El terror de los europeos a ser tachados de racistas, islamófobos y discriminadores es casi tan grande como el miedo a algún atentado terrorista.
Publicado el 18.01.2016
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Las recientes agresiones sexuales ocurridas durante la noche de año nuevo en Colonia, Alemania, socavan duramente los esfuerzos de la canciller Angela Merkel por justificar ante su ciudadanía lo noble de acoger a los refugiados venidos de Medio Oriente, especialmente de Siria.

Dos estaciones de tren del mismo país marcan dos momentos contrapuestos en la gran crisis humanitaria del pasado año: a principios de septiembre los residentes de Múnich concurrieron a dar la bienvenida a los refugiados a la principal terminal ferroviaria bávara, llevándoles agua, comida, juguetes, ropa y hasta dinero. Pocos meses después, la solidaridad mutó en pavor en la estación de Colonia, epicentro de la oleada de ataques sexuales y robos a mujeres jóvenes que festejaban la llegada de 2016.

Se calcula que en esa ciudad, la cuarta germana en tamaño, hubo un millar de agresores en la estación. El modus operandi es el mismo: hombres de rasgos árabes o del norte de África, rodeando en masa a mujeres para luego meterles mano, intentar besarlas y, además, robarles. También hubo violaciones. Incluso, a una de las chicas le introdujeron petardos dentro de la chaqueta, para sustraerle sus ropas, provocándole quemaduras en la espalda. Como posible explicación ya se apunta a un sádico y primitivo juego que se practica en los países árabes y el Medio Oriente: Taharrush jama’i. Éste consiste básicamente en círculos de hombres que rodean a una o varias mujeres en lugares públicos, con el fin de tocar sus partes íntimas contra su voluntad y en completa impunidad, gracias a un círculo exterior que disimula la agresión ante el resto de la multitud. Le sucedió en 2011 a una reportera de la cadena norteamericana CBS, en Egipto, en la emblemática plaza de Tahrir de El Cairo durante la Primavera Árabe. La periodista relató posteriormente que fue retenida durante 25 minutos por un enjambre de energúmenos que la ultrajaron a discreción.

Hasta esta semana ya van casi 700 denuncias en Colonia, aunque no es la única urbe. Le sigue Hamburgo, con más de un centenar de acusaciones, y otras tantas denuncias en Frankfurt, Düsseldorf, Stuttgart y Berlín. Fuera de Alemania, también se registraron atropellos similares en Austria, Suiza, Suecia y Finlandia. Si la tesis de que lo sucedido se trataría del infame Taharrush jama’i, sería posible suponer que -como sostiene el gobierno alemán- hubo una concertación entre los participantes del “juego”, probablemente a través de las redes sociales, para llevarlo a cabo de manera simultánea en varias ciudades y países.

La presión del gobierno, de los líderes políticos y de la opinión pública alemana llevó a que, finalmente, más tarde que en forma oportuna, la policía reconociera la incómoda verdad: había entre los denunciados varios solicitantes de asilo, además de inmigrantes árabes regulares e irregulares. Dentro las nacionalidades, sirios, iraquíes, afganos, marroquíes, tunecinos, argelinos, palestinos. El vaticinio del inminente “Caballo de Troya” que para muchos críticos suponía la entrada masiva de refugiados musulmanes, una oportunidad de lujo para terroristas solapados, comenzaba a cumplirse. Una nueva acción violenta, como los horribles atentados de París, podía ser cosa de tiempo.

Alemania está estupefacta. El país europeo que más refugiados recibió en 2015 -con cerca de 1.100.000 solicitantes, un promedio de 4.000 diarios-, que enarboló la gran bandera humanitaria y criticó a los países que pusieron trabas a los inmigrantes, incluso hasta vallas, se vio traicionada por muchos de los que acogió prometiéndoles una vida alejada de la guerra, la violencia, el hambre y la pobreza. Las pruebas fueron apareciendo de a poco, por goteo, al igual que las denuncias. A uno de los agresores investigados se le encontró un papel con ofensas y obscenidades traducidas del árabe al alemán; otros, enfrentados a la policía, rompían sus permisos de residencia, desafiantes. Incluso uno gritó a los agentes: “¡Tienen que tratarme bien, soy invitado de la señora Merkel!”. Varios teléfonos móviles robados esa noche a las mujeres fueron encontrados en albergues para refugiados.

Policía religiosa… en Europa

El ministro de Justicia alemán, Heiko Maas, está absolutamente convencido de que los ataques -sean o no parte del macabro juego de “Taharrush jama’i “- fueron concertados; la canciller también rechazó que éstos hayan sido hechos aislados y acusó un desprecio de los perpetradores a las mujeres y la cultura occidental. Los socios de Merkel en el gobierno -irritados- exigieron ser implacables y limitar drásticamente la cuota anual de refugiados, y ya los ministros del Interior y de Justicia acordaron facilitar la expulsión de los extranjeros condenados por delitos sexuales, agresiones físicas, destrucción de la propiedad o enfrentarse a la policía. La decisión es dar una señal de dureza a los impactados alemanes ante los criminales venidos de fuera y que se amparen en circunstancias humanitarias para ingresar a territorio germano.

Las críticas por la lentitud de la policía de Colonia en reconocer que dentro de los agresores -casi todos musulmanes- habían refugiados, cobraron la cabeza del jefe policial de la ciudad. Muchos se preguntan por qué se tardó tanto en asumir lo que las mujeres agredidas y la prensa aseguraban: que los delincuentes eran árabes y varios de ellos solicitantes de asilo. La más probable respuesta es un secreto a voces en Europa: lo embarazoso, lo políticamente incorrecto de cuestionar a los musulmanes en el viejo continente.

El terror de los europeos a ser tachados de racistas, islamófobos y discriminadores es casi tan grande como el miedo a algún atentado terrorista. En el mundo político, en la prensa, en los foros de Internet y hasta en las conversaciones en las casas o bares, inmediatamente después de algún atentado islamista, junto con condenar el hecho viene en seguida alguna frase de dispensa tipo “no se puede culpar a toda una religión por unos pocos”, o se apela a la historia antigua recordando que “los cristianos también cometieron muchos crímenes (en la Edad Media)”. Y los líderes musulmanes europeos bien lo saben y aprovechan esto a su favor. Cualquier crítica de algún dirigente político o líder de opinión hacia el modo de vida musulmán es la oportunidad perfecta para la victimización de las comunidades musulmanas y las acusaciones de islamofobia y racismo.

No obstante, lentamente -y no sin cierto pudor- se comienza a generar más debate, aumentando los cuestionamientos a la reticencia de los musulmanes a adaptarse a la forma de vida occidental. Los ataques de Colonia han reforzado una de las mayores críticas al islam, y que tiene que ver con la posición en ocasiones humillante que ocupa la mujer en esa religión. Ya es sabido que hay clérigos perversos que autorizan a desposar a niñas de nueve años, justificándose en que la última esposa del profeta Mahoma tenía esa edad al perder su virginidad. Otros tantos religiosos misóginos hacen valer estrictas interpretaciones de la sharia (la ley musulmana) para que el testimonio en juicio de las mujeres valga la mitad que el de los hombres, o declarar a éstas directamente inferiores a los hombres. En países musulmanes rigoristas muchas mujeres que han denunciado ser violadas han terminado siendo condenadas a latigazos o incluso a muerte por “tentar” a los hombres. O lapidadas por adulterio, por no querer casarse con quienes se les obliga, o por hacerlo con un cristiano. Así, no es de extrañar que enfervorecidos y enfiestados musulmanes -amparados en la muchedumbre, la oscuridad y quizá en su estatus de “protegidos”-, en aquella mala noche de año nuevo, se hayan sentido con el derecho a manosear y agredir a las chicas de Colonia, sobre todo tratándose de “infieles” no creyentes.

Paulatinamente, hay muchos en Europa que comienzan a hastiarse con la indulgencia de los políticos, autoridades y de la llamada izquierda “progresista” hacia la comunidad musulmana. Y no estamos hablando de agrupaciones alemanas declaradamente islamófobas, como Pegida, Alternativa por Alemania o los “Hoolligans”; o del xenófobo Partido por la Libertad de Holanda, que han encontrado en los sucesos del 31 de diciembre el motivo perfecto para manifestarse y atacar físicamente a inmigrantes árabes. Hablamos de europeos moderados que empiezan a sentirse violentados de ejercitar la “tolerancia” hasta los límites de lo aceptable, por tener que ser ellos quienes adapten su forma de vida a las costumbres islámicas y no al revés. Algo impensable en las naciones que profesan el islam cuando se trata de residentes occidentales.

Algunos ejemplos: en Inglaterra se modificó hace poco el calendario de los exámenes en varios colegios y universidades para ajustarse al ramadán; en los colegios públicos de España se les da comida especial a los estudiantes musulmanes, para evitar el cerdo, estimado “impuro” por el islam; en colegios públicos de Dinamarca las comunidades musulmanas han presionado para separar a hombres y mujeres en las clases de educación física, o para que los alumnos musulmanes no vayan a clases los viernes, día de descanso en esa religión. En la misma nación escandinava, al igual que en Alemania y otros países, hay ciudades con guetos musulmanes impenetrables para las autoridades locales; en donde predican clérigos extremistas que llevan muchos años en Europa y no hablan la lengua local, y, peor, donde se obliga a obedecer la sharia y existe hasta una “policía religiosa” propia -y obviamente fuera de la legalidad- encargada de vigilar y castigar a quienes no acaten esta ley fundamentalista.

“No lo haría pero lo comprendo”

Otra de las críticas que comienzan a surgir es la tibieza con la que, se percibe, reaccionan las comunidades musulmanas en Europa y sus líderes tras la comisión de atentados terroristas. Y cierto es que pocas veces se ha escuchado con voz fuerte la condena firme y decidida de las máximas autoridades islámicas a los extremistas. Tampoco se ve un compromiso visible de éstas a combatir el integrismo desde dentro, desde las propias mezquitas asentadas en Europa, en donde se forman en la sombra muchos de los fanáticos que luego se integran al Estado Islámico.

Tras la masacre en la revista Charlie Hebdo se supo de varios exaltados en Francia que la celebraron, como también festejaron el asesinato de cuatro judíos en un supermercado kosher de París; incluso alumnos musulmanes defendieron estos crímenes en colegios franceses, y los justificaron como respuesta ante los agravios de occidente al islam. En relación a la misma matanza, en los barrios y mezquitas de las ciudades españolas de Ceuta y Melilla -fronterizas con Marruecos y de amplia mayoría musulmana-, muchos practicantes reconocieron abiertamente que, si bien ellos no llevarían a cabo en persona asesinatos de este tipo, sí comprendían -y por qué no, justificaban- los homicidios por el hecho de “ofender al profeta”. Pero algunos inclusive aseguraban que, de seguir las “provocaciones”, ellos mismos se enrolarían en la “yihad” junto a sus hijos. Así, si bien obviamente es absurdo tildar a todo el mundo islámico de terrorista, el solo hecho de que muchos musulmanes entiendan los ataques -aunque nunca en su vida los ejecuten- es un indicador del nivel de tolerancia que existe en parte del islam.

Un funcionario de una ONG alemana, destinada a acoger a los refugiados, reconoció con resignación que lo sucedido en Colonia y otras ciudades marcará un antes y un después en la sociedad europea. Probablemente tenga razón. De momento, mientras no se aclaren las agresiones en la noche de año nuevo, y mientras no se establezcan o descarten vínculos entre éstas -como parte de un todo organizado-, es dable que algunos piensen que nos enfrentamos a una nueva variable de terrorismo e intimidación, destinada a mancillar un valor fundamental en Occidente: la igualdad, el respeto y el honor de la mujer. Y defender esto, y reprochar la falta de empatía del islam con la sociedad que acoge y alimenta a decenas de millones de sus creyentes, no sólo no tiene por qué ser políticamente incorrecto, sino además llega la hora de que sea necesario.

 

Bruno Ebner, periodista.