Mientras los herederos de Mitterrand o de Sarkozy, y ciertamente de Le Pen, deben dar explicaciones y justificar sus fracasos en los últimos años, Macron representa el futuro y todavía es -políticamente hablando- una promesa. Por lo mismo, la comparación entre los sueños que representa el nuevo líder francés, frente a la realidad no siempre agradable de quienes ya han gobernado, permite ponerlo en un excelente punto de partida, que ahora deberá confirmar desde el Gobierno. Aquí comienzan los problemas.
Publicado el 24.06.2017
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Francia ha dado otra de las sorpresas políticas de estos últimos años, que han sido prolíficos en resultados electorales impredecibles y curiosos. Los analistas y predictores siguen a medio camino entre las tendencias históricas y la necesidad de comprender los nuevos fenómenos políticos, que han llevado a las democracias occidentales a tener resultados como el Brexit, la victoria de Donald Trump en Estados Unidos o la derrota del acuerdo gobierno-FARC en Colombia.

La sorpresa, en el caso específico de Francia, ha sido doble. En primer lugar, por la victoria categórica de Emmanuel Macron en la elección de Gobierno, obteniendo la primera mayoría en primera vuelta y derrotando a la nacionalista Marine Le Pen en la segunda vuelta. En segundo lugar, por el extraordinario resultado de su partido “La República en Marcha” (En Marche) en las elecciones parlamentarias, en las que logró más del 60% de los votos, eligiendo a 350 parlamentarios. Con esto se ha redibujado completamente el mapa político francés, más si consideramos el resultado de los otros partidos: Republicanos un 22,5% y 137 diputados; el Partido Socialista el 7,9%, con 46 diputados; Francia Insumisa un 2,9% y 17 diputados; finalmente el Frente Nacional, con el 1,3% de los votos y sólo 8 diputados. En resumen, una victoria holgada para el nuevo Gobierno y una derrota dramática para sus adversarios.

En la hora actual, el proyecto de Macron resulta contraintuitivo, además de sorpresivo. Usa un lenguaje que muchas veces es políticamente incorrecto, muy distante de los grandes partidos históricos y del estatismo tradicional de Francia. Es interesante revisar su mensaje, que la propaganda y difusión de En Marche resume en cuatro conceptos: Trabajo, Libertad, Fidelidad y Apertura. Como el propio gobernante reconoce, no son especialmente originales, sino que son parte del vocabulario cotidiano de la inmensa mayoría de los franceses, pero manifiesta su deseo de que cada persona los pueda vivir por sí misma.

Pese a todo, no es claro que Macron vaya a tener un Gobierno fácil, aunque es preciso analizar las fortalezas y debilidades del nuevo gobernante y del partido mayoritario. Hay muchas esperanzas puestas en él, en Francia y en Europa, lo que deberá ahora analizarse con la correspondencia en la realidad o en las expectativas que ha generado.

Un primer factor positivo es que Macron logró reposicionar a Europa como un proyecto de futuro, mientras Francia ha recuperado liderazgo, permitiendo rejuvenecer conceptos que parecían gastados y derrotados en la campaña local, pero también con resoluciones como el Brexit. A mediados de mayo, tras reunirse con Ángela Merkel, el francés hizo un llamado a la refundación histórica de Europa. La tarea tiene numerosas dificultades a la vista, políticas, económicas y diplomáticas; a ello se suman factores ambientales, marcados por un escepticismo creciente y una pérdida de esperanza, contra lo que deberá luchar el líder de Francia.

Por otro lado, no cabe duda que el apoyo electoral recibido por Macron y En marche -en dos vueltas sucesivas- representa un gran respaldo y es la base de una legitimidad que permite afrontar los desafíos con gran solidez. Esto le permitirá enfrentar las dificultades y oposiciones a su proyecto, considerando no sólo la base electoral, sino la composición de la Asamblea Nacional, que será un factor clave en los próximos años.

Finalmente, hay un aspecto que en la política contemporánea cobra gran relevancia: el nuevo Gobierno tiene más horizonte de expectativa que espacio de experiencia, si utilizamos la famosa expresión de Reinhart Koselleck. Esta se refiere a “lo no experimentado, a lo que sólo se puede descubrir”. En este horizonte se mezcla “esperanza y temor, deseo y voluntad, la inquietud pero también el análisis racional” (en Futuro pasado. Para una semántica de los tiempos históricos, Barcelona, Paidós, 1993). Esto cobra relevancia, en una línea de progreso, si se considera que Francia comienza hoy desde una visión de deterioro, quizá decadencia, que es lo que Macron está llamado a derrotar.

Mientras los herederos de Mitterrand o de Sarkozy, y ciertamente de Le Pen, deben dar explicaciones y justificar sus fracasos en los últimos años, Macron representa el futuro, y todavía es -políticamente hablando- una promesa. Por lo mismo, la comparación entre los sueños que representa el nuevo líder francés, frente a la realidad no siempre agradable de quienes ya han gobernado, permite ponerlo en un excelente punto de partida, que ahora deberá confirmar desde el Gobierno. Aquí comienzan los problemas.

Gobernar Francia no ha sido ni será tranquilo, ni mucho menos fácil. Curiosamente, una de las victorias obtenidas será, a la vez, causa de dificultades: el resultado del domingo 18 de junio le asegura a Macron una amplia mayoría en la Asamblea, con una oposición que a la vez de reducida, está dividida. ¿Es bueno esto? En parte, sólo en parte. El problema radica en que la falta de oposición puede limitar los contrapesos políticos, aunque pudiera ser también una oportunidad para avanzar más rápido y lograr los cambios propuestos.

Para esto es necesario superar una segunda dificultad: cuadrar a los parlamentarios de En Marche. Es evidente que Macron no los conoce a todos, si bien se dice que pasaron por un duro sistema de selección. Su programa tiene ideas reformadoras en lo económico, que contrastan con el tradicional estatismo de Francia, y el líder galo ha señalado que quiere hacer reformas y convertir a su país en un lugar para emprendedores. ¿Estarán a la altura los diputados elegidos? Ya lo sabremos.

Otro de los problemas será la falta de experiencia de gobierno. Las elecciones de este 2017 permitieron rejuvenecer a la política francesa, tanto en el Ejecutivo como en la Asamblea Nacional. Lo que en principio parece como positivo deberá enfrentar la realidad de gobernar sin experiencia, y eso podría volverse en contra de En Marche, que deberá resistir a la soberbia de caminar solos por el poder, no escuchar otras opiniones o suponer que las victorias políticas son eternas. Más todavía si se considera que en las últimas elecciones votó apenas sobre el 42% de los franceses, lo que no sólo es el mínimo histórico durante la V República, sino que muestra una de las tendencias más difíciles de interpretar en las democracias contemporáneas, como es el ausentismo electoral. A esto se suma el problema con sus aliados, que ya han visto renunciar a cuatro ministros en tres días, algo que era imprevisible hace un par de meses.

Francia tiene nuevo proyecto y un gobernante carismático que ha comenzado bien. Veremos si la historia marcha de acuerdo con lo que ha propuesto en la campaña y con lo que muchos esperan de él.

 

Alejandro San Francisco, historiador, académico de la Pontificia Universidad Católica de Chile y de la Universidad San Sebastián, director de Formación del Instituto Res Publica (columna publicada en El Imparcial, de España)