En estos años nos hemos ido "acostumbrando" a la delincuencia desatada como compañera diurna y nocturna, a un gobierno adicto a cónclaves para abordar sus divisiones endémicas, a una administración que opera sin cinco subsecretarios, al estancamiento económico, al terrorismo en La Araucanía, y a la pérdida de la amistad cívica, por citar un par de ejemplos.
Publicado el 26.01.2016
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Lo peor no son los dos años, en gran medida perdidos para Chile, que hemos experimentado bajo la administración de la Nueva Mayoría, sino los dos que restan para que termine. De seguir así las cosas, esperamos que no, la cosecha final será peor que mediocre. Pero seamos justos: Hay una inmensa cuota de responsabilidad del oficialismo en la marcha de la economía, la pérdida de la amistad cívica y la carencia de liderazgo presidencial, pero también hay una cuota que corre por cuenta del país que ha dejado de creer en sí mismo por la crisis de confianza generalizada. Sin embargo, en esta también hay un déficit del gobierno: su incapacidad para formular una vía consensuada a nivel nacional y salir del atolladero.

La gente se acostumbra a muchas circunstancias, pero siempre llega un momento en que reacciona ante ellas y las rechaza. Los germano-orientales parecían haberse “acostumbrado” a vivir encerrados detrás del muro; los venezolanos parecían haberse “acostumbrado” a los maratónicos discursos en cadena obligatoria de Chávez y Maduro, y los cubanos barrerán pronto a una dictadura que impuso una misérrima libreta de racionamiento hace 55 años.

En otro sentido, y guardando las proporciones, los chilenos también rechazaron en un momento una dictadura y decenios más tarde criticaron un modelo que trajo mucha prosperidad pero que consideran injusto y perfectible. La Nueva Mayoría entendió esa crítica como un rechazo nihilista a la economía de mercado y una identificación con opciones estatistas. Sin embargo, en estos años nos hemos ido “acostumbrando” a la delincuencia desatada como compañera diurna y nocturna, a un gobierno adicto a cónclaves para abordar sus divisiones endémicas, a una administración que opera sin cinco subsecretarios, al estancamiento económico, al terrorismo en La Araucanía, y a la pérdida de la amistad cívica, por citar un par de ejemplos.

Da la impresión de que el gobierno cree que nada daña de forma grave el tejido de la república: ni el escándalo Caval que llegó a la familia presidencial, ni la insalvable y pública división oficialista, ni el envenenamiento de la convivencia política, ni la imposición a mata caballo de reformas improvisadas. No, nada de eso dañaría supuestamente a Chile. Por el contrario, hay que seguir “avanzando” y en las reformas no hay que dar un paso atrás “ni para coger impulso”, como decía el castrismo cuando expropiaba los barcos maniceros, rechazaba la inversión extranjera y calificaba a la industria turística de “decadencia burguesa”.

Han transcurrido dos años y no se advierte en el gobierno chileno, con excepción de algunas declaraciones del ministro Jorge Burgos, una disposición a reflexionar de motu proprio y forma madura y matizada en torno al perjuicio que están causando las condiciones arriba mencionadas en la sustancia de Chile. Tampoco se advierte la obligada reflexión sobre su quehacer que es propia de todo estadista. No encuentro párrafos en los discursos de la Presidenta en que -como lo hicieron Churchill, Obama, Merkel, Arias, Mujica o Aylwin- reflexione a corazón abierto ante el país sobre su gestión ejecutiva en tiempos difíciles. ¿Abrigará ella alguna duda sobre lo que ha hecho en estos dos años, estará dispuesta a hacer ciertas cosas de otra manera, podría anunciar de pronto un giro como resultado de un aprendizaje de estos años como gobernante?

La ausencia de reflexión autocrítica o de un “sinceramiento” público sobre su propia gestión puede explicarse porque la Presidenta lidera una coalición que mayoritariamente no valora lo logrado por el país en los últimos decenios, y que concibe a Chile más bien un proyecto fallido que debe ser sometido a una retroexcavadora y una refundación. El déficit puede deberse también a una convicción de tipo paternalista: estimar que la gente hoy no entiende los supuestos beneficios de su programa gubernamental, pero terminará por reconocerlos y aplaudirlos. Es una convicción marxista: los iluminados por esa ciencia saben qué es bueno para el pueblo aunque éste tarde mucho en darse cuenta de la sabiduría de la vanguardia.

¿Será posible que el gobierno de Bachelet repunte en los dos años que le quedan? Sus escasos adherentes sostienen que al ex Presidente Piñera tampoco le fue bien en sus dos primeros años, cuando los estudiantes iniciaron sus marchas por la educación gratuita. Pero la diferencia es sideral: Piñera jamás abandonó su rol de líder, la economía crecía al 5% anual y terminó por crear más de un millón de puestos de trabajo.

Por más que uno se esfuerce, no logra atisbar los brotes verdes en la economía, ni en la necesaria unidad oficialista ni en el rol de la Presidenta como líder. Como si fuera poco, el escándalo en torno a los negocios de su nuera e hijo sigue creciendo, y nuevos antecedentes ponen bajo una luz comprometedora el financiamiento de su campaña presidencial.

La Mandataria regresa a sus vacaciones en Caburgua sin que los problemas del verano pasado se hayan resuelto. Por el contrario, el de la familia se agravó. La Moneda, en un intento por emitir un mensaje positivo sobre la Mandataria en tiempos difíciles, anuncia que durante estas vacaciones estará comunicada por teléfono satelital y celular con la sede de gobierno. No es una nueva para destacar en un país serio, pero sugiere que en el entorno presidencial se aprende de los errores del pasado. Ojalá esto comprenda otros ámbitos del gobierno.

 

Roberto Ampuero, Foro Líbero.

 

 

PABLO ROJAS MADARIAGA/AGENCIAUNO

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