La gratuidad es el problema porque para estar en condiciones de asumirla nos convencimos de que bastaba con quererlo para que los recursos pasaran a ser ilimitados. La pregunta por la capacidad del país para financiarla se descartó de plano por poco solidaria.
Publicado el 12.09.2016
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Autoridades, dirigentes estudiantiles e incluso algunas de las hordas que con una cierta periodicidad asumen la tarea de vandalizar las calles de Santiago mientras marchan por ellas, parecen estar de acuerdo en la importancia de consagrar, de manera expresa e incluso irreversible, la gratuidad en materia educacional. Lo que inicialmente, hace cinco o seis años, podía verse como una consigna repetida de manera mecánica y sin mayor reflexión, se ha convertido en la quintaesencia de lo políticamente correcto. No obstante ello, y aun a riesgo de una condena a la versión “redes sociales” del paredón castro–guevarista, muy en boga en la actualidad, parece de utilidad detenerse por un momento a revisar aquellas razones que llevan a pensar que la gratuidad más que la solución, termina siendo el problema.

La gratuidad es el problema porque de tanto invocarla hemos llegado a creer que basta con declarar la existencia de un derecho a algo para que, automáticamente y casi por arte de magia, ese algo se pueda producir sin costo. Si las cosas se dijeran tal como estrictamente son, el cartel que hoy se enarbola diciendo “educación gratuita”, debería decir “quiero que los demás paguen por mi educación”. Planteada así, la petición resulta menos atractiva, por cierto, pero se acerca más a la realidad efectiva de su contenido, y favorece una discusión seria a su respecto.

La gratuidad es el problema porque al aceptarla sin mayor cuestionamiento nos vamos acostumbrando gradualmente a asumir que se puede pedir de regalo todo aquello que nos interesa o nos es útil. El problema es que si esa es la lógica que se adopta de manera general, ¿por qué razón algunos deberían seguir trabajando duro y esforzándose todos los días (como lo hace la gran mayoría de nuestros compatriotas), mientras ven que hay quienes que se limitan simplemente a pedir de regalo?

La gratuidad es el problema porque la hemos ido convirtiendo en la única política pública aceptable. A estas alturas, proponer una opción distinta para el ámbito educacional aparece como virtualmente inmoral, cancelando así, a priori, y sin base técnica alguna, cualquier análisis relativo a la rentabilidad social o la eficiencia, e incluso tratando de prescindir de las consideraciones relativas a la situación económica del país, como si se tratara de cuestiones menores que deben ser dejadas de lado por irrelevantes.

La gratuidad es el problema porque al validarla de manera acrítica en el ámbito educacional, la sociedad chilena envió el mensaje de que bastaba con salir a marchar reuniendo una cierta cantidad de personas para obtener lo que se quería. Lo que enfrentamos hoy día, en consecuencia, son las diversas demandas de distintos grupos que no entienden por qué a ellos se les intenta negar aquello a lo que antes se accedió con tanta facilidad.

La gratuidad es el problema porque para estar en condiciones de asumirla nos convencimos de que bastaba con quererlo para que los recursos pasaran a ser ilimitados. La pregunta por la capacidad del país para financiarla se descartó de plano por poco solidaria. Como la realidad siempre se impone (aunque en ocasiones se demore un poco en hacerlo), hoy parece que estamos volviendo a darnos cuenta de que Chile tiene necesidades relevantes en una serie de ámbitos y que no es correcto ni justo destinar todos los recursos a uno solo de ellos. Parafraseando una canción compuesta hace ya algunas décadas, “nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio”, y la verdad es que los recursos, al igual que en el pasado, y al igual que siempre, son escasos, tal como las necesidades son múltiples y jerarquizables. Por eso, parece que aceptar acríticamente la gratuidad no es la solución, es el problema.

 

Germán Concha.

 

 

 

FOTO:VICTOR PEREZ/AGENCIAUNO