“La Copucha” tiene la gran ocasión de decir que, para cumplir de mejor manera su papel y en apoyo a las razones económicas esgrimidas por el gobierno, ningún periodista viajará junto a la Mandataria.
Publicado el 28.01.2016
Comparte:

La decisión del Ejecutivo de limitar a dedo a los periodistas que podrán acompañar a Michelle Bachelet en el avión presidencial en sus futuros viajes ha terminado por confirmar un quiebre entre la Mandataria y los medios.

La medida, por mucho que se modifique, tonifique o rectifique, es otro galardón a la impericia para el equipo de prensa e imagen de Bachelet, pero no debería resultar particularmente sorprendente: desde la misma campaña presidencial que la abanderada de la Nueva Mayoría ha apostado por una relación distante con la prensa nacional. El “hablemos en marzo” y el “paso” de la campaña fueron claras señales de desamor que, junto a largas y reveladoras entrevistas dadas a medios extranjeros, confirmaban que el corazón discursivo de Bachelet estaría puesto en otra parte.

La limitación –cuando no la abierta prohibición– a hacer preguntas en conferencias y actividades públicas, los desayunos de mantel largo con la prensa internacional y la abierta crítica a la cobertura recibida a las reformas impulsadas son síntomas…

En medio de un gobierno que ha abrazado como estrategia los largos silencios, los rumores de pasillo, los anuncios viscerales y las acciones intempestivas, una medida anunciada a trompicones como la de limitar el número de periodistas en el avión presidencial debería ser vista ya como una oportunidad.

Algunos han esgrimido el argumento de que el avión presidencial no es de Michelle Bachelet y, por lo mismo, todos los medios tienen derecho a viajar en él aunque ella no lo desee. Pues, en estricto sentido el avión no será de la Mandataria, pero es un hecho que, al igual que al edificio de un Ministerio, por público que sea, la autoridad puede guardarse el derecho –fundamentado– de permitir o no el acceso. De hecho, al mismo Palacio de La Moneda no puede entrar sin más cualquier periodista sin antes pasar por un proceso de acreditación.

La normativa anunciada, más bien, es una oportunidad para que los periodistas que trabajan en ese rincón de La Moneda llamado “La Copucha” saquen la voz de una vez y, bajo el alero de sus medios y la dignidad profesional, decidan, al menos a mediano plazo, no volver a poner un pie en el avión presidencial.

Quienes hemos viajado en él, sabemos que a la larga es un lujo que termina por mal acostumbrar, pues se recibe un trato diferente al de una línea aérea comercial y con un “apapachamiento” que directa o indirectamente viene de la autoridad cuyo desempeño se va a cubrir profesionalmente.

“La Copucha” tiene la gran ocasión de decir que, para cumplir de mejor manera su papel y en apoyo a las razones económicas esgrimidas por el gobierno, ningún periodista viajará junto a la Mandataria. Por el contrario, cada medio correrá –en la medida de sus posibilidades– con los costos de enviar equipo humano y técnico al destino y mantendrá una distancia profesional con la autoridad.

Bajo ese esquema –que por cierto parece bastante más lógico que el de viajar a expensas de quien será objeto de la labor periodística–, la misma autoridad tendrá que esforzarse por capturar la atención de los medios de manera tal que decidan incurrir en el gasto de estar en las giras en las que la Presidenta, al final de cuentas, tiende a no decir nada distinto a lo que puede informar una agencia noticiosa.

Luego de meses de secretismo, pataletas y anuncios sobre la marcha, los periodistas tienen la oportunidad de dar un paso hacia atrás en lo que a regalías oficiales respecta para terminar dando dos pasos adelante hacia una cobertura que termine por hacer reaccionar a un gobierno que en lo comunicacional ha sido una desilusión.

 

Alberto López-Hermida, Doctor en Comunicación Pública, académico UANDES.

 

 

FOTO: DAVID CORTES SEREY /AGENCIAUNO