La comprensión sobre el fenómeno falangista apreciaba que tenía un pensamiento propio, en gran medida basado en la trayectoria histórica española y en su tradición. Primo de Rivera procuraba conjugar el catolicismo con una doctrina integradora y dispuesta a luchar palmo a palmo contra las otras ideas fuerza que campeaban en el ambiente de entreguerras.
Publicado el 26.11.2016
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El 20 de noviembre de 1936 -hace exactamente ochenta años- murió José Antonio Primo de Rivera. En España ya sonaban los cañones y los bombardeos, en medio de una división que se había enseñoreado en una sociedad nacida para mejores destinos que enfrentar una guerra fratricida. Pero la historia es veleidosa y las mejores aspiraciones muchas veces quedan truncadas, heridas gravemente, cuando no abortadas.

El fundador de la Falange Española murió fusilado en Alicante, acusado de delito de rebelión militar. Si bien podría tratarse de una mera estadística en el contexto de los cientos de miles de personas que regaron con su sangre las ciudades y campos de España, sabemos que la muerte de Primo de Rivera tenía una connotación simbólica imposible de soslayar. José Antonio era hijo de Miguel, el dictador en la década de 1920; y su propia vocación política lo llevó a fundar un movimiento dispuesto a disputar doctrinalmente tanto al liberalismo como al marxismo.

El famoso discurso fundacional en el Teatro de la Comedia, el 29 de octubre de 1933, era lapidario contra Rousseau y su Contrato Social, pues acusaba su relativismo, que suponía que “la justicia y la verdad no eran categorías permanentes de razón, sino que eran, en cada instante, decisiones de voluntad”, lo que se oponía a “otras épocas más profundas” en que los Estados “eran ejecutores de misiones históricas”.

En julio de 1936 estalló la guerra civil y la división se ensañó con España. Poco antes Primo de Rivera había ingresado a la cárcel, siendo trasladado a Alicante. En el intertanto habría hecho un llamado a los militares para que se sublevaran y asumieran la dirección del país. Así ocurrió, y tiempo después fue acusado de conspiración y de haberse rebelado, lo que el líder falangista negó. Sin embargo, el tribunal falló en su contra. Así lo expresaba el propio afectado en su testamento: “Condenado ayer a muerte, pido a Dios que si todavía no me exime de llegar a ese trance, me conserve hasta el fin la decorosa conformidad con que lo preveo y, al juzgar mi alma, no le aplique la medida de mis merecimientos, sino la de su infinita misericordia”.

Un estudio de José María Zavala ha mostrado que la ejecución de la pena no fue una muerte más, bajo la aplicación burocrática de una tarea penosa. Fue mucho más que eso: “los disparos se efectuaron a capricho”, algunos “a apenas 3 metros de distancia” (ABC, Comunidad Valenciana Alicante, 11 de marzo de 2015). El ensañamiento tenía que ver con el significado simbólico de José Antonio y no con una simple circunstancia más de la guerra.

Se han dicho muchas cosas al respecto. Por ejemplo, que para el general Francisco Franco este asesinato terminó siendo oportuno, porque dejaba fuera a quien por su liderazgo podría haber sido una competencia política para el propio Franco. Por otro lado, se podría usar la figura de José Antonio de manera simbólica, como un ícono de los ideales de la sublevación y como mártir de la causa que encarnaba. De líder político se transformaba en mito histórico, ideal para la etapa que se iniciaría con la victoria nacional.

Es curioso comprobar cómo, en su momento -en el contexto de los años 30 y de la crisis del liberalismo-, la Falange y el propio José Antonio Primo de Rivera tuvieron una repercusión en otros lugares del mundo, como fue el caso de América Latina, y específicamente de Chile. No es clara la razón de este esfuerzo de imitación, o al menos por qué ejercía cierta fascinación su estilo, liderazgo e ideas. Sin duda, algo tiene que ver la época, llena de contradicciones, extraordinariamente dialéctica, por ejemplo entre el liberalismo y el comunismo. El falangismo se levantaba como una alternativa a las democracias liberales y las economías capitalistas y también a las revoluciones marxistas.

En el caso de España la situación agregaba otra complejidad. No se trataba -para el mundo iberoamericano- de una copia de los “fascismos” que regían en Italia o Alemania, ni de sus liderazgos. La comprensión que existía sobre el fenómeno falangista apreciaba que tenía un pensamiento propio, en gran medida basado en la trayectoria histórica española y en su tradición. José Antonio Primo de Rivera procuraba conjugar el catolicismo con una doctrina integradora y dispuesta a luchar palmo a palmo contra las otras ideas fuerza que campeaban en el ambiente de entreguerras, como quedó plasmado en el famoso discurso del Teatro de la Comedia.

Eso lo recogió parcialmente -en su nombre y simbolismo- la Falange Nacional de Eduardo Frei Montalva, como ha ilustrado el interesante estudio de José Díaz Nieva, Chile. De la Falange Nacional a la Democracia Cristiana (Madrid, Universidad Nacional de Educación a Distancia, 2000). Como recuerda Alejandro Silva Bascuñán en Una experiencia social cristiana (Formación de la Falange) (Santiago, Editorial del Pacífico, 1949), el ideario era el “catolicismo secular”, que tuvo una de sus fuentes en la “resurrección hispanista” frente a la Segunda República y sus tendencias anticristianas, “que el nuevo movimiento condenó con tal energía que se entusiasmó hasta con el nombre de la Falange”. Los falangistas chilenos aspiraban a llevar al orden político la Doctrina Social de la Iglesia, especialmente Rerum Novarum, del Papa León XIII (1891), y la Quadragesimo Anno, de Pío XI (1931), pero más tarde abandonarían el nombre y cualquier vinculación doctrinaria con la agrupación española.

El otro caso fue el de Jaime Guzmán, en la primera etapa de su vida. El futuro líder del gremialismo se sintió fascinado por Franco y José Antonio, de quien admiró el estilo, tomando parte de su doctrina y, especialmente, algunos aspectos de su discurso político, que memorizó y utilizó en diversas ocasiones, según explica el excelente trabajo de José Manuel Castro, Jaime Guzmán. Ideas y policía 1946-1973. Corporativismo, gremialismo, anticomunismo, Volumen 1 (Santiago, Centro de Estudios Bicentenario, 2016). Con el paso del tiempo el fundador de la UDI se distanció de este pensamiento de juventud -no así del estilo-, según expresó en un artículo de prensa de 1983, que tituló “50 años de un hermoso discurso equivocado” (El Mercurio, 29 de octubre de 1983).

De aquellos años queda poco y nada, tanto para España como para los seguidores de Primo de Rivera en América Latina. La doctrina de la Falange hoy no es reclamada por herederos relevantes políticamente, y muchos de sus seguidores de aquellos años evolucionaron en el camino, dejando lo que podrían considerarse sus amores y pecados de juventud, para adherir a las posturas que se impondrían con el paso de los años, especialmente las democracias políticas y las economías de mercado. De José Antonio quedan apenas recuerdos, alguna evocación lejana, la crítica a sus errores políticos (incluso una condena) y la admiración por discursos hermosos y cargados de poesía.

 

Alejandro San Francisco, historiador, columna publicada en El Imparcial, de España