El debate de Anatel permitió recordar las profundas diferencias entre ambos candidatos. Sebastián Piñera exhibió un contundente manejo de cifras y datos duros y, a ratos, parecía conocer mejor el programa de Alejandro Guillier que el propio postulante oficialista, quien no pudo ocultar su incomodidad a la hora de detallar la letra chica de sus propuestas.
Publicado el 13.12.2017
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Este domingo millones de chilenos estamos convocados a participar en la segunda vuelta de nuestras elecciones presidenciales. La contienda se ha extendido a lo largo de todo el año y ya estamos en la recta final.

Hace pocos días fuimos testigo de uno de los momentos culmines de la campaña: el tradicional debate televisado que, en esta ocasión, congregó frente a las pantallas a más de 3.000.000 de espectadores, alcanzando un peak de 50 puntos de rating. Lo que, ciertamente, es una buena noticia, y muestra el interés de la ciudadanía por el destino de Chile y su gobierno para los próximos años.

Si bien ninguno de los contendores logró un knock-out político sobre su contrincante, sí permite a uno de los comandos sacar cuentas más alegres.

Primero, el debate permitió recordar las profundas diferencias que existen entre ambos candidatos. Por un lado, Sebastián Piñera exhibió un contundente manejo de cifras y datos duros y, a ratos, parecía conocer mejor el programa de Alejandro Guillier que el propio postulante oficialista, quien no pudo ocultar su incomodidad a la hora de detallar la letra chica de sus propuestas.

En segundo lugar, nada hace suponer que después del debate la candidatura del gobierno haya logrado el total y contundente apoyo que requiere por parte de la extrema izquierda para tener alguna chance este domingo. El fin de las AFP, la imposición de un impuesto a los “súper-ricos” o la condonación total del CAE eran algunas de las exigencias del Frente Amplio que ayer recibieron una negativa por parte de Alejandro Guillier.

Por eso, no sorprende que al día siguiente del debate Miguel Crispi, diputado electo por Revolución Democrática, haya afirmado que “no sé si nos vamos a levantar con mucho ánimo por Guillier”, en lo que puede ser una sarcástica vuelta de mano a la recordada frase de Guillier el día de las primarias de Chile Vamos y el Frente Amplio, cuando recomendó a la gente quedarse durmiendo siesta y comiendo asado.

Una tercera consideración es que un mensaje positivo y de unidad parece seguir teniendo una mejor recepción en la ciudadanía que los llamados negativos, así como las campañas fundadas en ideas logran un impacto mayor a las sustentadas en el desprestigio del oponente. Sin ir más lejos, los intentos de unir a grupos radicalmente disímiles en el paragua común de “Todos contra Piñera” ha tenido que recurrir incluso a amenazas de expulsión de disidentes en los partidos oficialistas, como ejemplifica la DC por estos días.

Es cierto que este debate televisado no pasará a la historia como decisivo. Su transmisión no marcará la elección como lo hizo “Decisión 70”, cuando se vio a un Jorge Alessandri anciano, algo que sin duda contribuyó a su derrota electoral. Tampoco vimos muestras maestras de retórica política, como la que llevó a Ronald Reagan a la Presidencia de los Estados Unidos en 1980, después de un debate televisado en que apabulló al Presidente en ejercicio Jimmy Carter.

No, el debate de este lunes 11 de diciembre no pasará a la historia por eso. Pero en una lógica de voto voluntario, donde lo más importante sigue siendo movilizar a los propios adherentes, sí puede haber marcado un punto de quiebre, porque esa noche sólo un comando quedó contento. En cualquier caso, quedan todavía días de campaña, pero el domingo Chile vivirá una hora decisiva.

 

Julio Isamit, coordinador político Republicanos

 

 

FOTO: RODRIGO SAENZ/AGENCIAUNO

 

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