El PS y el PC, los dos partidos con mayor patrimonio en Chile -uno como operador bursátil y el otro como empresario inmobiliario-, forman al mismo tiempo parte de una Nueva Mayoría y de un Gobierno cuyo propósito más imperioso era, justamente, “redistribuir” las rentas obtenidas del trabajo y el talento individual, porque a su juicio son las causantes de una insoportable desigualdad.
Publicado el 19.05.2017
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Quedamos con cara de póker la semana pasada cuando nos enteramos de que el Partido Socialista era un activo inversionista en la Bolsa de Valores de Santiago; que además era accionista de empresas que prestan los servicios más sensibles para los chilenos (sanitarias, eléctricas, todas sujetas a leyes que el PS ha votado en el Congreso); y que junto con eso había transformado, en poco más de una década, un patrimonio de cinco mil millones de pesos en uno de más de 20 mil millones.

Días después, la izquierda volvió a sorprendernos. Después del PS, el Comunista era el segundo partido más rico de Chile y recientemente había vendido un centenar de propiedades en la no despreciable suma de 3.500 millones de pesos. Eso no es todo: realizó la venta a través de una novedosa fórmula que le permite evadir la obligación de realizar un fideicomiso ciego, eligiendo como comprador a uno de sus militantes, sin pasado como inversionista y que creó una sociedad para estos efectos, con un pago en cuotas a diez años plazo (para algunos malpensados todo este entramado huele a “palo blanco” y otras hierbas).

¿Es incorrecto comprar y vender acciones? ¿Es ilegal, acaso, comprar y vender propiedades? ¿Incurre en alguna atrocidad quien aspira a ensanchar su patrimonio, buscando las mejores oportunidades de inversión? ¿Están al margen de la ley los partidos que procuran sus propios recursos para desplegar su acción política? Evidentemente que no.

El problema no es la administración del patrimonio ni el  extraordinario resultado del PS en la Bolsa. El reproche es eminentemente moral. Se trata de dos partidos que han fundado su acción política en un discurso histórico que durante más de 100 años ha criminalizado el capitalismo y, en consecuencia, durante décadas y en todo el mundo, han aspirado a bloquear la iniciativa privada y la acción natural del mercado (en algunos lugares con lamentable éxito). Que, además, acusan de chupasangres a los empresarios y de codiciosos a quienes aspiran a mejorar su posición económica (la inmensa mayoría de los seres humanos). Que se refieren a quienes venden y compran propiedades –con recursos propios, por cierto– como especuladores inmobiliarios (casi sinónimo de delincuente). Y que cuando se refieren al “uno por ciento más rico”, lo hacen con franca repugnancia.

Hay un reproche todavía más concreto: el PS y el PC, los dos partidos con mayor patrimonio en Chile -uno como operador bursátil y el otro como empresario inmobiliario-, forman al mismo tiempo parte de una Nueva Mayoría y de un Gobierno cuyo propósito más imperioso era, justamente, “redistribuir” las rentas obtenidas del trabajo y el talento individual, porque a su juicio son las causantes de una insoportable desigualdad.

Las tres reformas más relevantes de la NM tenían ese propósito: la tributaria, obtener un pedazo más grande de la ganancias de empresas y personas; la educacional, bloquear a los colegios que “lucran” y a las universidades privadas, que se han llevado parte importante de las matrículas no por chupasangres ni avaros, sino porque lo han hecho mejor; y la laboral, que plantea una lucha entre trabajadores y empresarios, y entrega un poder sin contrapeso a una cúpula sindical.

La izquierda, que se ha erigido por décadas como el único sector social y político moralmente habilitado para gobernar y representar a la ciudadanía, fue descubierta ejecutando las acciones contra las cuales ha levantado un discurso hipócrita que distingue entre “buenos” y “malos”, y con el que alimenta la frustración de quienes ven en la legítima actividad y talento de otros el origen de sus dolores.

 

Isabel Plá, Fundación Avanza Chile

@isabelpla

 

 

FOTO: PABLO VERA LISPERGUER/AGENCIAUNO

 

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