En estos días escucharemos a los que nos dicen que la colusión que acabamos de conocer es la demostración que en esta sociedad impera el libertinaje brutal del neoliberalismo, que no hay mercado, que estamos a merced de los abusadores y que hay que terminar ya con todas estas injusticias.
Publicado el 01.11.2015
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En la ceremonia de matrimonio religioso, celebrada de acuerdo al rito católico, hay un momento muy importante –para mi el más importante- que es aquel en que el sacerdote solicita a los contrayentes que se comprometan a amarse y respetarse por toda la vida, en la fortuna y la adversidad, la salud y la enfermedad, en los buenos y en los malos tiempos. La experiencia enseña que, en nuestra juventud, todos esperamos una vida de felicidad y éxito, pero la realidad se encarga de enfrentarnos con nuestros fracasos, debilidades y errores; es lo que Nervo expresa cuando le dice a la vida: “cierto a mis lozanías va a seguir el invierno ¡mas nunca me dijiste que mayo fuese eterno!”.

Como esta es una característica de la naturaleza humana se aplica también y de manera equivalente a la organización social y las expectativas que nos hacemos de ella. Es precisamente la incapacidad de los seres humanos para construir una sociedad siempre justa, caritativa y respetuosa de la dignidad y derechos de todos, la que ha llevado a lo largo de la historia al surgimiento de las utopías, esas ideologías que nos prometen el paraíso en la tierra, un mundo en que no habrá injusticia, ni abuso y todos seremos iguales y felices. Pero el paraíso en la tierra no existe y los que han intentado crearlo solo han arrasado con la libertad, deshumanizando al individuo e intentado terminar precisamente con su individualidad. Invariablemente el resultado ha sido mucho más parecido al infierno que a la “tierra prometida”.

En el momento que escribo estas líneas y en las horas siguientes, en algún lugar alguien estará matando a otra persona, alguien robará, violará, estafará y también, probablemente, dos ejecutivos se estarán coludiendo para obtener ganancias ilegítimas a costa de sus clientes.  Ello ocurrirá y seguirá ocurriendo, por ello la pregunta por la forma de organización jurídica de la sociedad, así como por su conformación económica, son preguntas fundamentales que siguen abiertas y respecto de las que nunca alcanzaremos la respuesta definitiva.

Aunque, en realidad, hay dos tipos de respuesta definitiva: la religiosa, que plantea la solución escatológica; y los colectivistas que nos ofrecen sus utopías estatistas. Por eso, a la primera Marx la llamó “el opio del pueblo”; y los segundos, a su turno, se sostienen vigentes precisamente sobre el aprovechamiento de los abusos y fallas que son inherentes a la libertad. Cada cierto tiempo inevitablemente la injusticia nos interpela, nos hace sentir que “algo anda mal, que no puede ser, que hay que hacer cambios”.

En ese momento de natural frustración y debilidad, siempre habrá un socialista cerca diciéndonos que el Estado tiene que intervenir, tiene que sancionar ejemplarmente a los culpables, tiene que hacer regulaciones para que no vuelva a ocurrir, tiene que poner un límite a las ganancias inmorales, tiene que proteger a los débiles, tiene que terminar con esta sociedad de mercado, establecer derechos sociales, hacer una nueva constitución, porque –nos dirán- es posible vivir en esa sociedad donde todos seamos iguales y no haya carteles, ni ricachones prepotentes, ni injusticia, ni abuso.

Pero la experiencia, esa porfiada realidad, nos muestra una y otra vez que nunca han podido llevarnos a esa sociedad feliz; al contrario, que en ese mundo de iguales siempre hay algunos más iguales que otros, que la pobreza se instala como realidad general y que el abuso es peor, porque es el abuso del funcionario, que la desigualdad no sólo sigue existiendo, sino que es más irritante, porque se ejerce revestida de la hipocresía de los jerarcas, supuestamente al servicio del pueblo.

En una sociedad libre hay órganos independientes que descubren los abusos, hay libertad de prensa y de expresión que penan con el peor de los castigos a los trasgresores, hay debate, reproche y sanción. Por eso, en las sociedades libres nos indignamos con los abusos y los abusadores, exigimos mayores niveles de justicia, pedimos que se hagan realidad los principios que las leyes declaran y que dicen que todos somos iguales ante la ley.

Por eso, mis queridos lectores, las sociedades libres son tan imperfectas como los individuos que las conformamos y, a ratos, son tremendamente irritantes y frustrantes, porque es verdad que muchas veces el abuso prevalece y no hay justicia; pero, con todo, en el agregado progresan, evolucionan y se civilizan; mientras las alternativas involucionan, se empobrecen y la vida en ellas se vuelve brutal, bajo el peso de la pobreza y la ideología.

En estos días escucharemos a los que nos dicen que la colusión que acabamos de conocer es la demostración que en esta sociedad impera el libertinaje brutal del neoliberalismo, que no hay mercado, que estamos a merced de los abusadores y que hay que terminar ya con todas estas injusticias.

Cada vez que se conocen casos como este recuerdo que la libertad es el único ambiente en que los derechos avanzan, tanto en su conceptualización como en su aplicación; que las personas progresan económicamente y en su condición de sujetos de derechos; que alguna esperanza de sanción hay para los infractores y que la única respuesta eficaz está en más libertad y más desarrollo, para que hayan menos posibilidades de que unos pocos controlen cualquier mercado.

Pero los días que vienen serán malos días, de adversidad y de impopularidad para los que creemos en una sociedad libre. Pero estos son los días que importan, en los que se pone a prueba la solidez de nuestras convicciones, son los momentos en que los países se salvan o se pierden. No es tan distinto de los matrimonios, por eso en las ceremonias el cura sabe que el futuro de la pareja de jóvenes que tiene al frente se jugará en la adversidad, en la pobreza y en la enfermedad.

 

Gonzalo Cordero, Foro Líbero

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