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Publicado el 22 de junio, 2018

La guerra del plástico

La polémica en cuestión no se reduce a un poco más o menos de basura. Esta guerra del plástico apunta a cuestiones tan delicadas como las bases morales de la economía libre o la relación entre economía y política.
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El último número de la revista National Geographic no trae como portada una foto de leones o elefantes, sino una obra de arte. A primera vista tiene una belleza muy particular, porque representa un iceberg, tanto en la parte que asoma sobre la superficie como en el resto que está oculto bajo el mar. Con todo, la primera impresión estética es reemplazada por una sensación de desagrado cuando uno advierte que el iceberg no está compuesto por hielo, sino que está formado por bolsas de plástico. Cada año, 8 millones de toneladas de plástico acaban en el mar.

La obra de Jorge Gamboa, el artista mexicano elegido por National Geographic para ilustrar esa catástrofe, constituye una suerte de argumento decisivo para cerrar la polémica de las últimas semanas entre la ministra Marcela Cubillos y un grupo de industriales del plástico a propósito de la reciente prohibición de utilizar bolsas de ese material en el comercio.

La polémica en cuestión no se reduce a un poco más o menos de basura. Esta guerra del plástico apunta a cuestiones tan delicadas como las bases morales de la economía libre o la relación entre economía y política.

La opinión de esos empresarios no resulta disparatada. De partida, el uso de bolsas en el comercio resulta muy cómoda para nosotros los consumidores, y ventajosa para quienes producen las bolsas y para los empleados de sus empresas. El problema es que en esa relación, donde parece que todos ganan, hay un gran ausente: las generaciones futuras. Los intereses de esas personas no nacidas son tan relevantes como los nuestros, pero como aún no existen, es difícil que los tengamos en cuenta. Si no lo hacemos, las transacciones económicas del mercado pierden legitimidad, pues envuelven una imposición de una carga a las generaciones futuras que no está justificada. ¿Significa eso que el mercado es malo, o que no constituye un mecanismo apropiado para asignar recursos? No, simplemente quiere decir que sus relaciones están afectadas por ciertos puntos ciegos que él mismo no puede resolver. Dicho con otras palabras, ese magnífico mecanismo que llamamos “mercado” no es capaz de crear las condiciones de su legitimidad. En este momento, tanto nosotros como esos industriales estamos obteniendo una ventaja que deben pagar las generaciones futuras. Eso no es justo.

Atendido el hecho de que, en casos como las bolsas de plástico, las relaciones privadas de mercado no son capaces de considerar a las generaciones futuras, es necesaria la presencia de otra instancia que sí las considere. Y esa instancia es la política, que debe tener la última palabra. La ministra Cubillos y nuestros legisladores no han hecho más que reestablecer un equilibrio que estaba roto. No porque esos empresarios sean unos malvados que quieren ensuciar nuestras tierras y mares, sino porque todavía no han logrado incluir una variable muy relevante: la atención al otro.

Esta dimensión de la actividad empresarial sí ha sido comprendida por las autoridades gremiales del empresariado, que en los últimos meses han insistido una y otra vez en algo tan básico e importante como la necesidad de pensar en los otros en cada transacción comercial e industrial. Y esos “otros” no son sólo los que están sentados a la mesa de una negociación, sino que incluye a unos actores invisibles: los futuros chilenos.

También es destacable el hecho de que este problema se haya resuelto en sede legislativa, con los instrumentos propios de la política. Una solución semejante resulta mucho más razonable que las medidas unilaterales que toman los alcaldes, que no son el resultado de un amplio proceso de deliberación.

Algunos industriales se quejan por el hecho de que ellos ya producen bolsas biodegradables, de modo que en esta prohibición están pagando justos por pecadores. Puede ser, pero deben comprender que a los ciudadanos no nos basta con que estampen un letrero “bolsa biodegradable” en su producto. Debe darnos garantías de que eso corresponde a la realidad, a través de alguna instancia externa y confiable. En otras palabras, su protesta no es tan legítima como parece, porque debieron haber reaccionado de manera oportuna, involucrando a sus pares, para establecer mecanismos de autorregulación válidos para todas las empresas y no solo para algunos más responsables. Como no lo hicieron, ahora tiene que venir el poder político a zanjar la cuestión. Una pena, pero la culpa no es de Cubillos, sino de ellos.

El asunto no es broma. Muchas de las bolsas de plástico que aparecen en el iceberg de National Geographic se demorarán varios siglos en degradarse. Por eso, a buena hora Chile toma la delantera dentro de los países latinoamericanos para abordar la cuestión y ojalá pronto sea imitado por sus vecinos. Los industriales del plástico hoy están molestos por estas duras medidas, pero sus nietos las agradecerán.

Joaquín García-Huidobro, Instituto de Filosofía Universidad de los Andes

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