“Memorias del subdesarrollo” y “Cuatro estaciones en La Habana” son, además de grandes películas separadas por 50 años, también testimonio y denuncia, tal vez involuntarios, de la destrucción de una de las ciudades más bellas del mundo bajo el régimen comunista hereditario.
Publicado el 10.01.2017
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Quien desee disfrutar una notable serie policial ambientada en la Cuba actual y ver gráficamente el legado urbano de la revolución cubana, que acaba de cumplir 58 años en manos de Fidel y/o Raúl Castro Ruz, no debería perderse “Cuatro estaciones en La Habana”, de Netflix.

La serie es una excelente adaptación de cuatro novelas de Mario Conde, el teniente investigador de la Policía Nacional Revolucionaria, creado por el destacado escritor cubano Leonardo Padura. Basándose en una saga de extraordinaria calidad, el director español Felix Bizcarte labra una teleserie detectivesca suprema, con actores de primera línea, guiones ágiles y profundos (escritos por Padura y Lucía López Coll), y la participación de un personaje estremecedor por su belleza y grado de destrucción: La Habana. Uno de los temas centrales de la serie es la corrupción en la nomenklatura castrista, que ocupa las residencias y puestos de trabajo (estatizados) de la antigua clase empresarial, expropiada y exiliada por el régimen, y la honesta lucha de Conde por indagar a la nueva clase privilegiada, que obstaculiza su quehacer.

Tal vez sólo la serie de televisión Miami Vice, la original, filmada en la década de los ochenta, ha logrado sacar tanto provecho del paisaje de una ciudad, en ese caso, Miami, como la serie de Netflix de La Habana (No es casual que se trate de ciudades vecinas, que comparten clima y urbanizaciones de los años cincuenta y la influencia de la cultura cubana y su gente). Mientras La Habana exhibe su arquitectura colonial y de principios del siglo XX en la serie de Conde, la Miami televisiva exhibe la modernidad y los rascacielos, y su espectacular barrio art déco.

Hasta ahora los cineastas cubanos no habían logrado o podido mostrar La Habana en clave realista, con su pobreza y miseria, su decadencia, corrupción y prostitución, con su escasez de alimentos y bienes de consumo, con el desencanto regado por las calles tras casi seis décadas de castrismo. Pero “Cuatro estaciones en La Habana” muestra también el humor, el ingenio y la sensualidad de los cubanos, su sabia paciencia, su reprimido espíritu emprendedor, su visión del sistema estatista, donde nada funciona, y su esperanza de que en algún momento el destino de la isla -el régimen totalitario se va resquebrajando- cambie para mejor.

La serie seduce desde un comienzo por la performance de actores soberbios, tramas impecables, grandes protagonistas (Jorge, Perogurría, Carlos Enrique Almirante, Mario Guerra, Luís Alberto García y Juana Costa, entre otros), los conflictos, y el complejo paisaje social y arquitectural de La Habana que proyecta.

Cuando uno ve la serie, no puede dejar de asociarla con una de las grandes películas cubanas, “Memorias del subdesarrollo” (1968), dirigida por Tomás Gutiérrez Alea. Esta obra también muestra la capital de la isla, pero medio siglo antes. La bella Habana de entonces se conservaba aún bastante bien porque el capitalismo había sido erradicado sólo nueve años antes, y entre sus calles, fachadas, vehículos y personas todavía soplaban los últimas brisas de la influencia estadounidense, antes de que fuesen reemplazadas por la presencia soviética, de nula impronta cultural en el Caribe. La revolución y su dirigencia eran jóvenes entonces, Fidel Castro andaba por los cuarenta y desafiaba a Estados Unidos, y estaba dispuesto incluso a dejar que la isla se hundiera antes de renunciar al comunismo, en cuya construcción lo auxiliaba Moscú con divisas, armas, represión y comida.

Es interesante comparar las tomas de La Habana en ambas producciones, separadas por casi medio siglo. Las panorámicas de “Cuatro estaciones” muestran a una ciudad que, en lo que respecta a la línea de edificios, parques y el inolvidable malecón, luce idéntica a como era en 1968, que era a su vez parecida a la de 1959. La Habana tiene en ambas producciones un “buen lejos”: desde la altura parece una ciudad normal y no se ve su destrucción, afirma uno de los personajes de la serie. Se trata de la misma admiración por esa ciudad y sus mujeres que siente el protagonista de Memorias, encarnado por el inolvidable Sergio Corrieri.

Pero esta suerte de embrujo a vuelo de pájaro cambia drásticamente cuando la cámara baja al nivel de las calles con hoyos, escombros y aguas que escurren por ellas, o cuando enfoca las construcciones en ruinas, los conventillos con gente hacinada, las fachadas que se caen a pedazos, los negocios desabastecidos y desiertos, la ciudad detenida en el tiempo y carcomida sin piedad por el tiempo. Memorias del subdesarrollo” y “Cuatro estaciones en La Habana” son, además de grandes películas, también testimonio y denuncia, tal vez involuntarios, de la destrucción de una de las ciudades más bellas del mundo bajo el régimen comunista hereditario.

Casi ninguno de los edificios o de las casas que enseñan las panorámicas de la serie de Mario Conde fue levantado durante los 58 años de castrismo. Algunos, en La Habana vieja, han sido restaurados con apoyo internacional bajo la iniciativa de Eusebio Leal, el resto vive desplomándose. Lo lamentable es que esta falta de construcción, restauración o conservación no es fruto de una política que busca preservar la identidad de la ciudad, sino de la permanente escasez de recursos del socialismo. Muchos cubanos desean que el socialismo termine antes de que La Habana se derrumbe, porque su prolongada agonía puede arrastrar consigo a la misma ciudad. Muchos cubanos desean asimismo que la sociedad abierta del futuro tenga la sabiduría suficiente (y los recursos) para reconstruir, restaurar y conservar el patrimonio, y no pase la retroexcavadora contra todo lo que esté abandonado.

Para quien ama La Habana -la ciudad de la luminosidad especial, como decía Alexander von Humboldt, la ciudad las columnas, como decía Alejo Carpentier-, es doloroso constatar el nivel de destrucción de su sustancia y arquitectura. ¿Tendrá salvación la ciudad o en muchos sitios el problema ya no tiene vuelta? ¿Habrá en el futuro autoridades e intereses que se la jueguen por su restauración y conservación, y sean capaces de oponerse a quienes se propongan arrasar con lo antiguo (y derruido) para construir algo más rentable? ¿Y cuánto de la identidad de La Habana se perdió ya irremediablemente en estos 58 años de socialismo?

Los fieles lectores de Leonardo Padura, los entusiastas seguidores de las series policiales y los eternos amantes de La Habana que vean “Cuatro estaciones en La Habana” y “Memorias del subdesarrollo” tendrán una experiencia enriquecedora, profunda, contradictoria y melancólica. Comprobarán, además, que la serie y la película, pese al casi medio siglo que las separa, integran una sola gran obra que narra las vicisitudes de la capital de la mayor de las Antillas.

 

Roberto Ampuero, #ForoLíbero

 

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