Este 2017 no sólo debe ser un año electoral, sino mucho más. Debe ser un año en que el sentido común de los chilenos interpele a los defensores de la libertad a salir a luchar por sus ideas y a revertir este ambiente negativo que se ha generado en los últimos años.
Publicado el 10.05.2017
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En los últimos años hemos observado un retroceso en la defensa de las ideas de la libertad. ¿Qué duda cabe? Bajo el silencio de los partidarios de la libertad –y la complicidad pasiva, en algunos casos–, los igualitaristas y estatistas han avanzado en la limitación de la libertad individual y en la generación de un mayor grado de poder estatal para incidir en el destino de la vida de las personas.

Los enemigos de la libertad han estado más activos que nunca utilizando distintas estrategias, destacando –en mi visión-, cuatro ejes centrales.

En primer término, la satanización del mérito y del reconocimiento de la ganancia legítima. Bajo el eslogan “No al lucro”, los enemigos de la libertad lograron que muchos se sintieran acomplejados de los logros alcanzados por su propio esfuerzo y mérito, y que los medios de comunicación publicaran las utilidades de las empresas como situaciones reprochables que requerían explicación.

En segundo lugar, la limitación de la libertad de elegir de las familias, a través de la homogeneización de las instituciones educativas. Primero con la reforma escolar, que ahogó a los padres de clase media que querían ayudar en el financiamiento y calidad de la educación de sus hijos; y luego por la vía de financiar sólo a instituciones de educación superior que hagan aquello que les gusta a las autoridades de turno, lo que ha limitado significativamente la libertad de las familias para elegir una educación que calce con sus proyectos de vida, así como la iniciativa de emprender proyectos educacionales diversos que aporten desde su realidad e identidad al desarrollo de la educación chilena.

Tercero, el uso del poder estatal para perseguir fines políticos distintos al bien común o al interés general del país, y especialmente para perseguir a los opositores políticos. Tal vez esto se ha hecho más evidente en las últimas semanas, que hicieron patente que el Gobierno ha usado al Servicio de Impuestos Internos para perseguir a los opositores y cuidar a los partidarios, y que el Ministerio Público —a través de algunos fiscales— ha asumido una agenda política-ideológica no para aplicar la ley o investigar delitos, sino para instalar en Chile sus ideas a través del abuso del poder.

Por último, la mediocridad en el trabajo y la pérdida del sentido de excelencia, expresadas en la forma en que se enfrentan los cambios y en el contenido de las reformas y las políticas públicas del actual Gobierno. Después de décadas de diferencias políticas entre las coaliciones, pero siempre con acuerdo en el sentido de excelencia de hacer las cosas, hemos pasado a años en los que sin vergüenza alguna se inventan reformas desconectadas de la realidad y que luego se implementan con muy bajos estándares de gestión y excelencia, tanto conceptual como operacional.

La verdad sea dicha, todo esto ha sucedido sin mucha oposición en el plano de las ideas. Pero los países viven momentos y oportunidades. Y hoy claramente es momento de salir a dar un nuevo impulso a la defensa de la libertad y sus manifestaciones. La principal razón no está en el mérito de los defensores de la libertad, sino en el sentido común de las personas afectadas por las malas decisiones de las autoridades.

Los chilenos ya se cansaron del castigo al mérito y al esfuerzo personal. Se cansaron de ver a un Estado que pretende elegir por ellos la educación y el futuro de sus hijos. Se cansaron de ver a los funcionarios del Gobierno y de otros aparatos públicos usando el poder para perseguir y dañar a quienes están en la oposición o piensan distinto. Se cansaron de ver que a las personas se les exige hacer las cosas bien en su vida cotidiana, pero que el Estado las hace mal y a pesar de eso nada sucede. El sentido común se levanta contra la mediocridad y los ataques a la libertad.

Por eso 2017 no sólo debe ser un año electoral, sino mucho más. Debe ser un año en que el sentido común de los chilenos interpele a los defensores de la libertad a salir a luchar por sus ideas y a revertir este ambiente negativo que se ha generado en los últimos años.

Ganar la elección presidencial es fundamental, pero no es suficiente. Un Chile con un nuevo Gobierno, pero con un ambiente hostil al mérito, la responsabilidad y la libertad, es un país que no avanzará de forma relevante. Por ello, este debe ser un año para construir bases sólidas para el Chile del futuro. Y ello debe continuar después de la elección. Los chilenos necesitan más libertad y eso requiere de una agenda, de una convicción, de una movilización en torno a la defensa y promoción de la libertad, así como de una actitud decidida para enfrentar a quienes la atacan, especialmente usando el poder del Estado.

Venimos de años de impulso muy fuerte por parte de los enemigos de la libertad. Llegó la hora de que aparezcan sus defensores. Es buen momento para la batalla de las ideas.

 

Ernesto Silva, diputado UDI

 

 

FOTO: VICTOR PEREZ/AGENCIAUNO