Para Bachelet y muchos miembros de la Nueva Mayoría resulta personal y políticamente imposible llamar por su nombre a la dictadura de la RDA, porque significaría hacerse cargo de su propia “confusión tolerada de los contrarios” y, por ende, poner en duda tanto la legitimidad moral de su ideario político como la vigencia de su proyecto de gobierno en un país muy distinto al que vio caer el Muro de Berlín hace un cuarto de siglo.
Publicado el 10.11.2014
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Hace 25 años cayó el Muro de Berlín. Fue el golpe de gracia para una alianza de Estados compuesta exclusivamente por dictaduras —comunistas, pero dictaduras al fin— que por décadas negaron a sus “ciudadanos” derechos que la ONU considera fundamentales, y que para ello crearon sistemas de represión interna sin precedentes. Esos son hechos objetivos.

Varios de esos regímenes —en especial la RDA, madre del Muro— dieron asilo en los 70 y 80 a chilenos de izquierda que escapaban de su propia dictadura, que era militar, de derecha y comprobadamente brutal con gente como ellos. Muchos de esos chilenos, algunos conspicuas figuras políticas en la actualidad, como Michelle Bachelet, se rehúsan hasta hoy a admitir el carácter totalitario de los gobiernos que los ayudaron y no celebran el fin de la Cortina de Hierro como el resto de los demócratas del mundo. Incluso defienden la decisión de asilar en nuestro país a Erich Honecker y su esposa, ahorrándoles así el mal trago de enfrentar un juicio (y probable condena) en la Alemania reunificada por su responsabilidad en ordenar la muerte de sus conciudadanos que pretendieran cruzar la frontera hacia el enemigo capitalista, una traición imperdonable en el manual del ex jerarca germano oriental y sus jefes moscovitas.

Esos también son hechos objetivos.

Pero más allá de constatar este lamentable doble estándar, como han hecho muy elocuentemente por estos días Roberto Ampuero y otros, sigue pendiente la pregunta de por qué se produce. ¿Es simple ceguera que les impide a muchos en la izquierda entender la verdadera naturaleza de regímenes como el de la RDA? ¿Es que no creen que sea confiable o suficiente la evidencia histórica de lo que hacían la Stasi, la KGB y otras policías secretas? ¿Estiman, quizás, que las sombras del gobierno comunista opacan injustamente sus luces, sean cuales sean? ¿O simplemente han concluido que mientras menos hablen de su incómoda contradicción, más pronto se olvidarán las acusaciones de oportunismo e inconsecuencia política en su contra?

Creo que todo lo anterior es parte de la explicación, pero es necesario agregarle una dimensión estratégico-ideológica (y no explícita) que se sustenta en la propia experiencia exitosa de la izquierda en el último medio siglo a la hora de fijar el marco conceptual predominante con que se analizan los procesos históricos y, por tanto, de plantear los términos del debate político contemporáneo.

“Desde la desaparición del nazismo, y sobre todo desde que los socialistas europeos y los liberales norteamericanos, en su práctica del debate público, empezaron a copiar los procedimientos comunistas, la falta de probidad intelectual está en la izquierda”, sentenciaba lapidario Jean-Francois Revel en 1991, en su libro “El conocimiento inútil”. Después de todo, decía el filósofo francés: “la contradicción en los términos es casi una de las condiciones del sectarismo ideológico. ¿Qué marxista piensa en constatar que en el curso del siglo XX las injusticias sociales se reducen en las sociedades capitalistas y se agravan en las sociedades socialistas?”.

En efecto, el ejercicio de contrastar la realidad con el discurso no forma parte del arsenal intelectual de la izquierda más dura. Por la misma razón, ésta suele descartar por ideológicamente viciada cualquier atisbo de crítica al legado del Pacto de Varsovia y a sus actuales herederos en Cuba o Corea del Norte, mientras que advierte contra el peligro de una “regresión fascista” cada vez que resulta conveniente para su despliegue comunicacional.

Según Revel, “el socialismo es siempre, para vuestro interlocutor (socialista), lo que no es”. En una frase que parece escrita ex profeso para interpelar a nuestros nostálgicos de la RDA, el autor argumenta que para ellos el socialismo “no está representado por los diversos regímenes, por desgracia imperfectos, que se proclaman socialistas; no es reducible a una u otra de las definiciones que figuran en los buenos autores y los innumerables programas”. El ideal socialista, entonces, “no sobrevive intelectualmente más que en la confusión tolerada de los contrarios”.

Visto así, para la Presidenta Bachelet y muchos miembros de la Nueva Mayoría resulta personal y políticamente imposible llamar por su nombre a la dictadura de la RDA, porque significaría hacerse cargo de su propia “confusión tolerada de los contrarios” y, por ende, poner en duda tanto la legitimidad moral de su ideario político como la vigencia de su proyecto de gobierno en un país muy distinto al que vio caer el Muro de Berlín hace un cuarto de siglo.

No hay que ser ingenuos: de lo que se trata, en un asunto tan sensible como éste, es de evitar a toda costa eso que Revel llamaba “probidad intelectual”.

 

Marcel Oppliger, Periodista.

 

 

FOTO: PEDRO CERDA/AGENCIAUNO