Evo ha ido por el mundo con una estrategia de victimización, pregonando la urgente necesidad marítima de su nación, Chile ha tenido un pobre desempeño en esto, de ahí que la simpatía internacional esté más por el Palacio Quemado que por La Moneda.
Publicado el 27.09.2015
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Evo pasará a la historia no sólo como el primer presidente indígena de un país que fue gobernado por una elite poco representativa e incapaz de dar estabilidad política durante décadas, sino que también por ser el primero en poner en el banquillo de un tribunal a Chile por una salida soberana al mar.

Humoristas como Coco Legrand en el Festival de Viña y ahora último una campaña publicitaria de una empresa de telefonía celular han hecho burla de este dirigente cocalero, que aparecido a principios de los ochentas, con un discurso de reivindicaciones sociales y económicas, se transformó en un fenómeno electoral para finales de los noventa.

Pero cómo no reírse de este folclórico mandatario, cuya preparación intelectual le lleva a afirmar en la cumbre del cambio climático de Tiquipaya que “en Europa casi todos son calvos, y esto porque comen pollos”, debido, según él, a que a estas aves se les inyectan hormonas. O cómo no hacer memoria de su poco decoro, cuando por medio de una copla en el carnaval de Oruro de 2012 recitó: “Este Presidente de buen corazón, a todas las ministras le quita el calzón”. Para qué decir de su visión política, cuando en 2006 hizo referencia a que “por encima de lo jurídico, es lo político (…) cuando algún jurista me dice: Evo, te estás equivocando jurídicamente, yo le meto nomás. Después les digo a los abogados: si es ilegal, legalicen ustedes, ¿para qué han estudiado?”.

En las antípodas de Morales, pareciera estar el moderno, institucional y transparente Chile (aunque ahora ya no tanto), que con su membresía en la OCDE, exclusivo y excluyente club de los países desarrollados, y desde hace décadas, se ha ido autoconstruyendo, con razón o no, la autoimagen de un vecino que se equivocó de barrio. Que mientras en el resto de sus pares latinoamericanos abundan los líderes populistas, la poca seriedad y el caos, en él primarían la mesura y la cordura.

Pero entonces por qué todos sus resultados en La Haya –nombre ya casi maldito en el inocente colectivo nacional- son fracasos. Los contundentes 14 votos a dos con los que los jueces se declararon competentes de conocer el fondo de la demanda marítima boliviana, no hacen más que recordar que la astucia y la picardía (tan latinoamericana) son también parte del juego político.

Mientras que Chile en el plano internacional ha sido un buen alumno -logró ser miembro no permanente  del Comité de Seguridad de la Organización de Naciones Unidas, participa con presencia militar en las misiones de paz en Haití y ha sido garante en el proceso de diálogo entre Colombia y las FARC-, Bolivia, liderada por Morales, armó una inteligente figura legal que puede terminar en un cese de territorio chileno para el país altiplánico.

Dónde ha estado nuestra cancillería en estas décadas, más allá de los respectivos gobiernos de turno, con sus juristas y especialistas internacionales, que no fue capaz de avizorar todo lo que se venía. Esto no se decidió hoy, sino que ha sido el resultado de una serie de malas decisiones arrastradas en el tiempo (como seguir suscritos al Pacto de Bogotá). Asimismo, mientras Evo ha ido por el mundo con una estrategia de victimización, pregonando la urgente necesidad marítima de su nación, Chile ha tenido un pobre desempeño en esto, de ahí que la simpatía internacional esté más por el Palacio Quemado que por La Moneda.

Lo de nuestro país ha sido de una irritante y lenta reacción ante las “astutas” demandas de nuestros vecinos, así lo vimos con Perú y ahora con Bolivia. Chile debe apelar también a su “viveza” (en el buen sentido de la palabra) latinoamericana, que en estos casos, es valiosa y tal vez más importante que el ropaje que pueda prestarnos la OCDE.

 

Francisco Javier Tagle, Profesor Facultad de Comunicación Universidad de los Andes.

 

 

FOTO: AGENCIAUNO.