En medio de la muchedumbre de encapuchados hay estudiantes cuya motivación es la simple cizaña, la cobardía y la destrucción. Su moral es la de la pandilla. No hay ninguna causa ni motivo noble, sino la simple expresión de su infantil y caprichosa insolencia, carente de todo escrúpulo.
Publicado el 14.06.2016
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La patota siempre ha sido nefasta. No solo es el montón devenido en fuerza, sino la lógica de los cobardes que se escudan en el grupo. Ahí en la muchedumbre predomina el cizañero, el que estimula el cahuín, el rumor, la discordia y también la violencia. Es lo que permea las escuelas, universidades y también los trabajos.

En Chile, predomina la cultura del montón, de la patota, del hablar mal de otro a sus espaldas, del escupo cobarde, del peñascazo al voleo. La verdadera crisis pedagógica y educacional en Chile es la predominancia de la cultura de la patota y, con ello, de la moral de la pandilla.

Mientras esa moral, de la barra brava, permea cada espacio y lugar, Chile se torna una sociedad cínica. La complacencia de políticos y líderes de opinión y ciudadanos en general, frente a la barbarie criminal ―escudada bajo eufemismos políticos y supuestas causas justas― abre lentamente la puerta al más brutal desprecio. Porque hoy es una simple figura de estuco, pero el día de mañana, la muchedumbre no va a distinguir entre la carne y el yeso. Ya no lo hizo en Valparaíso.

Albert Camus decía que «toda forma de desprecio, si interviene en política, prepara o instaura el fascismo». Hoy, los principales promotores del fascismo son los propios estudiantes, sobre todo aquellos que tras una capucha, hacen explícita la cultura de la patota, ejecutando su desprecio a todo, en cada marcha.

Digamos las cosas como son. En medio de la muchedumbre de encapuchados hay estudiantes cuya motivación es la simple cizaña, la cobardía y la destrucción. Su moral es la de la pandilla. No hay ninguna causa ni motivo noble, sino la simple expresión de su infantil y caprichosa insolencia, carente de todo escrúpulo. Así se aprecia en la turba frenética que destruye la figura de un Cristo en plena calle Alameda.

Pero lo peor, es que frente a estos actos, que en cada marcha adquieren mayor brutalidad, todos parecen ser indulgentes. Todos actuamos bajo la lógica de la patota. Policías, manifestantes y los convenientemente aleatorios “observadores de derechos humanos”, se hacen los suecos frente al vandalismo. Aplican a destajo la indiferencia y el egoísmo más puro con respecto a quienes sufren la violencia del encapuchado, el dueño del quiosco y el comerciante. Ninguno hace mucho por evitar en serio el espiral de violencia en las calles. Ni hablar del gobierno.

Lo peor. Todos actuamos como patota. Y metemos cizaña al cuento buscando justificaciones. Lo hace un cura, un periodista, un político, cualquiera. Y tienen el descaro de hablar, cada tanto, de los bienes públicos, la tolerancia y el respeto.

 

Jorge Gómez, director de investigación Fundación para el Progreso.

 

 

 

FOTO:AGENCIAUNO