Desde hace más de un lustro la izquierda chilena entró en una fase desintegrativa, de ambigüedades ideológicas e inseguridad respecto de sus propios proyectos e identidades. La NM se imaginó a sí misma como el inicio de una fase de recomposición en torno a un nuevo modelo de desarrollo y un nuevo paradigma de políticas públicas. Introduciría una ruptura con la socialdemocracia reformista del tiempo de la Concertación y una perspectiva refundacional de cambios estructurales.
Publicado el 07.12.2016
Comparte:

Contexto

Alrededor del mundo, la centroizquierda está confundida; su pasado “bolchevique” aparece arrinconado por la historia y su tradición “menchevique” electoralmente debilitada.

Por el lado de la izquierda revolucionaria, el vínculo del bolchevismo con el siglo 20 —que comenzó con sueños revolucionarios y terminó en pesadillas dictatoriales (con gulags y paredones), o bien en capitalismos autoritarios de Estado— se deshilachó, sin dejar huellas. La muerte de Fidel Castro es un símbolo de ambas formas de desenlace: un liberador que como herencia deja una sociedad sometida al control militar-burocrático del Estado, la que ahora se dirige hacia un capitalismo basado en las industrias del turismo, las remesas y los paladares.

Por el otro lado, en la izquierda reformista, el legado de los Estados sociales de bienestar se halla cuestionado, sacudido por las crisis financieras y por una sorda reacción de masas contra la democracia representativa, la inmigración desde el sur y la diversidad cultural. Incapaz de asegurar una gobernanza de la globalización, el menchevismo es presionado simultáneamente por una derecha de redención nacional y por una izquierda antisistema que prefiere el triunfo de esa derecha —para agudizar las contradicciones, dijo el intelectual más influyente de las izquierdas alternativas, Slavoj Zizek— antes que el de una socialdemocracia dispuesta a convivir “con” y “en” el sistema.

En estas condiciones de contexto político-cultural a nivel internacional, ¿cuáles son los gérmenes de recomposición del espacio de las izquierdas en Chile? ¿Cómo puede anticiparse el futuro próximo, en la encrucijada del año 2017, centenario de la revolución bolchevique? ¿Qué muestra un análisis de tendencias y posibilidades?

 

Hiperrealismo: Cómo permanecer en el poder

Independiente de su viabilidad electoral, una alternativa posible e imaginable de proyección de la izquierda es a través de una continuidad más o menos lineal del actual escenario. Es decir, una segunda administración “tipo Bachelet”, apoyada por una Nueva Mayoría (NM) que mantiene una cohesión de baja intensidad y reproduce sus contradicciones internas y déficits relativos de gobernabilidad, o sea, de conducción y gestión.

Dada la debilidad de la oposición de derechas que compite por suceder al gobierno Bachelet, y la falta de alicientes en favor de una renovación de la NM, este cuadro tiene un grado razonable de probabilidad. Sería más de lo mismo, marcar el paso y evitar un desalojo del poder. Algo así como postergar para más adelante las definiciones de fondo. Un gobierno conservador ungido por una votación poco entusiasta en función de un programa de consolidación. Sería una renovación del contrato gobernante en torno a un programa de afianzamiento de los cambios iniciados bajo la administración actual. Más realismo sin renuncia, si se quiere.

 

NM: Una opción de izquierda recargada 

El siguiente escenario posible, y buscado desde ya por algunos dentro de la NM, es marchar resueltamente —con acelerador hundido— hacia una profundización de la agenda de cambios impulsada por la administración Bachelet. La reivindicaría a ella, aunque a contramano de una economía poco dinámica. El patrón ideológico consistiría en insistir en “cambios estructurales” como única forma de hacer frente a los malestares de la calle y así poder superar la desigualdad. El eje programático más obvio en este escenario sería la reforma de la Constitución, de preferencia mediante una Asamblea Constituyente. Adicionalmente, completar la reforma educacional con fuerte énfasis en educación pública bajo liderazgo estatal y una progresiva reducción del espacio disponible para la educación privada; reforma de las AFP e Isapres y, si Alejandro Guillier fuese el candidato, todo el poder a las regiones.

La base política para esta alternativa sería provista por una NM “recargada” por la izquierda, lo cual supone estrechar la alianza socialista-comunista-PPD-PR, con los consiguientes reajustes de poder interno dentro de cada uno de esos partidos. Y la búsqueda de alianzas con personas y grupos representativos de las nuevas izquierdas o izquierdas alternativas, abriéndoles cargos y/o espacios de influencia como hizo la administración Bachelet con Revolución democrática (RD).

Ideológicamente, traería consigo un desplazamiento hacia un más marcado capitalismo de Estado, mirando quizá hacia la experiencia del Presidente Correa en Ecuador. ¿Candidato posible para encabezar este proyecto? Guillier en primer lugar, ya lo decíamos, en la media que se ponga discursivamente a la cabeza de este proyecto de profundización y abra las puertas de la NM hacia una relación repotenciada con la izquierda extra coalición. Sin duda, representaría una culminación estratégica de la participación del PC dentro de la NM (su hora de triunfo); satisfaría a caudillos y directivos intermedios dentro del PPD y el PS, y crearía una fuerte tensión con la DC o con un sector significativo de ésta.

 

NM: La rearticulación de un proyecto reformista en serio

En dirección contraria —pues así de líquido está el escenario— podría producirse una suerte de rectificación de centroizquierda de la NM, con énfasis en una renovación ideológico-programática, que buscaría mover el centro de gravedad más hacia el centro del electorado, bajo lemas como “rectificar para completar” o “corregir para avanzar”, o como “cambios con seriedad” y “acuerdos para el cambio”, etc.

Aquí el patrón ideológico estaría dado por una vigorosa propuesta socialdemócrata de modernización del Estado y regulación de los mercados, con énfasis en la colaboración público-privada y la reforma de la gestión de los servicios públicos. No habría una restauración de las políticas públicas concertacionistas, ¡sería anacrónico intentarlo!, sino un replanteamiento al interior de las corrientes reformistas. Las políticas modernizadoras dinamizarían sectores como crecimiento económico y empleo, servicio civil y organización del Estado, infraestructura e innovación, educación y salud, seguridad y sustentabilidad.

La base política de este proyecto sería el consabido eje democristiano-socialista, bajo la inspiración de aquellos grupos que —al interior de estos partidos y tras el balance del gobierno Bachelet— estén dispuestos a propulsar una renovación del ideario e instrumental socialdemócrata en las condiciones de una sociedad cuya base económica y social se ha transformado, diferenciado y vuelto más compleja. Alertaría sobre el riesgo real y presente de perder el camino hacia el desarrollo, de los costos de una (mala) opción en favor de un capitalismo de Estado ahogado por redes clientelares, y de la necesidad de corregir el rumbo actual.

¿Hay liderazgos potentes para este escenario? Perfectamente podrían proporcionarlo Lagos o Insulza, si se decidieran a encabezar el cambio de rumbo del país con una proyección modernizadora y una fuerte apelación al electorado de centro y a los votantes situados a la izquierda y derecha de ese centro. Parece difícil, sin embargo, pues hasta el momento ninguno ha dado señales de querer encabezar una renovación de esta magnitud. Más bien, parecen querer ocupar el incierto espacio donde se entrecruzan los anteriores tres escenarios; un juego, por tanto, que agrega poco y se halla en permanente tensión entre continuismo puro y simple, y un continuismo con modestos retoques según dicten las necesidades pragmáticas del poder.

 

Frente Amplio de izquierda: ¿Socialismo de nuevo? 

Es un escenario nacido desde fuera de la NM, pero con gravitación sobre ésta. Supone —más temprano que tarde— un quiebre o desgajamientos de la actual coalición de gobierno y la articulación de un nuevo polo de izquierda que proclame la superación del capitalismo y plantee una perspectiva del tipo “socialismo para el siglo 21”, del cual hay diversos diseños posibles en circulación: socialismo bolivariano, comunitarismos anti-industriales, ecologismos anti-globalización, socialismos de cátedra, propuestas populistas de izquierda, etc.

El patrón ideológico ordenador sería probablemente una suerte de socialismo postmarxista, vagamente definido, con énfasis en una retórica antielitista, nacionalista, medioambientalista, de igualdad en todos los aspectos, multiculturalista, de movilizaciones sociales y de democracia directa y plebiscitaria.

La base política de este escenario estaría dada por una alianza entre los diversos grupos que hoy se proclaman a la izquierda de la NM o, dentro de ella, en su frontera siniestra. La medida en que una propuesta cómo ésta fuese capaz de incorporar al PC sería decisiva. Sin el PC, carecería por el momento de densidad directivo-estratégica y de peso histórico, y tendería a desarrollarse como una federación de grupúsculos y de “movilizaciones” (la calle, que algunos analistas suelen confundir con “movimientos sociales”). Seguiría la típica deriva grupuscular de las ultraizquierdas abandonadas a sus propias pulsiones revolucionarias, con constantes divisiones y subdivisiones y reincidentes enfermedades infantiles del izquierdismo. Al contrario, con el PC podría ganar la consistencia de los frentes populares.

En cualquier caso, resultaría difícil para el PC integrarse a esta corriente posmoderna, propensa al ultrismo, sin raíces históricas en la secular narrativa soviética, falta de disciplina “leninista”, con liderazgos más propios de una sociedad del espectáculo político y del dominio de los media y las redes sociales, que de una de clases sociales y luchas populares.

De modo que el escenario del Frente Amplio apenas muestra brotes verdes y no parece estar en condiciones de competir por la hegemonía de la izquierda y centroizquierda en lo inmediato. Se mantendrá pues, por el momento, como un repositorio de las utopías de izquierda, desarrollando la “larga marcha” que ritualmente precede a toda toma revolucionaria del poder, a la espera de momentos históricos más propicios.

 

Cuatro escenarios en busca de actores

Estos son, me parece a mí, los cuatro escenarios bajo los cuales puede pensarse el futuro de la centroizquierda o izquierda en Chile, a la luz del contexto de nuestra época, que experimenta un fuerte cambio de marea, y de nuestro país, que se halla al final de una etapa marcada por la inepta gestión política de la NM, la pérdida de sus (infundadas) ilusiones programáticas y una confusión de contradictorios elementos ideológicos.

Según muestra el análisis prospectivo, la izquierda puede aferrarse a la sobrevivencia e intentar prolongar artificialmente la vida de la NM,  bajo el poderoso incentivo que representa permanecer con las palancas del Estado en sus manos; o bien puede revitalizarse, ya sea mediante un giro a la izquierda, buscando expandir el efecto “retroexcavadora refundacional”, o mediante una rectificación y cambio para reponer un proyecto socialdemócrata reformista. Por último, las dinámicas del actual cuadro de fuerzas podrían llevar a un replanteamiento de mediano plazo, con la constitución de un Frente Amplio y un proyecto de socialismo tipo siglo 21 que conduzca (finalmente) a la superación del capitalismo.

Estos escenarios interactúan con las corrientes subterráneas y aparentes que están configurando las próximas contiendas electorales, de Presidente y parlamentarios (quizá también de intendentes regionales). A diferencia de la última campaña, donde Bachelet comenzó desde Nuevo York una no-campaña que tenía ganada antes de lanzarse a la carrera, esta vez la izquierda —dentro o fuera de la NM— carece de una perspectiva cierta de triunfo. Pero tampoco existe certeza alguna de que será derrotada. De hecho, incluso en diferentes encarnaciones post-bacheletistas, la izquierda y sus aliados de la NM podrían ganar; ya bien arrastrando sus actuales contradicciones hacia una siguiente etapa o mediante giros o rectificaciones más o menos marcados hacia posiciones más nítidamente “bolcheviques” o “mencheviques”, revolucionarias o reformistas, de socialdemocracia estatista o de tipo tercera vía.

Como sea, las próximas elecciones no representarán más que el comienzo de un nuevo ciclo, aún más complejo que el actual, de transformaciones de la izquierda chilena, de una magnitud parecida a las transformaciones renovadoras que experimentó después de 1973 y se consolidaron durante los años 1990 y al inicio del siglo 21.

 

Inercia a todo dar

Ahora, desde hace más de un lustro, la izquierda chilena entró en una fase desintegrativa, de ambigüedades ideológicas e inseguridad respecto de sus propios proyectos e identidades. La NM se imaginó a sí misma como el inicio de una fase de recomposición en torno a un nuevo modelo de desarrollo y un nuevo paradigma de políticas públicas. Sería un paso definitivo hacia un conglomerado de izquierdas, que introduciría una ruptura con la socialdemocracia reformista del tiempo de la Concertación y una perspectiva refundacional de cambios estructurales.

Si bien no se habló de superar el capitalismo, subyacente estaba la idea de que era posible desmercantilizar la sociedad y los servicios públicos e imprimir una lógica no-capitalista a la economía y el Estado capitalistas. Por absurdo que aparezca ahora, esa era la idea tras el programa de Bachelet y el nuevo, otro, diferente, modelo que habría de presidir el desarrollo y el cambio de las relaciones de producción e intercambio.

Hoy, ya al fin de esa ilusión, campean el desorden cognitivo y la confusión ideológica dentro de la izquierda, forzada a seguir alguno de los cuatro caminos disponibles como necesidad, posibilidad u opción.

La lógica de las dinámicas político-burocráticas alineadas con los apetitos humanos individuales y colectivos, presionan por el momento en dirección de un mínimo cambio. Es decir, sostener el barco a flote con los menores reacomodos posibles; cambio de piloto y oficiales al mando de la nave y ojalá nada más. Seguir, pues, en la huella de la administración Bachelet con un respiro intermedio en noviembre de 2017 que permita introducir un nuevo programa de consolidación y ampliación de los cambios en la misma dirección de los anteriores. Todo esto en la medida de lo posible. Máximo de continuidad; más de lo mismo; realismo sin renuncia; todo va bien, solo que los “cambios estructurales” han sido tantos y tan profundos que —cómo era previsible— se han levantado olas de resistencia, incluso dentro de la propia familia.

El subtexto de este nuevo conformismo dice: solo si se mantiene la trayectoria, aunque sea con una mínima rotación del plantel directivo, será posible seguir al mando del Estado y mantener el poder adquirido. Cualquier giro brusco o rectificación importante puede desestabilizar la carga y poner en jaque el premio otorgado al ganador. Hay que mantener la calma, olvidarse de las querellas o posponerlas y, sobre todo, preservar el  status quo. Para esto se necesita poner a la cabeza de la coalición dominada por la izquierda de la NM a la persona —él o ella— que mejor represente el actual entramado de intereses, poderes, alianzas, posiciones y distribuciones, sin arriesgar cambios que pudieran alterar el status quo.

Diría que esta es la línea de evolución más probable; esto es, inercia a todo dar.

 

José Joaquín Brunner, #ForoLíbero

 

 

FOTO: SEBASTIAN BELTRAN GAETE / AGENCIAUNO

Ingresa tu correo para recibir la columna de José Joaquín Brunner