Lo que los liderazgos de Revolución Democrática parecen irradiar, interpretando sus intervenciones, es alguna especie de humanismo existencialista combinado con una ingenua confianza en la capacidad del Estado para hacerse cargo de todo lo relevante de la esfera pública. Así, RD ha demostrado ser el brazo clientelista del Frente Amplio, la bisagra con la Nueva Mayoría, algo así como la DC de la nueva izquierda.
Publicado el 10.12.2017
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El acontecimiento político más relevante de la semana fue, sin lugar a dudas, el apoyo de una parte importante del Frente Amplio a la candidatura de Alejandro Guillier. Tanto Beatriz Sánchez como Giorgio Jackson y los diputados electos con el 1% irán el próximo 17 de diciembre, según dijeron, sin pudor ni perplejidad, a votar por el candidato de la Nueva Mayoría.

Fugazmente olvidada quedó la postura oficial del Frente Amplio que responsablemente invitaba a sus electores a votar con independencia y convicción política. Con una sorprendente capacidad para desdoblarse, muy propio de la nueva forma de hacer política ―otrora incoherencia―, serían ahora los ciudadanos Sánchez, Jackson, etc., quienes votarían por el representante de todo lo malo que, según los mismos, le habría pasado a Chile.

Pero los acontecimientos no son del todo asombrosos. Esta facción del Frente Amplio, liderada principalmente por la cúpula de Revolución Democrática (RD), ha estado desde sus orígenes caracterizada por la ambivalencia política. Basta recordar el arreglo electoral con la Nueva Mayoría que, gracias al binominal, permitió al diputado Jackson postularse y ser elegido sin competencia alguna o la participación que tuvieron en el actual gobierno en el Mineduc y la Municipalidad de Providencia. Y es que RD es un partido al que difícilmente se le podría atribuir alguna idea política clara, ni menos revolucionaria. Lo que sus liderazgos parecen irradiar, interpretando sus intervenciones, es alguna especie de humanismo existencialista combinado con una ingenua confianza en la capacidad del Estado para hacerse cargo de todo lo relevante de la esfera pública. Así, RD ha demostrado ser el brazo clientelista del Frente Amplio, la bisagra con la Nueva Mayoría, algo así como la DC de la nueva izquierda.

Lo relevante de todo esto es que efectivamente existe una nueva izquierda, en apariencia fracturada, compuesta por el Frente Amplio y sus admiradores del oficialismo. La sintonía del Partido Comunista y el socialismo de Atria con el enjambre de partidos neo marxistas del Frente Amplio es por todos conocida. Por lo tanto, es presumible que esa nueva izquierda irremediablemente estará unida, ya sea en la calle, el Congreso o incluso en un eventual nuevo gobierno de la Nueva Mayoría, por la quimera de que la estatización de bienes y servicios de carácter público, combinada con un asambleísmo con aspiraciones democráticas, nos convertirá en la Finlandia sudamericana.

El nuevo escenario político, a mi juicio, excede de lo que pase el próximo domingo en las urnas. La nueva izquierda entiende bien que los complejos de la Democracia Cristiana son superiores a sus convicciones, por lo que saben que seguirán siendo el inofensivo invitado de piedra de la izquierda. Así las cosas, la estabilidad política de Chile ya no dependerá de la DC o de los moderados del PPD. Por su parte, tampoco hay mucha incertidumbre en las luchas de la nueva izquierda: más allá de su sofisticada retórica, sin mucho idealismo ni pretensiones de revolución, buscarán expandir derechos gratuitos por doquier, altas dosis de asambleísmo y más Estado; una buena receta para el fracaso. La estabilidad política, por lo tanto, dependerá de la capacidad que tenga Chile Vamos de construir un proyecto político capaz de cambiar, con ideas y unidad, el decidido rumbo que persigue la nueva izquierda.

 

Andrés Berg, investigador Fundación P!ensa

 

 

FOTO: FRANCISCO CASTILLO/AGENCIAUNO