El bienestar político y económico que logró Chile durante la dura transición no satisface a los millennials. Y debemos reconocer que una parte de esa insatisfacción es legítima. Ellos también quieren realizarse y cumplir metas más ambiciosas: que todos seamos iguales, que no haya más abusos, que nadie pase por encima del otro. Y han encontrado en los lemas del Frente Amplio una vía rápida y fácil para conseguirlo.
Publicado el 22.11.2017
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Una privilegiada generación de chilenos que nació en democracia está votando por el Frente Amplio. Son jóvenes que no conocen los cortes de luz ni el toque de queda, que fueron o van a universidades privadas gracias al trabajo y esfuerzo de sus padres que no son profesionales, que pasan cinco o seis horas al día divirtiéndose o comunicándose con sus teléfonos inteligentes, esos mismos aparatos que son un lujo para los argentinos de su misma edad. Fueron a colegios subvencionados o privados de Providencia, Ñuñoa y La Reina, y no aceptan ningún tipo de discriminación o intolerancia. Para ellos la educación, la salud y la seguridad social deberían ser gratis, financiadas con impuestos a los más ricos.

No han leído muchos libros ni manuales políticos, como los que devoraban los jóvenes radicales más ilustrados de los sesenta. Apenas conocen a Salvador Allende o al Che Guevara, pero los encuentran cool, y desprecian profundamente a Pinochet. Tampoco hojean la prensa, pues prefieren informarse a través de las redes sociales de lo que a ellos les interesa, y son fanáticos de los memes. No se ven trabajando mucho tiempo en un mismo sitio, ni comprometiéndose. Si algo les resulta aburrido, se van. Como en sus universidades privadas y públicas campea la izquierda, rápidamente se convencen de que el mercado y el lucro son perversos. Averigüe, por ejemplo, dónde da clases el nuevo senador del Frente Amplio o dónde han hecho toda su carrera los autores de El otro modelo.

Cuando esos jóvenes escuchan a Piñera prometiendo más empleo o mejores remuneraciones, o lo ven mostrando gráficos y planillas Excel con la notable caída que ha tenido la tasa de la pobreza desde 1990, cambian rápidamente de canal. No se conmueven con datos ni estadísticas, pues creen haber encontrado la fórmula mágica para reducir la desigualdad de un paraguazo, sin sacrificios. Sencillamente, la economía no es su tema, y asumen que para mejorar las pensiones y los sueldos sólo se requiere voluntad política, pues han escuchado que el crecimiento económico debe estar al servicio de las personas y no al revés. Así que les da lo mismo si Beatriz Sánchez pasa o no los exámenes de economía en los debates. La valoran igual, porque es una mujer valiente y clara. Se han convencido, también, de que la mayoría de nuestros problemas se solucionan con una bala de plata: una nueva Constitución.

El bienestar político y económico que logró Chile durante la dura transición no satisface a los millennials. Y debemos reconocer que una parte de esa insatisfacción es legítima. ¿Por qué deberían contentarse sólo con un PIB per capita parecido al de los países desarrollados? ¿Por qué seguir esperando otros 10 años para salir del subdesarrollo? ¿Por qué hacer cambios graduales si las cosas se pueden solucionar de un solo golpe? Ya decía el psicólogo social norteamericano Abraham Maslow que cuando las personas han satisfecho sus necesidades más básicas, buscan alcanzar metas más elevadas. Ahora esos jóvenes bien alimentados y más altos, que tienen una mayor esperanza de vida y que sufren más de obesidad que de desnutrición, también quieren realizarse y cumplir metas más ambiciosas: que todos seamos iguales, que no haya más abusos, que nadie pase por encima del otro. Y han encontrado en los lemas del Frente Amplio una vía rápida y fácil para conseguirlo.

De paso, el inesperado desempeño electoral de Beatriz Sánchez dejó al descubierto algunas carencias de Sebastián Piñera, muy parecidas a las que desnudó en su momento la candidata Michelle Bachelet. A Piñera lo avalan los resultados económicos, pero no es empático ni querible. Es el mateo y el mejor alumno del curso, pero no el mejor amigo. Lo que nadie duda es que está mucho más capacitado que Guillier o que Sánchez para conducir al país. ¿Alguien puede pensar que Guillier gestionaría mejor que Piñera la reconstrucción de Chile después de un terremoto? ¿Alguien ve a Guillier tomando decisiones contra el tiempo y bajo presión en caso de afrontar una repentina y profunda crisis económica como la de 2007? Como los países afrontan crisis constantemente, es importante tener al frente a un Presidente cuya gestión dé confianza, no un mero aprendiz, por muy simpático que sea.

El 98% de nuestros actos son irreflexivos, dicen los más importantes psicólogos sociales de la actualidad, y, para muchos, votar puede ser un acto más emocional que racional. También es cierto que muchos eligen a un Presidente guiándose más por el resentimiento y la envidia que por la convicción o los principios.

En mi modesta opinión, el derecho y el deber de votar no pueden ser sólo una forma de darse un gustito. Hay que hacerlo con el corazón, pero también con la cabeza. Es legítimo conmoverse con la poesía y los discursos de una candidata que nos grita “¡Sí se puede!”, como lo hacía Barack Obama, pero también hay que preguntarse cómo lo haría esa advenediza política en caso de tenerla al frente de una emergencia realmente grave. ¿Será tan buena gobernando como lo es para hablar? También debemos tener eso en cuenta a la hora de elegir. Esa parte de la ecuación es la prosa, más aburrida y plana, el complemento necesario de la poesía que nos recitan durante las campañas electorales.

 

Ricardo Leiva, doctor en Comunicación

 

 

FOTO: SEBASTIAN BELTRAN GAETE/AGENCIAUNO