Cuando deberíamos estar hablando del país que queremos construir, hemos terminado obligados a cantar la canción de los 10 perritos, adivinando que al final nos quedaremos con una gratuidad sin perritos y con un sabor amargo tanto los detractores como los que estaban convencidos que la gratuidad era lo mejor que le podía pasar a Chile.
Publicado el 13.11.2015
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La promesa de gratuidad en la educación universitaria en Chile se parece cada día más a la canción “yo tenía diez perritos”. Mientras más tiempo pasa, más evidente es que la promesa de avanzar gradualmente hacia la gratuidad universal fue una declaración voluntarista de Bachelet que nunca estuvo acompañada de cálculos serios y de un proceso responsable de diseño de política pública.

En la canción de los 10 perritos, el cantor explica la pérdida gradual de perritos hasta que no le queda ninguno. Aunque cada perrito desaparece por un motivo distinto, la audiencia rápidamente puede anticipar cuál será el final de la canción. En su defensa de la promesa de gratuidad, el gobierno se ha comportado de la misma forma que el dueño de los 10 perritos. A medida que ha ido avanzando la discusión del presupuesto, se ha ido acotando el universo de beneficiarios de la gratuidad hasta el punto que ahora parece que no habrá un aumento en el porcentaje de chilenos que no tendrán que pagar por su educación universitaria.

Por cierto que hay buenas razones para oponerse a la gratuidad universal. La probabilidad de asistir a la universidad es mayor en los quintiles de más ingresos, por lo que la gratuidad terminaría aumentando la desigualdad, no reduciéndola. Como el costo de la educación varía de universidad en universidad, la gratuidad resultaría en subsidios más altos para las instituciones que más cobran (o bien obligaría al Estado a regular precios). Como igual tendría un costo alto, la gratuidad obligaría al Estado a poner límites a la cantidad de semestres que podrán estudiar los alumnos. Las necesidades de regulación aumentarían enormemente los costos de transacción. El Estado deberá diseñar marcos regulatorios que restringirían la innovación y forzarían un modelo único en un sistema educacional que tiene en su diversidad una de sus grandes fortalezas.

Pero también hay buenas razones entre los que defienden la gratuidad. El anhelo de construir una sociedad meritocrática se basa en que exista igualdad de oportunidades. Solo los países que se atreven a soñar en grande logran superar los obstáculos que los separan del desarrollo. Si bien algunos formulan la idea de la educación gratuita como una demanda de derechos sociales, la educación gratuita podría ser el equivalente chileno a lo que fue la misión de llevar un hombre a la luna para Estados Unidos. Visto así, sería un loable proyecto nacional. Si alguna vez el país pudo crear un sistema de educación pública laica y gratuita, el Chile que aspira a ocupar un lugar entre las naciones más desarrolladas del globo también debe atreverse a soñar en grande.

Ya que hay buenas razones para oponerse y para apoyar la gratuidad, lo natural sería que se produjera un debate rico, intenso, respetuoso y fructífero en el que reinara la deliberación inteligente y las personas pudieran ser susceptibles a ser seducidas y convencidas por ideas antagónicas. El país está maduro para debates sin caricaturas y para el intercambio de ideas emanadas de posiciones apasionadas y no de trincheras. Como hay gente inteligente y bien intencionada en ambos lados (y cada campo tiene diversidad y matices en sus posturas), el debate sobre la gratuidad debiera ser una experiencia de democracia participativa y deliberativa que mostrara la madurez de nuestra sociedad. El proceso mismo sería la envidia de nuestros vecinos. Un país que quiere poner la educación al centro de su modelo de desarrollo debe debatir y deliberar sobre el tipo de modelo de financiamiento de esa educación y sobre los componentes que serán incluidos en ese modelo.

Por todo esto, resulta especialmente lamentable que el gobierno de la Presidenta Bachelet haya reducido este debate necesario, saludable y democratizador a una mera glosa presupuestaria. Una reforma de esta envergadura, que tiene un potencial transformador tan profundo y que, de resultar exitoso, marcará un antes y un después en nuestra historia nacional se merecía un debate mucho mayor que el que corresponde a una glosa presupuestaria.

Igual que una familia que considera adoptar un hijo, Chile necesitaba prepararse para este momento. La importancia de la adopción de un hijo no se puede reducir a qué tanto aumentará el gasto mensual del supermercado o cuánta agua adicional se le deberá echar a la sopa. Al reducir el debate sobre la gratuidad a la discusión de la glosa presupuestaria, el gobierno desechó la oportunidad de promover la participación ciudadana, profundizar la democracia y enriquecer el debate en la sociedad. La Moneda decidió reducir el debate a una discusión de presupuesto (importante, pero parcial). Por eso, cuando deberíamos estar hablando del país que queremos construir, hemos terminado obligados a cantar la canción de los 10 perritos, adivinando que al final nos quedaremos con una gratuidad sin perritos y con un sabor amargo tanto los detractores como los que estaban convencidos que la gratuidad era lo mejor que le podía pasar a Chile.

 

Patricio Navia, Foro Líbero y académico Escuela de Ciencia Política UDP.

 

 

FOTO: RAÚL ZAMORA/AGENCIAUNO

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