¿Podrá el progresismo chileno recrear en el próximo futuro una coalición político-cultural capaz de entender el principio de acumulación capitalista, estimular y regular los 'instintos animales' de la empresa y usar los mercados en favor del bienestar general?
Publicado el 11.11.2015
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Es hora de volver al tema de la crisis de las élites y sus ramificaciones políticas, morales y culturales ¿Por qué? Por un lado, porque los sucesos recientes -nuevas tensiones en la coalición gobernante y una acentuada pérdida de prestigio y cohesión del núcleo empresarial- reponen la cuestión del debilitamiento de nuestras élites política y económica. Por otro lado, porque la recomposición de esas élites deberá hacerse en un entorno ideológico-intelectual y una atmósfera emocional donde reaparecen con renovada fuerza ciertas tendencias seculares de disconformidad con el capitalismo.

I

Las tensiones al interior de las élites del poder político y de los negocios han venido moviéndose con relativa sincronía durante este año crítico de 2015. Se hallan entrelazadas e interactúan en la esfera de la opinión pública encuestada a partir de la espiral de escándalos que mantiene en el piso a la clase política y de la revelación de los comportamientos de abuso y colusión -pactos ilícitos en daño de terceros- en que ha incurrido, al parecer sistemáticamente, el gremio empresarial.

El ‘efecto entrelazamiento’ de esos males -expuestos a la luz pública por los medios de comunicación, las redes sociales y diversas agrupaciones de sociedad civil e instancias académico-intelectuales- crea un ambiente enrarecido: de conspiración, entendimientos secretos, malos manejos de poder y abuso de posiciones dominantes en los más variados campo de actividad. Ha terminado minando la confianza del público y erosionado la legitimidad de las instituciones. Este fenómeno afecta a políticos, parlamentarios y gobernantes, además de empresarios, directores corporativos y altos ejecutivos. También a institutos religiosos y sacerdotes, a militares, organizaciones deportivas y autoridades municipales.

Se difunde así la imagen de que hay una doble, triple y aún más enrevesada realidad, hecha de pliegues y repliegues, ocultas capas del poder, laberintos secretos, pactos malévolos y conspiraciones; en breve, de grupos que -a espaldas de los valores y las lógicas propias de su campo- controlan recursos, reparten beneficios y excluyen a competidores.

Ese clima paranoico, obsesivo, encuentra un eco inmediato en las tesis conspirativas que desde su origen acompañan a la cultura de masas. Y tiene su foro privilegiado -aunque a ratos ridículo o delirante- en las redes sociales.

Es bien sabido que este tipo de teorías se populariza cada vez que aumentan la desconfianza y las incertidumbres, especialmente entre los sectores más vulnerables. Según relata un autor, el formal y serio Oxford English Dictionary incluyó en 1997 por primera vez el concepto de ‘teoría conspirativa’, dando cuenta así de la difusión que había alcanzado, especialmente en los Estados Unidos.

Hoy día el discurso de la conspiración forma parte de la esfera pública. En un mundo altamente racionalizado, proporciona explicaciones e interpreta fenómenos que la cultura masiva adopta con facilidad y adapta a sus propios sentimientos e intuiciones colectivamente compartidas.

Hasta podría decirse que tras la muerte de los grandes relatos en nuestra época posmoderna, las teorías conspirativas proporcionan una manera de otorgar sentido a los fenómenos complejos y a las realidades múltiples en medio de las cuales vivimos. Una estudiosa de esta forma cultural describe las teorías conspirativas precisamente como una manera de representar a los poderosos, quienes se moverían en las sombras y manejarían los hilos de la historia detrás del escenario. Y en perjuicio del estado llano.

En fin, estas teorías ofrecen una visión del mundo donde la agencia humana radica exclusivamente en una minoría dorada que en secreto manipula ideas y recursos de poder en beneficio propio y de espaldas a las grandes mayorías.

No debiera pasar desapercibido para nadie que nuestra cultura masiva, mediatizada, referida a los escándalos del poder, vive envuelta en ese tipo de especulaciones conspirativas. Éstas proporcionan una explicación, por distorsionada que sea, para las ‘fuerzas demoníacas’ de la política, como las llama Max Weber, y para las ‘tentaciones del mercado’, como él mismo las califica, que parecen haber invadido los pasadizos del poder local.

Basta pensar en los casos Penta, Caval, SQM, Corpesca y en las colusiones de las farmacias, los pollos y, más recientemente, el papel tissue, para saber de qué hablamos. ¿Cómo podríamos creer que existe auténtica competencia política y competencia económica, se pregunta la gente? ¿O que el capital económico se halla separado por una muralla china del capital político? ¿O bien, que no se trafica con la influencia, que los vínculos familiares son neutrales frente al mérito o que no se conspira empresarialmente contra ciudadanos y consumidores?

Por lo mismo, tampoco sorprende que en estas circunstancias -presionados por revelaciones, denuncias y autoinculpaciones- los actores afectados sientan cimbrar el piso bajo sus pies y busquen reposicionarse para detener las amenazas de los grupos contendientes.

Dentro de la Nueva Mayoría (NM), e incluso al interior de cada uno de sus partidos, estos movimientos sísmicos de la micropolítica se hallan en plena actividad, manifestándose por el momento como tensiones: dentro del equipo ministerial, entre La Moneda y las directivas de los partidos o al interior de éstos, con epicentro en el PDC y, secundariamente, en el ‘polo progresista’ (PS y PPD básicamente). Sin duda se expresan allí querellas de influencia y por controlar de recursos de poder. Pero hay, además, conflictos de orientación, visiones de mundo y de comprensión de las dinámicas y contradicciones del capitalismo global, como veremos más adelante.

En el frente opositor, la confusión entre capitales económicos y políticos y las redes de influencias y apoyos mutuos llegaron a hacerse tan densas e intensas (Penta-UDI, Corpesca-UDI) que prácticamente han hundido al mayor partido y dejado en vilo a RN, ambos con su influencia y capacidad de acción fuertemente depreciadas. De hecho, la oposición pareciera depender por el momento -como única posibilidad de ser rescatada de la irrelevancia- del liderazgo del ex Presidente Piñera, paradojalmente un símbolo de esa explosiva cercanía entre capital económico y capital político. O bien, hay quienes en la UDI renuncian a incidir en el presente y proponen un giro refundacional, retornando a sus valores originales para proyectarse hacia un futuro lejano.

Por su parte, las fuerzas que se proclaman a la izquierda de la NM se debaten entre el fraccionamiento ideológico del movimiento estudiantil; las reivindicaciones gremiales y corporativas de sindicatos del sector público y de grupos de intereses especiales, y liderazgos personalistas situados hoy bajo el mismo manto de sospecha que cubre al resto de la clase política.

En suma, una de nuestras élites clave no logra salir aún de la espiral en que se halla atrapada desde comienzos del presente año. La falta de conducción del gobierno es un reflejo de esa crisis a la vez que ayuda a reproducirla. El repunte de la Presidenta Bachelet en las encuestas dadas a conocer en días pasados es como una leve brisa. Pero no logra despejar las sombras del escenario ni cambiar el clima generado por los escándalos, igual como no muestra, todavía, un real giro de la administración Bachelet.

Del mismo modo, la élite empresarial se halla neutralizada en la actual coyuntura, atrapada como está en sus propios problemas de conducción, afectada por severas fallas de gobierno corporativo en las empresas y con públicas disensiones. El hecho de que la crisis afecte por igual al new money y al old money de la ciudad empresarial refleja la profundidad y extensión de la crisis y por medio de vasos comunicantes la proyecta hacia el campo de la distinción social, las grandes familias, la religión y ética empresariales católicas y de los centros de pensamiento del sector, desestabilizando el entramado cultural aristocrático-empresarial-burgués y su capital de prestigio simbólico.

En este cuadro, los sindicatos de trabajadores públicos han asumido igualmente un papel más activo de reivindicación de sus intereses gremial-económicos, como viene ocurriendo desde hace tiempo ya con el Colegio de Profesores y, durante las últimas semanas, con los empleados del BancoEstado y, más espectacularmente, con los del Registro Civil. Desde el punto de vista de nuestro análisis, sobresalen dos hechos.

Primero, el que en un cuadro de débil conducción política los conflictos sindicales desbordan de inmediato el campo propiamente reivindicativo y se constituyen en problemas para la política y el gobierno. Segundo, esto se agrava por la poco efectiva gestión de esos conflictos: en el caso de los maestros ha sido confusa y zigzagueante; en la caso del BancoEstado condujo a un súper bono, disonante con la situación de la caja fiscal, y en el caso de la prolongada huelga del Registro Civil concluyó con el público exasperado y el gobierno sentado a la mesa de negociación como reclamaba el sindicato.

II

¿Qué podría alterar el cuadro descrito y producir una recomposición de la élite política y una rearticulación de ésta con la sociedad civil?

Me parece a mí que un proceso tal necesitaría desenvolverse a lo largo de dos carriles.

Por un lado, la NM tendría que evolucionar para conformar un nuevo bloque político-cultural que -de manera similar a la Concertación en su momento- reúna un amplio arco de fuerzas socialistas, socialdemócratas, comunitarias y liberales tras un proyecto compartido. Por el otro, ese conglomerado debería hacerse cargo -con sensibilidad histórica, inteligencia emocional, discurso y relato- del actual momento de contradicciones culturales del capitalismo.

El último aspecto es fundamental. Solo los sectores menos reflexivos de la derecha asumen el capitalismo como un ‘fin de la historia’ y una perfecta encarnación de la libertad individual y la soberanía del consumidor. Solo la izquierda utópica imagina una sociedad alternativa cuya construcción jacobina pondría fin al imperio del mercado y del dinero transformando las relaciones sociales en el jardín que alguna vez soñó Marx: “…en todas las sociedades anteriores [el hombre ha sido] cazador, pescador, pastor o crítico, y no tiene más remedio que seguirlo siendo, si no quiere verse privado de los medios de vida; al paso que en la sociedad comunista, donde cada individuo no tiene acotado un círculo exclusivo de actividades, sino que puede desarrollar sus aptitudes en la rama que mejor le parezca, la sociedad se encarga de regular la producción general, con lo que hace cabalmente posible que yo pueda dedicarme hoy a esto y mañana a aquello, que pueda por la mañana cazar, por la tarde pescar y por la noche apacentar el ganado, y después de comer, si me place, dedicarme a criticar, sin necesidad de ser exclusivamente cazador, pescador, pastor o crítico, según los casos”.

En medio se ubican los diversos filones críticos del capitalismo y los mercados, entre los cuales aquí me interesan aquellos que mayormente resuenan con el análisis de las contradicciones culturales del capitalismo. Frecuentemente el pensamiento progresista socialdemócrata o comunitario invoca esas contradicciones para desahuciar el sistema que las produce, sin darse cuenta de que cualquier otro sistema complejo organizado para la producción técnica, la circulación racional y el consumo masivo generará contradicciones de similar magnitud, como muestra la historia del siglo XX.

¿Cuáles son las contradicciones que mantienen en tensión y socavan la legitimidad del capitalismo y la modernidad?

Un buen resumen se halla en la más reciente Encíclica del Papa Francisco, Laudato Si. Dedicada principalmente a la crisis ecológica, formula sin embargo un cuestionamiento mucho más amplio al capitalismo moderno y su ‘paradigma tecnocientífico’, que los sociólogos suelen comprender bajo los términos de racionalización, secularización y desencantamiento del mundo. Permítanme citar algunas frases y párrafos de dicho documento.

  • “A la continua aceleración de los cambios de la humanidad y del planeta se une hoy la intensificación de ritmos de vida y de trabajo, en eso que algunos llaman ‘rapidación’”.
  • “Entre los componentes sociales del cambio global se incluyen los efectos laborales de algunas innovaciones tecnológicas, la exclusión social, la inequidad en la disponibilidad y el consumo de energía y de otros servicios, la fragmentación social, el crecimiento de la violencia y el surgimiento de nuevas formas de agresividad social, el narcotráfico y el consumo creciente de drogas entre los más jóvenes, la pérdida de identidad”.
  • “Mientras tanto, los poderes económicos continúan justificando el actual sistema mundial, donde priman una especulación y una búsqueda de la renta financiera que tienden a ignorar todo contexto y los efectos sobre la dignidad humana y el medio ambiente”.
  • Recuerda que Juan Pablo II “remarcó que no sería verdaderamente digno del hombre un tipo de desarrollo que no respetara y promoviera los derechos humanos, personales y sociales, económicos y políticos, incluidos los derechos de las naciones y de los pueblos”.
  • En otra parte, citando a Benedicto XVI, señala que “el mercado por sí mismo no garantiza el desarrollo humano integral y la inclusión social. Mientras tanto, tenemos un superdesarrollo derrochador y consumista, que contrasta de modo inaceptable con situaciones persistentes de miseria deshumanizadora, y no se elaboran con suficiente celeridad instituciones económicas y cauces sociales que permitan a los más pobres acceder de manera regular a los recursos básicos”.
  • “En la modernidad hubo una gran desmesura antropocéntrica que, con otro ropaje, hoy sigue dañando toda referencia común y todo intento por fortalecer los lazos sociales”.
  • “ […] no debería llamar la atención que, junto con la omnipresencia del paradigma tecnocrático y la adoración del poder humano sin límites, se desarrolle en los sujetos este relativismo donde todo se vuelve irrelevante si no sirve a los propios intereses inmediatos”.
  • “La cultura del relativismo es la misma patología que empuja a una persona a aprovecharse de otra y a tratarla como mero objeto, obligándola a trabajos forzados, o convirtiéndola en esclava a causa de una deuda. Es la misma lógica que lleva a la explotación sexual de los niños, o al abandono de los ancianos que no sirven para los propios intereses. Es también la lógica interna de quien dice: Dejemos que las fuerzas invisibles del mercado regulen la economía, porque sus impactos sobre la sociedad y sobre la naturaleza son daños inevitables”.
  • “La visión consumista del ser humano, alentada por los engranajes de la actual economía globalizada, tiende a homogeneizar las culturas y a debilitar la inmensa variedad cultural, que es un tesoro de la humanidad”.
  • “El hombre y la mujer del mundo posmoderno corren el riesgo permanente de volverse profundamente individualistas, y muchos problemas sociales se relacionan con el inmediatismo egoísta actual, con las crisis de los lazos familiares y sociales, con las dificultades para el reconocimiento del otro”.

La identificación y la crítica de las contradicciones culturales del capitalismo –en lo fundamental, el hecho que libera el enorme potencial técnico de las fuerzas productivas al mismo tiempo que destruye condiciones físicas, sociales, culturales y éticas imprescindibles para la frágil vida de los humanos y demás especies biológicas- no son un descubrimiento reciente. Comienzan en la época premoderna a propósito del comercio y la difusión del dinero y, con el tiempo, se convierte en una suerte de música de fondo del capitalismo en la posmodernidad.

En su clásico estudio sobre el capitalismo en el pensamiento moderno europeo, Jerry Muller enumera una larga lista de males de los que desde el siglo XIX se acusa al capitalismo, como que el calor del hogar estaba siendo apagado por las gélidas aguas del egoísmo comercial; que la virtud cívica estaba desapareciendo; que la voluntad de desplazar gratificaciones sobre las que se funda el capitalismo se hallaba en declinación; que el individualismo y el egoísmo posesivo estaban destruyendo el sentido de propósito colectivo; que el trabajo pierde significación humana; que mujeres y hombres parecen inundados por productos de consumo que no necesitan; que el mercado internacional iba destruyendo culturas históricas locales, dejando tras de sí un amorfo sincretismo o un nihilismo hedonista; que la circulación de los valores del mercado estaba erosionando las propias tradiciones e instituciones de las cuales depende el capitalismo; que el mundo se halla al borde de alcanzar los límites técnicos del crecimiento; que los ricos se hacen más ricos y los pobres más pobres; en fin, que por todas estas razones el capitalismo está en crisis y, según profetizaban algunos ya en el siglo XIX, a punto de desplomarse.

Un libro más reciente de John Plender, periodista del diario Financial Times, titulado Money, Moral and Markets (2015), retorna a estos mismos territorios y explora si acaso alguna vez la gente se ha sentido satisfecha con el capitalismo. Por mi parte sé que los fundadores de la sociología europea -gente como Simmel, Durkheim, Marx y Weber- construyeron la disciplina justamente para dar cuenta de esos males y grietas y fallas del capitalismo y explicarlos, llegando a veces, incluso, a proponer medios para solucionarlos o superarlos, o bien, para hacerlos desaparecer mediante la erradicación del capitalismo y su sustitución por el comunismo.

También en Chile denuncias similares del carácter destructivo y culturalmente empequeñecedor del capitalismo tienen una tradición no despreciable. Así se hizo patente durante los debates del Centenario. Y ahora se repite, aunque esta vez con una mayor influencia de las ciencias sociales, bajo el rótulo de ‘malestares’, los que aquejarían a nuestra sociedad desde fines del siglo XX y se habrían manifestado con virulencia, dícese, durante las discusiones del Bicentenario (ver aquí, aquí y aquí).

¿Qué agrega nuestro debate local más reciente al ciclo de denuncias sobre las contradicciones culturales del capitalismo?

Pienso que agrega, ante todo, un énfasis especial en los abusos del poder (o mejor, quizá, de los poderosos) -más que en la explotación o la alienación- inherentes en las relaciones de desigualdad económica. O sea, el hecho de que tales abusos hieren la dignidad del prójimo, segregan y excluyen, restando justificación moral a las distribuciones capitalistas de las cargas, oportunidades y beneficios.

Eso en primer lugar. Y, enseguida, un énfasis en la erosión ética que representaría la pérdida del sentido de comunidad, la fraternidad y de los valoras vinculados a la reciprocidad y el cuidado de los otros. El mercado, como anticiparon Marx y Weber, se alimenta de disposiciones y motivos que se hallan en las antípodas: el cálculo, el interés propio, la competencia que puede devenir en cartel o monopolios, la falta de cualquier piedad y el frío egoísmo.

Nuestra cultura local (alta cultura de algunos círculos de las élites académico-intelectual y tecnocrática, y cultura de masas en general) parece haberse vuelto tan sospechosa del motivo pecuniario -pieza central del capitalismo- como se cuenta era John Maynard Keynes. A él se le atribuye haber dicho que el capitalismo equivale a “la creencia de que los motivos más repugnantes de los sujetos más repugnantes trabajan de una manera u otra para producir los mejores resultados en el mejor de los mundos posibles” (citado en Plender). Una pertinente traducción de la ‘mano invisible’ de Adam Smith.

¿Cómo entonces, en este clima cultural adverso, de negativas percepciones (malestares) respecto al capitalismo -el cual sabemos no está por desplomarse, sin embargo- puede plantearse una visión progresista que a la vez afirme la necesidad del crecimiento económico capitalista y se haga cargo de las contradicciones culturales que aquel genera?

Paradojalmente, la mejor respuesta proviene de Edmund Burke, una de las mentes brillantes del pensamiento conservador del siglo XVIII y posteriores, quien escribió el siguiente párrafo que traduzco libremente:

“El amor al lucro, aunque llevado a veces a excesos ridículos, a veces viciosos, es la gran causa de la prosperidad de todos los Estados. De este principio natural, razonable, poderoso, prolífico, corresponde a los satíricos exponer su ridiculez; al moralista censurar en él lo vicioso; al hombre de buen corazón a los duros y crueles; al juez censurar el fraude y la extorsión que puede motivar. Al hombre de Estado, en tanto, corresponde usarlo tal como es, con todas sus excelencias concomitantes y todas sus sabidas imperfecciones” (Letters on a Regicide Peace, 3.3.99).

¿Podrá el progresismo chileno recrear en el próximo futuro una coalición político-cultural capaz de entender el principio de acumulación capitalista, estimular y regular los ‘instintos animales’ de la empresa y usar los mercados en favor del bienestar general? ¿Y hacerlo sin renunciar, al mismo tiempo, a ridiculizar los excesos y vicios a que ese principio puede llevar? ¿Y sin dejar de extender la solidaridad y protección de un efectivo Estado de derechos sociales a los más vulnerables y dañados por la competencia desigual? ¿Y sin renunciar a montar un sistema de leyes, fiscalización y justicia que mantenga separados los negocios de la política y, en nombre del interés general, castigue los carteles, los excesos y vicios del lucro y, aun así, permita a la sociedad crecer en prosperidad y distribuirla mejor?

 

José Joaquín Brunner, Foro Líbero.

 

 

FOTO: JORGE FUICA/AGENCIAUNO

 

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