Nos guste o no la trayectoria de la DC, los datos indican que mientras sus principales dirigentes mantuvieron algún grado de atención a la doctrina y a las grandes preguntas que nutrían su ideario, este conglomerado marcó los ritmos de la política nacional. Así fue, para bien o para mal, cuando se escindió la juventud conservadora, en los años 60, al luchar contra las violaciones a los derechos humanos y durante los primeros años de la transición.
Publicado el 01.05.2018
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En una columna sabatina, Carlos Peña señaló que la crisis de la Iglesia Católica y la crisis de la Democracia Cristiana van directamente de la mano. Lo que ocurre, dice el rector y columnista, es que ambas instituciones padecerían “los problemas de quien quiere abrazar las consecuencias de la modernidad (bienestar material), pero al mismo tiempo rechazar las premisas que la hacen posible (individualismo)”. Así, la Iglesia debería escoger “entre seguir enarbolando sus creencias y sus prácticas, pero resignarse a ser de minorías, o, en cambio, relativizar sus creencias”. Y lo mismo sucedería con la DC, que “para salvar su identidad (y seguir leyendo a Maritain) debe resignarse a ser minoría”.

Es indudable que el análisis de Peña resulta persuasivo, pero también que se trata sólo de una lectura entre varias posibles. No es seguro que la modernidad y sus premisas fundantes respondan de modo tan inequívoco a su descripción, pero aquí nos detendremos únicamente en las instituciones cuestionadas.

Comencemos con la Iglesia. Es difícil negar que su relación con la modernidad ha sido tensa e incluso conflictiva, especialmente en sus orígenes. Incluso hoy no falta quien desde el interior del cristianismo –siguiendo una lectura similar a Peña, aunque de signo inverso– propone un auténtico repliegue del mundo. Pero tal como explica Pierre Manent, aquella tensión no sólo ha sido bidireccional, sino que también ha transitado por distintos estadios. De ahí que sea imprescindible indagar en los motivos que tuvo el cristianismo para observar con recelo el proyecto moderno. Entre ellos asoman la crítica a la soberanía absoluta del individuo y del Estado, la inquietud ante la pasión anticlerical de autores muy influyentes en los siglos XVII y XVIII y, en fin, la defensa de la dimensión religiosa (la pregunta por la transcendencia) como un elemento constitutivo de la condición humana. Todo esto tuvo sus implicancias.

También es difícil negar que ha corrido mucha agua bajo el puente. Por un lado, desde hace varias décadas el magisterio pontificio defiende y valora, desde una cosmovisión cristiana, realidades e instituciones cuya articulación es típicamente moderna (la libertad de conciencia, la democracia, los derechos humanos). Por otro, en un minuto el mundo post ilustrado pareciera haber comprendido hasta dónde puede llegar la emancipación de la voluntad. Siguiendo con Manent, puede pensarse que “la Revolución Francesa es el momento en que el movimiento de la Ilustración se asusta ante los resultados de su acción”.

Esto explicaría que una vertiente de la política moderna y contemporánea –la propiamente liberal, según el filósofo francés– comenzara a mirar con otros ojos al fenómeno religioso. Es precisamente lo que se advierte al leer a autores como Tocqueville. Que uno de los observadores más agudos de la vida democrática descubra en la religión cristiana un apoyo fundamental y, más aún, un antecedente del tipo de libertades que hoy apreciamos, invita a una reflexión bastante más mesurada que la sugerida por Peña.

La misma mesura es pertinente al examinar el caso del partido democratacristiano. Después de todo, la correlación entre adhesión y principios robustos no es exactamente la que intuye el autor de Lo que el dinero sí puede comprar. Nos guste o no la trayectoria de la DC, los datos indican que mientras sus principales dirigentes mantuvieron algún grado de atención a la doctrina y a las grandes preguntas que nutrían su ideario, este conglomerado marcó los ritmos de la política nacional. Así fue, para bien o para mal, cuando se escindió la juventud conservadora, en los años 60, al luchar contra las violaciones a los derechos humanos y durante los primeros años de la transición. Sus respuestas no siempre fueron las más acertadas, pero había un sello distintivo que alimentaba su acción política, aunque fuera en forma parcial (un “hálito cristiano”, al decir de Joaquín Fermandois). Desde que ese sello se volvió irreconocible –desde que, digamos, los liderazgos dejaron de ser Frei Montalva o Aylwin, y pasaron a ser Provoste o Rincón–, la DC inició su decadencia política y electoral. Esto tal vez nos diga algo, sobre todo cuando la coherencia es uno de los atributos más valorados por la ciudadanía.

Como fuere, tanto ese partido como la Iglesia –qué duda cabe– viven días difíciles, lo que exige intentar ejercicios de comprensión. El punto es que dichos ejercicios debieran apuntar ante todo a explicar qué es lo que sucede, y no tanto a subrayar lo que desearíamos que ocurriese. A fin de cuentas, es lo propio de comprender.

 

Claudio Alvarado R., Instituto de Estudios de la Sociedad

 

 

FOTO: FRANCISCO CASTILLO/AGENCIAUNO