Sea cual sea el grado de responsabilidad que le cabe hoy a la Presidenta Bachelet, lo que no puede admitirse es que la Nueva Mayoría (en rigor, Nueva Minoría) se haga hoy, olímpicamente, la sueca.
Publicado el 04.09.2015
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Hace rato que los próceres del oficialismo critican sin pudor -en público y en privado- a su gobierno y a la Presidenta de la República. Sí, a la misma Michelle Bachelet cuya candidatura impulsaron durante prácticamente los cuatro años que permanecieron en la oposición, la misma a la que fueron a buscar a Nueva York en un puente aéreo interminable y la misma a la que, durante los meses de campaña, elevaron a la categoría de símbolo espiritual.

La Nueva Mayoría culpa hoy a la Mandataria y a sus ministros de la crisis en la que se ha mantenido prácticamente desde el inicio del mandato. La acusan de falta de liderazgo y de amparar la improvisación que, es cierto, ha caracterizado a este gobierno (lo ocurrido con la gratuidad para la educación superior, por ejemplo, es vergonzoso). La DC reclama porque el discurso le parece demasiado a la izquierda, haciéndose la recién enterada del contenido de las reformas que se prometieron a los chilenos y de que integra una coalición con el PC. Y la Concertación 2.0 –Lagos & Compañía– alega por la impronta refundacional, que tácitamente desprecia la “obra maciza” de la era 1990-2010, de la que tan orgullosos se sintieron hasta que fueron derrotados por Sebastián Piñera y la centro derecha en enero de 2010.

Es cierto que en una democracia presidencialista, con una Moneda que cuenta con todas las facultades, las platas y los símbolos asociados al poder, desde el momento de asumirse un mandato la principal responsabilidad de la aprobación ciudadana radica en el Presidente de la República y en su gabinete.

Es cierto, además, que la Presidenta Bachelet ha cometido un pecado particularmente capital en política: confundir la coherencia con la testarudez; y el coraje con la sordera. Si en dos encuestas ha cumplido esta semana 11 meses con más rechazo que aprobación y en una de ellas cumple 14 semanas con menos de un tercio de apoyo, es obvio que algo está haciendo incorrectamente. ¿O va a insistir en que somos los chilenos los incapaces de comprender la magnitud de los cambios que quiere imponer?

Y, luego, no nos vamos a engañar: el corazón de la Presidenta Bachelet está en sintonía con la RDA y la retroexcavadora del Senador Quintana y no con la Inglaterra de Tony Blair y la Concertación de Ricardo Lagos. Y ese dato sí ha sorprendido a una parte del oficialismo que, ingenuamente, aspiraba a una continuidad con algunos cambios por aquí y otros por allá y jamás sospechó que era otro el rumbo en el que estaba pensando la Mandataria cuando subió a la testera del Congreso para ponerse por segunda vez la banda presidencial.

Sea cual sea el grado de responsabilidad que le cabe hoy a la Presidenta Bachelet, lo que no puede admitirse es que la Nueva Mayoría (en rigor, Nueva Minoría) se haga hoy, olímpicamente, la sueca.

La fueron a buscar a Nueva York, en una romería interminable, para rogarle que volviera a reinar en Chile. Le calentaron el clima social desde marzo de 2010, para luego ponerle la firma a un programa de gobierno que calzaba precisamente con las expectativas que habían contribuido a exacerbar. En mayor o menor intensidad, se comprometieron a “remover los cimientos” del “modelo” y renegaron de los 20 años de la Concertación.

Elevaron a la categoría de intelectuales a dirigentes juveniles, y a centros de pensamiento a los movimientos sociales. No sé a usted, pero a mí me parece inaudito que los encargados de diseñar la reforma educacional en el Mineduc del Ministro Eyzaguirre hayan sido los dirigentes de Revolución Democrática y no quienes cuentan con la experiencia y el conocimiento necesario para una misión de tamaña envergadura.

Y, finalmente, convirtieron a la figura de Michelle Bachelet en un ícono, en un ser intocable, despojado precisamente de esa humanidad que la hizo querible por una abrumadora mayoría de chilenos a fines de su primer mandato. Tan en serio se tomaron ese perfil sus asesores, que en las últimas semanas de su campaña la vistieron de maestra de meditación oriental (se habló del look pachamámico), una líder espiritual que estaba por sobre el bien y el mal y, desde luego, muy por sobre algo tan pedestre como la política y la razón (lo suyo eran “los sueños”, no el dato duro, no las cifras, no los resultados).

Con la misma intensidad con que cultiva la memoria para ciertas causas, la Nueva Mayoría olvidó en menos de dos años ya no la lealtad que debe a quien les permitió elegirse como senadores o diputados o ser designados como ministros y subsecretarios, sino el halo del que vistieron a Michelle Bachelet y los ladrillos con los que construyeron el escenario sobre el cual se para hoy la Presidenta de la República y todo su gabinete.

 

Isabel Plá, Fundación Avanza Chile.

 

 

FOTO: JUAN GONZALEZ/AGENCIAUNO.

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