Las personas en regiones deben resignarse a depender de la caridad y capricho del gobierno central cuando algo las afecta, para luego seguir esperando buenas cosechas o buenas pescas.
Publicado el 14.05.2016
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Lo que vive hoy la gente del sur, esas personas amables y hospitalarias, tiene como trasfondo la poca diversificación productiva del país y el excesivo centralismo político-administrativo. Esto ha exacerbado los efectos de una crisis medioambiental sobre la cual todavía no se sabe a ciencia cierta qué la causó.

El problema de fondo frente a lo que ocurre en Chiloé y también en islas como Huar o Maillén, es que no hay independencia en términos económicos más allá de ciertas áreas productivas, que cuando colapsan, se debilitan o son monopolizadas, dejan la “tendalada”. El sur sufre de un viejo embrujo que no es producto de su rica cultura ni de su geografía, sino del antiguo mito que dice que existe una gran criatura cuyos tentáculos cubren cada aspecto de nuestras vidas para darnos su protección cuando hay problemas.

Lo primero que deberían exigir los chilotes, y no solo ellos, más allá de los paliativos frente a la crisis inmediata, es mayor autonomía político-administrativa. Es más, deberían exigir mayor independencia tributaria. Solo así, los ciudadanos de regiones podrán, en el futuro, tomar decisiones que les competen directamente a ellos, en función de sus necesidades y condiciones como región. Sólo así, podrán prosperar, desarrollar y atraer nuevas fuentes productivas y no depender cada tanto, cuando una crisis golpea, del beneplácito de un burócrata en Santiago.

Pero eso implica que los ciudadanos de regiones asuman que la descentralización ―en serio― no depende de la voluntad del gobierno central, sino del impulso descentralizador desde los ciudadanos de las propias regiones. Eso implica asumir los costos de romper la dependencia económica con respecto al gobierno central en muchos aspectos.

El problema es que los propios ciudadanos de regiones, cada tanto, fortalezcan el círculo vicioso centralista reforzando el arbitrio del gobierno frente a ciertos problemas que los aquejan. ¿Dónde están las autoridades locales? ¿Qué capacidad tienen para enfrentar o resolver esta clase de dificultades o de anticiparse a ellas? Es obvio, muy poca. Deben esperar que alguien en un escritorio en Santiago tome decisiones.

Por eso, no resulta tan paradójico que el mismo gobierno que promueve cabildos locales, para promover una nueva constitución desde abajo, refuerce la dependencia de las regiones con respecto al gobierno central, dilatando decisiones. Aunque ni tanto, pues el afán constituyente responde más a una clara pretensión de acrecentamiento del poder estatal para generar dependencia, que de su atomización a nivel regional para promover autonomías.

Mientras las propias regiones no se liberen del mito centralista, constantemente estaremos frente a exigencias muy parecidas a los de hoy en Chiloé o lo que fue Magallanes años atrás. No faltarán los que dirán que de existir localidades con mayor autonomía, solo habría más pobreza en dichos territorios. Pero eso solo refuerza la idea de que las personas en regiones deben resignarse a depender de la caridad y capricho del gobierno central cuando algo las afecta, para luego seguir esperando buenas cosechas o buenas pescas.

 

Jorge Gómez, Director de Investigación Fundación para el Progreso.

 

 

FOTO: FELIPE GUARDA/AGENCIAUNO