La impecable victoria de diciembre pasado fue un impulso que ha llevado al sector a alturas que le habían sido negadas hasta ahora: le ha otorgado una autoridad que no había conocido desde los lejanos tiempos de la Presidencia de Arturo Alessandri, liberándolo de los pesos muertos que arrastró durante la prolongada transición. De pronto ser de derecha ya no es un baldón que se lleva incómodamente, sino que una bandera que sus adherentes pueden ondear con dignidad y confianza.
Publicado el 12.04.2018
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Hasta hace poco se solía repetir con la certeza de una verdad revelada que Chile era un país de centroizquierda, aunque las encuestas —en esto no se equivocaron— venían mostrando en los últimos años que se trataba de una idea de dudosa validez. A partir de esa creencia, ampliamente desmentida en la elección de diciembre, la derecha parecía condenada a ser la minoría del espacio político dominado por una izquierda orgullosa de sí misma, poseedora de notables liderazgos dispuestos a conducirnos a paso firme al destino de la patria “justa y buena”, las poéticas palabras del Presidente Aylwin que resonaban mucho mejor al oído progresista que la proclamada meta de convertirnos en un país desarrollado.

Ese papel minoritario, reforzado por la dura derrota electoral de 2013 y una vocación ancestral por los asuntos económicos, algunas veces asociados al beneficio de las empresas, ponía a la derecha en una situación de inferioridad política que por momentos pareció irreversible. Es cierto que ya había logrado ser gobierno por primera vez en más de 50 años, pero sus adversarios no se demoraron en declarar al primer gobierno de Piñera un breve paréntesis, una de esas extrañezas de la democracia que el nuevo ciclo de la Nueva Mayoría no se demoraría en reparar para dejarla en el olvido.

El elocuente resultado alcanzado por el Presidente Piñera en su segundo intento por llegar a La Moneda borró todo eso de un plumazo. Desde la victoria electoral, por un margen impensadamente amplio, ha emergido una nueva derecha con la legitimidad en alto, quizás el atributo más caro de la política, que diversos acontecimientos, entre ellos la persistente sombra de Pinochet, le negaron por tantos años. Es cierto que esta vez los vientos soplaban a su favor, impulsados por el gobierno peor evaluado desde el regreso de la democracia y una economía arrastrándose a ras de suelo por un cuatrienio completo.

Pero la impecable victoria de diciembre pasado fue un impulso que ha llevado al sector a alturas que le habían sido negadas hasta ahora: le ha otorgado una autoridad que no había conocido desde los lejanos tiempos de la Presidencia de Arturo Alessandri, liberándolo de los pesos muertos que arrastró durante la prolongada transición. Súbitamente, sus movimientos han adquirido la prestancia de quien se sabe el protagonista central del ciclo político, al tiempo que algunos de sus representantes se desenvuelven con una soltura política de la que hicieron gala en su momento los líderes de la Concertación. De pronto ser de derecha ya no es un baldón que se lleva incómodamente, sino que una bandera que sus adherentes pueden ondear con dignidad y confianza.

Saber sintonizar con los anhelos y pulsiones de los grupos medios se ha vuelto una tarea muy exigente en una sociedad cada vez más compleja y volátil, y es precisamente lo que hizo la derecha en la elección presidencial, mientras que en el lado opuesto la izquierda vive unos de sus peores momentos, presa del gastado relato del movimiento estudiantil de 2011 y de la falla garrafal de alentar el derrumbe del modelo, justo en momentos que los peores efectos de semejante despropósito están a la vista en varios lugares de América Latina. La contundente mayoría de electores que se pronunció por la alternativa de devolver al país a la senda de la prosperidad, por la que transitó casi sin pausa por más un cuarto de siglo, dio un fuerte golpe de timón e hizo una corrección de rumbo de significados más profundos que la simple alternancia en el poder.

Una parte no menor de este voto mayoritario se lo debe el sector a Piñera, que para eso están los liderazgos (el suyo quedará entre los más gravitantes de la política nacional desde el retorno de la democracia), pero no cabe duda que ha habido aquí una importante contribución de la alianza política que lo sustenta. Y, quién lo habría dicho, también aportan lo suyo jóvenes intelectuales que han traído aire fresco a un sector que por demasiado tiempo se resistía a dar la batalla por las ideas, viviendo del espacio político que ofrecía el sistema binominal.

Last but not least, una inédita capacidad de movilización que el sector siempre envidió a sus adversarios, se constituyó en un factor crucial para que la derecha se graduara con nota máxima en el siempre difícil examen de una segunda vuelta. No se podría pedir más para el inicio de un gobierno que, no hay que olvidarlo, tiene formidables tareas y desafíos por delante, y una oposición que no demorará en articularse y mostrar sus afilados dientes.

 

Claudio Hohmann, ex ministro de Estado

 

 

FOTO: ALEJANDRO ZO„EZ/AGENCIA UNO