¿Por qué es tan difícil posicionar iniciativas políticas desde el centro si, en base a datos cuantitativos, una inmensa mayoría de la población se ubica en ese eje?
Publicado el 28.06.2018
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El 17 de diciembre de 2017, y tras sorpresivos resultados en la primera vuelta presidencial, Sebastián Piñera (36,64%) y Alejandro Guillier (22,70%) midieron fuerzas en el balotaje. En ambos casos la estrategia tuvo un denominador común: disputar la adhesión de los votantes del denominado centro político. Por eso no fue extraño que, en sus discursos, los aspirantes al sillón presidencial afinaran su retórica hacia conceptos tales como moderación y unidad. Y mientras Piñera le hacía guiños a los electores de José Antonio Kast (7,93%), Carolina Goic (5,88%) e independientes, Guillier, por su lado, buscaba capitalizar la sorpresiva votación de la representante del Frente Amplio, Beatriz Sánchez (20,27%), los porcentajes marginales del resto de candidatos de izquierda y persuadir a los electores de la carta falangista.

En esta tarea, que duda cabe, el más exitoso fue el presidente Sebastián Piñera; un triunfo histórico para la derecha (54,58% versus 45,42%) y el peor resultado electoral en una elección presidencial por parte de un candidato de centro izquierda. De hecho, fue Guillier quien, en su discurso de derrota, dejó entrever una de las claves que tuvo esa elección: “Por buscar el apoyo del Frente Amplio descuidamos el centro, y eso Piñera lo aprovechó”.

Lo que encontramos es una cultura marcada por las ansias de equilibrio, no de extremos.

Al respecto, podríamos suponer que el electorado se atrevió a cruzar la vereda y los hechos así lo demuestran: Renovación Nacional se convirtió en el partido político más grande de Chile, incorporándose a la Internacional de Partidos de Centro que, previo, sólo contaba con la representación nacional de la Democracia Cristiana. Y Evópoli, en poco tiempo y mediante un trabajo muy bien hecho, se convirtió en una fuerza importante, y con opciones de seguir creciendo en el mediano-largo plazo, en la interna de Chile Vamos. Ambas colectividades fueron capaces de leer e interpretar las urgencias, anhelos, sueños y necesidades de una ciudadanía que ha evolucionado, corriendo el cerco desde la derecha doctrinaria hacia un votante más moderado, incluso liberal.

Desde el punto de vista literario podríamos concluir que el centro, como tal, no existe. Pueden haber inclinaciones más o menos, pero no un centro político como tal. Sin embargo, en las encuestas de adhesión, en una escala de 1 a 10 (siendo 1 muy de izquierda y 10 muy de derecha), el grueso de las respuestas ubica a los participantes entre los ejes 5-7. Es decir, en efecto, la mayoría de las personas se consideran “de centro”. Otros, más simple aún, podrían afirmar que ser “de centro” implica no ser de izquierda ni derecha, ni socialista colectivista ni liberal desenfrenado, ni estatista ni mercantilista, ni rupturista-progresista ni conservador. Lo que sí encontramos es una cultura marcada por las ansias de equilibrio, no de extremos.

Desde el centro político, a partir de doctrina-ideología y propuestas, se han gestado ideas que le han hecho sentido a grandes mayorías. De allí también que éstos no hayan sido meros articuladores, ni bisagras o funcionales, sino que -en sus apogeos- fueron vanguardia, con fuerte identidad y estrategias que les permitieron impulsar -solos o acompañados- grandes transformaciones en el desarrollo del país. Sin ir más lejos, previo a que fueran parte de la Nueva Mayoría, la Democracia Cristiana enarboló las banderas del centro. No obstante, este giro a la izquierda de la falange no sólo se vio castigado con una paupérrima votación hacia su carta presidencial, sino que además desencadenó un éxodo de importantes figuras que hoy se esmeran por levantar proyectos políticos para llenar el espacio de centro, tales como Progresismo con Progreso, liderado por Mariana Aylwin, o el proyecto político de Soledad Alvear inspirado en el humanismo cristiano.

No olvidemos que han habido otros intentos, que no han prosperado, tales como Chile Primero, el Partido Regionalista Independiente (PRI) o más recientemente, Amplitud y Ciudadanos. Todos, con la expectativa de capitalizar el centro político y construir mayorías, pero que abren una interrogante: ¿Por qué es tan difícil posicionar iniciativas políticas desde el centro si, en base a datos cuantitativos, una inmensa mayoría de la población se ubica en ese eje? ¿Por qué no han prosperado?

Lo cierto, y más allá de los esfuerzos, es que en la actualidad existe un vacío de poder en este espacio, dejando en la orfandad a quienes no se sienten representados por la política binaria transitando entre uno y otro sector, siempre desde el centro como génesis, buscando algún grado o sentido de pertenencia que satisfaga sus anhelos tanto representación como de participación. Un dato no menor que cobra relevancia pensando en las elecciones del año 2021 toda vez que de no existir un referente o partido que los convoque-congregue, estos votantes perfectamente podrían optar por opciones que vayan más allá del ethos romántico de las ideas afines y terminen respaldando candidaturas que no necesariamente sean representativas de lo que ellos quieren, sino que obedezcan más bien a lo que consideren como el “mal menor” en base al contexto país del momento.

Rodrigo Durán, periodista, magíster en Comunicación Estratégica

 

FOTO:RODRIGO SAENZ/AGENCIAUNO