Es difícil creer en la casualidad siendo un espectador de la política en nuestro país. Se suceden, con vértigo martilleante, situaciones que oscilan entre la paradoja y la ignorancia cruel.
Publicado el 23.10.2016
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“Hay dos maneras de difundir la luz… ser la lámpara que la emite, o el espejo que la refleja”. Lin Yutang

“Toda revolución se evapora y deja atrás una estela de burocracia”. Franz Kafka

“El ignorante afirma, el sabio duda y reflexiona”. Aristóteles

“Son filósofos verdaderos aquellos a quienes gusta contemplar la verdad”. Platón

 

Es difícil creer en la casualidad siendo un espectador de la política en nuestro país. Se suceden, con vértigo martilleante, situaciones que oscilan entre la paradoja y la ignorancia cruel. Así estamos.

La discusión de que si conviene o no enseñar filosofía dentro del currículo escolar denota una grave falta de origen: no se quiere entender la utilidad de la filosofía. No se comprende la importancia de la sistematización del pensamiento que busca dar un sentido a la vida del individuo. O bien es ignorancia, o bien es malicia. Lo mismo aplica en el ámbito de la reforma de la educación superior, cuyo último proyecto no satisface a nadie.

No es que necesariamente la filosofía llegue a ser aburrida o difícil. Esto entra en la esfera privada del educando, quien es el llamado a juzgar utilidades o/y posibilidades. No se le pueden cerrar los caminos ni negar elementos básicos del saber.

Luego está el Sename. Un escándalo mayúsculo que ha despertado un debate cínico y mezquino. Las víctimas —que no tienen ni voz ni voto en esta sociedad— ni siquiera están bien contadas. Las cifras de muertes cambian de semana en semana. Y a nadie parece importarle. Esto pasa en sociedades donde la importancia de la vida y el individuo se esfuman. Donde el individuo es una estadística, un número. Lo vimos en Auschwitz, lo vimos en el Gulag. Es el exitismo efímero lo que cuenta. El “poder por el poder”, al decir de señeros analistas políticos de la plaza. ¿El poder para qué?, se preguntarán muchos. ¿Qué sentido tiene el poder y el cultivo de una burocracia clientelista si no se tienen las competencias mínimas para manejar una repartición como esa? Y ojo, que el problema no es nuevo y se arrastra por años producto de una serie de decisiones mal tomadas: con ausencia de reflexión y como si hubiesen sido para poner un parche analgésico en alguna juntura de la burocracia, que no sólo busca anular la persona de los más desvalidos, sino que se retroalimenta en prebendas cada vez más groseras y exageradas.

El fenómeno de Rafael Garay nos fascina. No sólo la personalidad compleja del individuo, pues no sabemos realmente quien es, sino su capacidad para obtener complicidades y sinergias para saltar al estrellato efímero y falso que proporcionan ciertos (o muchos) programas de televisión. Porque es desde allí, con el combustible del rating, que Garay “vendía la culebra” y exigía cambios, ofrecía pócimas y regalaba ensoñaciones quiméricas a todos cuantos sintonizaban con su desvarío.

Se reventó la burbuja, se volvió a la realidad, y resulta que ahora todos dudaban de él. Al final, es difícil saber qué hay de cierto y de mentira. La mentira como arma arrojadiza para destruir y refundar. Ignorando que sólo la verdad nos muestra el camino evolutivo. Todo como un espejismo de lo que puede denominarse el “alma telúrica de Chile”.

Y, por último, “el librito” de la Municipalidad de Santiago. Evidentemente editado para servir de arma en unas disputadas elecciones municipales. Material de dudosa calidad (hay mucho y de mayor excelencia en internet y en los anaqueles de lo ya escrito), que pretende transformar algo bello y superior en algo sólo banal, placentero y efímero.

Como sociedad, se ahonda a diario en el individualismo y el nihilismo. No como actitud propia, sino que impulsada por el propio Gobierno. Pensando que con lo adjetivo, en vez de lo sustantivo, se ganan votos y se conserva el poder. En la berma va quedando la necesaria personalidad intelectual, sin la cual parece ocioso insistir en enseñanza universitaria gratuita y universal cuando, simultáneamente, se niegan las herramientas para que el educando entienda y contextualice la razón de vivir, la razón del saber y la razón de su vida en sociedad.

Se desecha el sentido del deber y del “justo medio”. La burocracia estatal crece sin razón ni concierto, y no parece pertinente exigirle ni un buen desempeño ni un buen resultado. Especialmente lacerante en casos en los cuales las víctimas son jóvenes anónimos. El poder marea y se transforma en una vasta maquinaria para controlar, nadie sabe muy bien el cómo, por qué y el para qué. Sin necesidad de rendir cuentas a nadie, olvidando la mortalidad misma del individuo, y su necesidad de rendir cuentas, aunque sea, a sí mismo, en la hora de su síntesis final. Es decir, su inescapable deseo de trascendencia. Nadie puede creerse tan magnífico y tan excelso como para disponer de la vida y de la voluntad de los demás. De allí la existencia de una moral que, como la define Anatole France, “descansa naturalmente en el sentimiento”.

En fin, cuando la mentira se enseñorea en nuestros medios de prensa, como en el caso de quienes proporcionaron tribuna a Garay, ¿cómo se puede distinguir el resto del análisis y del contenido mediático entre la verdad y la falsedad? Se destruyen así las confianzas y se pasa a una sociedad más escéptica, que es más manipulable desde el poder.

Y, por último, desacoplar el sexo del amor (que hasta hoy nadie ha podido definir con certeza y que quizás sólo los más grandes poetas y artistas han logrado una aproximación plausible a este misterio) es negar la posibilidad de realización y desarrollo de la razón misma de la existencia del individuo. Y de donde deriva todo el entramado de ideas y conceptos expuestos más arriba. La trascendencia, que viene del misticismo o las religiones, y ciertamente no de la ideología.

Nuestros políticos y burócratas no son unos superhombres del intelecto, del saber y de los más profundos misterios de la vida misma. ¿Es entonces lícito que les permitamos definir, dictaminar y controlar materias y ámbitos que escapan de sus conocimientos y facultades humanas? ¿Deben inmiscuirse en todo, incluso en ámbitos que sólo atisban como datos útiles para el control o el poder?

Al final, esa es la disyuntiva entre libertad o servidumbre intelectual. La prosperidad individual y social sólo se construye a partir de espacios de libertad. Y la libertad está compuesta de un número de elementos, entre los cuales la expresión, la moral, la ética, la responsabilidad y el amor destacan.

Tememos a la muerte, entre otras muchas razones, porque al momento de nuestra síntesis final somos nosotros quienes debemos responder si lo que fuimos y lo que hicimos estuvo de acuerdo a nuestros dones y nuestras responsabilidades. Ningún burócrata ni ningún político podrá hacerlo por nosotros.

 

Enrique Subercaseaux, ex diplomático y gestor cultural

 

Foto: PABLO VERA LISPERGUER/AGENCIAUNO