¿Por qué deberíamos aceptar que, cuando se trata de defender los fundamentos de una sociedad libre, “las ideas ya están”?
Publicado el 25.11.2014
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Hace poco escuché a alguien referirse a las implicancias de ser un “think tank” —es decir, un centro del pensamiento— para recordar que esas instituciones desempeñan una doble función: pensar las ideas (think) y defenderlas en la palestra pública (tank). Y esa persona lamentaba que, especialmente en el mundo liberal, no son pocos los que dan la impresión de estar enfocados sólo en lo segundo, relegando casi al olvido lo primero.

Una explicación posible reside en un curioso concepto que se repite a menudo a propósito de este tema: la noción de que “las ideas ya están”, por lo que sólo restaría “envasarlas y venderlas” lo mejor posible.

Más allá de hasta qué punto puede estirarse una analogía entre las ideas y cualquier cosa que pueda encontrarse en un anaquel, me pregunto en qué otro ámbito de la experiencia humana estaríamos dispuestos a aceptar tan discutible principio. Ciertamente en ninguna industria, porque eso sería cerrarle las puertas a la innovación, motor del progreso; tampoco en los negocios, donde abrirse a nuevas formas de hacer las cosas es requisito esencial; menos aún en las artes y la cultura, que constantemente encuentran nuevas expresiones creativas, aun cuando se nutran de fuentes universales; por ningún motivo en la ciencia, que utiliza el saber acumulado a lo largo de la historia para impulsar nuevos descubrimientos; y desde luego tampoco sería válido decirlo a propósito de nada que tenga que ver con el gobierno de las personas y la administración de sus asuntos, pues el cambio de lo viejo a lo nuevo está en la raíz del desarrollo social y político.

¿Quién contrataría a un gerente que propusiera ceñirse a lo que ya conoce sin explorar nuevas opciones? ¿Quién confiaría en un científico que no indagara en lo desconocido porque se contenta con lo que sabe? ¿Quién apostaría por un artista convencido de que en pintura, danza, música o literatura ya está todo dicho? ¿Y por qué habría que creerle a un político que asegurara que en cuestiones de gobierno no hay nada nuevo bajo el sol?

Entonces, ¿por qué deberíamos aceptar que, cuando se trata de defender los fundamentos de una sociedad libre, “las ideas ya están”?

Ciertamente, los autores que son referentes intelectuales del liberalismo nunca lo creyeron y por eso volcaron sus energías a enriquecer la tradición en la que se inspiraban para proponer nuevas lecturas y respuestas para los problemas de su tiempo, sin darse por satisfechos simplemente con copiar y repetir las reflexiones de los pensadores que los antecedieron. Friedrich Hayek, por ejemplo, bien podría haberse contentado con elaborar su obra basándose únicamente en la rica herencia liberal de los cuatro siglos anteriores, pero en lugar de eso escogió sumergirse en ese legado para expandirlo y darle nueva vigencia a la luz de los desafíos de su época.

Porque si bien hay valores liberales que pueden considerarse “eternos” —como el respeto por la dignidad humana, la igualdad ante la ley, la libertad individual o el Estado de derecho, entre otros—, la manera en que toman cuerpo en la realidad es determinada en gran medida por la contingencia histórica, pues las sociedades viven en permanente cambio y enfrentadas continuamente a nuevos retos que no tienen precedentes, o que los tienen muy lejanos.

Así, un autor como Hayek hizo suya una tradición intelectual centenaria para dar luces sobre un mundo marcado por las secuelas de la II Guerra Mundial, la pesada sombra del Holocausto, la bipolaridad de la Guerra Fría, la amenaza de un cataclismo nuclear, la vitalidad expansiva del modelo comunista/socialista a escala mundial, la creación de un sistema de instituciones globales, el ocaso del colonialismo europeo, el auge político del Tercer Mundo, el despertar de una nueva era de globalización y muchos más.

Por tanto, si bien contiene elementos de fondo que trascienden el contexto histórico, la defensa del liberalismo que hizo el pensador austriaco tenía un profundo arraigo en su realidad. Sin duda hay en su reflexión muchos aspectos que siguen siendo válidos hoy en día, pero creer que proporcionó (o pretendía proporcionar) una explicación para todo lo que viniera después de él es tan absurdo como creer que Maquiavelo dijo la última palabra sobre la teoría del poder en el siglo XIV, o que lo mismo hicieron los griegos en filosofía hace más de dos mil años. Los contemporáneos de Hayek no pudieron prever fenómenos como el derrumbe de la URSS, el auge de China, los derechos de género y de minorías, la influencia política de las redes sociales, el extremismo islámico, el comercio electrónico a escala planetaria, el espionaje electrónico a igual escala, el impacto cultural y económico de internet, o la moralidad de la investigación genética, todos los cuales tienen actualmente profundas implicancias para las sociedades libres. Ahora mismo están ocurriendo en Hong Kong manifestaciones pro-democracia que demandan una reflexión que sea hija de estos tiempos, no la prédica de una sabiduría conocida.

Lo cierto es que aunque toda generación se apoya en lo que reflexionaron y construyeron sus antecesoras, cada una debe “pensar el mundo” en sus propios términos y hacer su propio aporte al acervo cultural compartido de la humanidad en función de las realidades específicas que le toca vivir y de los problemas particulares que le toca enfrentar.

Una defensa del liberalismo cuya premisa sea que todo consiste en envasar ideas que ya existen —y que no necesitan ser repensadas ni actualizadas— ha perdido de antemano la batalla. Y desde luego debe abandonar cualquier pretensión de pasar algún día de la defensa al ataque.

 

Marcel Oppliger, Periodista.

 

 

FOTO: FLICKR/HELEN COOK