¿Qué nos deja su visita? Nada diferente a las anteriores, o quizás sí; la bendición a un proceso que se ha gestado entre el gobierno de la isla y la Casa Blanca, dejando de lado a todos los cubanos.
Publicado el 23.09.2015
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En cada país donde se implementó el “comunismo”, la Iglesia fue llevada a su mínima expresión o al menos se intentó hacerlo. Siendo centro de reflexión espiritual y guía, la fe es inversamente proporcional al desarrollo de un Estado totalitario. El Estado revolucionario invadió todas las áreas, despedazó e intervino la Sociedad Civil, primero extinguiendo sus organizaciones y luego re creándolas bajo su tutela y beneficio.

El punto más álgido de la persecución que sufrió la Iglesia cubana, fue la expulsión de 131 sacerdotes en el vapor La Covadonga. De ahí toda religión fue prohibida y cada religioso era un contrarrevolucionario. Esto equivalía a perder el empleo o no obtenerlo, a ingresar o no a la universidad, hasta muy poco antes de la llegada de Juan Pablo II a La Habana en el año 1998. Medidas que terminaron relegando al último espacio de la sociedad a todo aquel que profesara alguna creencia religiosa, convirtiéndose en muchos casos en causa suficiente para el procesamiento penal basado en el “Estado de Peligrosidad Pre delictiva”, donde el Estado te condena, incluso a privación de libertad, porque supone que eres proclive a cometer un delito, sin necesidad de haberlo cometido jamás.

En el año 1965 fueron creadas las Unidades Militares de Apoyo a la Producción (UMAP), donde fue recluido el hoy Cardenal y Arzobispo de La Habana, Jaime Ortega y Alamino. En ellas se intentaba moldear a los jóvenes en el hombre nuevo socialista, a la fuerza y, en muchas ocasiones, con torturas.

“Con el establecimiento de la sociedad socialista, el ateísmo se convirtió en una religión”, según reconoció años más tarde el propio Fidel Castro, como reseña Sergio San Pedro.

Esta es la tercera vez que un Papa viaja a Cuba y peregrina por la isla con su mensaje de verdad y esperanza. Es la tercera vez que un Papa saluda y conversa largamente con los Castro.

La Iglesia busca que sus instituciones se radiquen en la isla y sabe que un pueblo con mucha esperanza y tal realidad necesita ser apoyado espiritualmente. Pero la Iglesia no se atreve a mirar de frente a los Castro y exigirles lo que por años la solidaridad mundial tampoco le ha exigido.

El Papa Francisco llega a una Cuba deseosa de cambios, haciendo la distinción entre Cuba y su gobierno. De lo contrario, no se explica la razón del aumento de expectativas por la reanudación de relaciones diplomáticas con el vecino del norte. No obstante, Su Santidad, Francisco no ha hecho las declaraciones que todos esperaban. Ni siquiera se permitió la errada pero reiterada dicotomía discursiva de pedir al gobierno cubano libertades para el pueblo y al de EUA el levantamiento del embargo. Lo segundo quizás lo haga en los próximos días.

Las primeras filas en casi todos los eventos papales estaban integradas por no creyentes, citados y dirigidos por la Seguridad del Estado y sus centros de estudio o trabajo. Los jóvenes del Centro Cultural Félix Varela fueron atropellados, en un principio, por la convocatoria gubernamental que convocaba bajo el lema: “vamos todos a ver al Papa, tenemos que ser mayoría”.

La ambigüedad de las palabras del Santo Padre no es contundencia. Respetar las reglas del juego protocolar tampoco y no mencionar a quien incluso vio arrestar ante sus propios ojos; es hacer, de la virtud de la diplomacia, la impiedad de la indiferencia.

A tal punto que el portavoz del Vaticano omitió responder cuando le preguntaron si conocía que 50 disidentes habían sido arrestados para que no acudieran a la misa papal. No se ha escuchado de ningún representante de la Iglesia una sola voz preguntándose por qué el gobierno cubano elige quién puede recibir la bendición de Francisco.

La Iglesia Católica ha obtenido más espacios en la vida política cubana que los que se aprecian con su participación televisiva y las procesiones. Han manejado con cautela un nivel de acercamiento con el gobierno. Su participación en encuentros con el exilio “respetuoso” dio visos de lo que vendría el pasado 17 de diciembre.

Es de suponer que la apuesta de la Iglesia va en dirección a intentar recuperar los espacios educacionales que perdió en el año 1960. ¿Qué aporta la Iglesia en esta relación? Es algo que aún no conocemos. Al menos su silencio con respecto a las violaciones gubernamentales a los DDHH se ha apreciado y su relación con cubanos exiliados “respetuosos” con el gobierno se ha intensificado, desde mucho antes de la visita de Benedicto XVI.

La visita de Francisco a la isla es un éxito de Relaciones Públicas para el gobierno cubano. Los cubanos no deberíamos esperar de la visita de Su Santidad más que la entrega de paz, armonía y espiritualidad. Al igual que en la visita de San Juan Pablo II o Benedicto XVI, no se puede pedir a un tercero que haga lo que los cubanos no hemos sabido o podido hacer. El mensaje papal, aunque ambiguo, refiere a conceptos que no estamos acostumbrados a vivir ni a pensar y que pueden ser de mucha motivación. No podemos asumir la invencibilidad del régimen, estableciendo que cada acto de la Iglesia con el gobierno beneficia a éste último. Esa posición es dar certeza a un razonamiento que el mismo régimen ha implantado, como señala el abogado Yaxis Cires en un artículo publicado hace algunos años.

La oposición actual es mucho más visible y su convocatoria se ha ampliado a la juventud. Su actuar es más confrontacional y su mensaje más difundido. El gran déficit sigue siendo la falta de un programa que establezca las bases de una Cuba futura y la convierta en alternativa para una población que no conoce más que un sistema político despótico y decadente. No puede pretender la oposición reconocimiento, si el precio diplomático a pagar es demasiado alto en comparación a establecer relaciones directas con un movimiento que no aparece en el horizonte como conductor de los destinos de una nueva Cuba. También hay que hacerse cargo de eso, pasar de víctimas de atropellos a generadores de ideas que cambien la sociedad en su conjunto y señalen el camino y el establecimiento, en detalle, de una democracia real en la isla.

En cada visita papal, cientos de opositores han sido detenidos. Sus casas fueron rodeadas por esbirros impidiéndoles asistir a las misas. Las Damas de Blanco han sido amenazadas. Una simple mención a la disidencia habría impuesto un freno al régimen frente a los abusos. Más que tomar partido, habría aportado la sensación de que aquellas personas que soportan una gran carga de sufrimiento por ejercer un derecho natural han sido escuchadas por el Santo Padre.

¿Qué nos deja su visita? Nada diferente a las anteriores, o quizás sí; la bendición a un proceso que se ha gestado entre el gobierno de la isla y la Casa Blanca, dejando de lado a todos los cubanos.

 

Mijail Bonito Lovio, Abogado cubano nacionalizado chileno.

 

 

 

FOTO:DYN/RODOLFO PEZZONI/ENVIADO ESPECIAL.