En el grupo de sostenedores de colegios, profesores, padres y apoderados, la Democracia Cristiana tiene una gran fuerza. Ellos representan ese gran grupo de clase media de la sociedad chilena, y si los líderes de ese partido no se levantan como los grandes defensores de la educación privada en Chile, sus bases los abandonarán.
Publicado el 30.10.2014
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Hace 50 años atrás, en 1964, la Democracia Cristiana vivió uno de sus momentos más gloriosos. Cientos de miles de jóvenes que habían venido de todas partes de Chile se congregaban en el Parque Cousiño a escuchar a su líder, Eduardo Frei Montalva, quien con magistral elocuencia, luego de un instante de calculado silencio y mirando a la multitud que llenaba la elipse, empezó su discurso preguntando: ¿De dónde vienen? ¿Quiénes son? Era la marcha de la Patria Joven, acto señero de la campaña que llevó por primera vez a un militante de ese partido a la Presidencia de la República, para realizar en Chile su Revolución en Libertad.

25 años después, en 1989, otro democratacristiano ganaba las elecciones presidenciales, dando inicio a otro período de gran relevancia y significación para su partido. Patricio Aylwin lideraba la Concertación y desde marzo de 1990 encabezó el exitoso gobierno que marcó la vuelta de Chile a la democracia y consolidó la transformación económica que ha llevado a nuestro país a alcanzar el desarrollo.

Hoy día la Democracia Cristiana está en una posición clave en la política chilena y, dependiendo de sus liderazgos, puede transformar este año 2014 en otro hito en la vida del partido: el de la identificación y el reencuentro con las aspiraciones de las grandes mayorías de chilenos.

Si en 1964 una mayoría nacional se unió tras la voluntad de cambios que lideró Frei Montalva, y en 1989 los chilenos siguieron el liderazgo de Patricio Aylwin en el período de recuperación de la democracia, hoy día, el 2014, el partido democratacristiano puede representar el clamor de millones de familias chilenas que defienden con fiereza la libertad para educar a sus hijos.

La reforma educacional del gobierno de Michelle Bachelet, con la ley que prohíbe que sociedades comerciales administren colegios, que centraliza en el Estado la selección del establecimiento que hoy día eligen los padres y que prohíbe a los apoderados aportar dinero a los colegios de financiamiento compartido para mejorar la calidad de la educación de sus hijos, pone en riesgo vital la existencia de colegios particulares subvencionados en nuestro país.

El resultado más previsible de esta reforma es la creación de un verdadero apartheid en la educación, donde sólo el 8% de los niños (equivalente a la población blanca de Sudáfrica) podrá educar a sus hijos en establecimientos de calidad, los particulares pagados, y el 92% restante (equivalente a la población negra de Sudáfrica) recibirá educación estatal o impartida por colegios que, bajo reglas uniformes y cientos de restricciones, serán meros contratistas del Estado en la tarea de impartir educación a los niños.

Se destruirá así la enorme riqueza y diversidad que hay en los miles de colegios privados que, financiados con una subvención del Estado por cada alumno que atienden, entregan una educación diversa a través de múltiples proyectos educativos. Como lo ha señalado recientemente la ex ministra de Educación Mariana Aylwin en el diario La Segunda, el Gobierno no sabe cuáles serán las consecuencias de su reforma, no sabe cuántos sostenedores arriendan, no sabe cuántos a partes relacionadas, qué montos se pagan por los arriendos, cuánto hay de lucro, cuántos sostenedores deben servir deudas por la inversión realizada, cuántos tienen hipotecas, cuántos colegios están en riesgo de cerrar, etc. Si el Gobierno no entrega esta información, agrega Mariana, es atendible que se extienda la idea de que estamos ante una consecuencia no declarada de reducir el sector privado en educación.

Pues bien, en este grupo de sostenedores de colegios, profesores, padres y apoderados, la Democracia Cristiana tiene una gran fuerza. Ellos representan ese gran grupo de clase media de la sociedad chilena, y si los líderes de ese partido no se levantan como los grandes defensores de la educación privada en Chile, sus bases los abandonarán.

Los liderazgos no se regalan ni se consiguen por una acumulación de méritos. Simplemente se toman. ¿Habrá alguien en la Democracia Cristiana que visualice esta gran oportunidad para que su partido sintonice con las grandes mayorías nacionales?

 

Luis Larraín, Foro Líbero.

 

 

FOTO: DAVID VON BLOHN/ AGENCIAUNO

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