendo culpas y exigiendo al pecador solicitar perdón al instante, allí en ese espacio público de expiación. El templo republicano de la justicia ha sido desplazado por el “espectáculo punitivo” que Foucault creía desaparecido desde el momento que se habían sistematizado los modernos medios de vigilar y castigar.

Todas estas son manifestaciones de sociedades que, como la chilena, han recuperado y exaltan el calor de la comunicación oral agonística en un ambiente enriquecido por la digitalización, la mediatización, la masificación y el espectáculo. “El espectáculo no puede entenderse como el abuso de un mundo visual, el producto de las técnicas de difusión masiva de imágenes. Es más bien una Weltanschauung que ha llegado a ser efectiva, a traducirse materialmente. Es una visión del mundo que se ha objetivado”. Así escribió Guy Desbord en su clásica obra “La Sociedad del Espectáculo”, de 1967.

Desde entonces hasta ahora ha existido un proceso continuo de profundización del espectáculo mediante el cual las sociedades se representan a sí mismas, fenómeno que —podría conjeturarse— avanza más velozmente que la capacidad de las sociedades para reflexionar sobre sí mismas. Por eso se impone Trump, un símbolo del espectáculo, y por lo mismo, me temo yo, no “despega” la candidatura de Ricardo Lagos, apegada como se halla (su figura) a otra visión de mundo: aquella de la imprenta y el estadista, la cultura escrita y la solemnidad republicana, los ideales de la modernidad y la seriedad de la palabra, las jerarquías culturales y ni un poquito de sensibilidad populista.

El espectáculo es la política de nuestra época; si no estás dentro de él, no eres parte del presente, con su insoportable levedad.

 

José Joaquín Brunner, #ForoLíbero

 

 

FOTO: JORGE CADENAS/AGENCIAUNO

 

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