Sea como sea que termine esta saga de volteretas de Bachelet entre el discurso fundacional y el gradualista, el país debe prepararse para el inevitable malestar que produce la resaca —la caña— después de una fiesta excesiva e irresponsable.
Publicado el 14.07.2015
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El retorno de Bachelet a Chile en marzo de 2013 inició un periodo de embriaguez política asociado a promesas maximalistas e incumplibles. Las promesas de terminar con el lucro en la educación y garantizar acceso universal gratuito a educación de calidad —todo en el marco de una nueva constitución— representaron los símbolos de esta fiesta. Ahora que la fiesta terminó y el país sufre la resaca causada por las promesas populistas e irresponsables, la Presidenta Bachelet debe hacer un acto de contrición por perder el control al hacer promesas. En palabras del Chavo del Ocho, Bachelet vuelve al seno concertacionista como el perro arrepentido, “con sus miradas tan tiernas, con el hocico partido, con el rabo entre las piernas”.

Las campañas son periodos en que, inevitablemente, los candidatos se exceden en promesas. Como se desata una carrera por quién promete más, los candidatos se exceden en los compromisos que hacen. Así funciona la democracia en todo el mundo. Pero así como se hace campaña en poesía, se gobierna en prosa. Los presidentes electos se dedican a bajar expectativas y aterrizar sueños. Después de la victoria, hay que especificar la letra chica de las promesas de campaña. Precisamente porque gobernar consiste en priorizar, los gobiernos electos deben tener una hoja de ruta ambiciosa pero factible.

Lamentablemente, demostrando poca habilidad política y todavía menor responsabilidad de gobierno, Bachelet siguió alimentando promesas excesivas después de ganar la elección. Determinada a transformar un país que solo necesitaba reformas que mejoraran la inclusión y ampliaran oportunidades, Bachelet puso el pie en el acelerador sin evaluar antes si las condiciones de la ruta —y la capacidad del motor de su gobierno— daban para avanzar a esa velocidad. Ahora que el gobierno, y el país, están estancados en el lodo, Bachelet ha anunciado que sacará el pie del acelerador. Pero más que una decisión responsable de gobierno, ese anuncio suena más bien a renuncia y resignación.

Después de 15 meses de gobernar como si el mundo se fuera a acabar mañana —con reformas apuradas e irreflexivas, mal diseñadas y aun peor implementadas—, el gobierno dice que ahora se dedicará a priorizar. Reconociendo tácitamente que hasta ahora había gobernado sin responsabilidad, Bachelet parece haberse decidido ahora a volver a militar en el partido del orden.

Pero como los costos de las reformas que ya han sido promulgadas recién se empiezan a pagar, este anuncio de “realismo sin renuncia” todavía parece demasiado optimista. Percibiendo que el gobierno está arrinconado, los opositores a las reformas ya promulgadas, sobre todo los detractores de la reforma tributaria, han visto la oportunidad de revertir algunos de los cambios realizados en 2014. Como hay un creciente acuerdo sobre la necesidad de simplificar la reforma tributaria para poder hacerla factible, muchos ven la oportunidad de meter sus temas de interés en la lista de elementos de la reforma que serán eliminados. Desde el IVA a la construcción hasta impuestos específicos, se multiplican los llamados a reabrir el debate tributario. Algo similar ocurrirá con la reforma educacional, donde la gradualidad en la implementación abrirá oportunidades para retrasar o anular el fin del lucro y la selección.

Peor aún, como los que sorpresivamente cambian de rumbo sientan precedente de que pueden volver a hacerlo en el futuro, nada asegura que ahora se detendrá el giro de Bachelet de pasar del partido del orden de su primer gobierno a tomar banderas fundacionales en el primer año de su segundo gobierno para volver la semana pasada al partido del orden. Bien pudiera ser que, viendo la oportunidad de volver a abrazar las banderas refundacionales, Bachelet vuelva a abandonar a la Concertación para volver con la Nueva Mayoría. Después de todo, Bachelet hipotecó su credibilidad al prometer —repetidas veces— la educación universal gratuita y una nueva constitución. Es más, después de electa, Bachelet firmó en múltiples ocasiones el mismo pagaré comprometiéndose a sus dos promesas más simbólicas de campaña.  Hace seis semanas, en su segundo mensaje a la Nación el 21 de mayo, Bachelet insistió en la promesa de educación gratuita y de nueva constitución.

El discurso actual de realismo sin renuncia puede ser miel sobre hojuelas para los que temían el poder transformador de la Nueva Mayoría, pero no hay forma de que los grupos que vieron en Bachelet el camino para sepultar el modelo de economía social de mercado, privilegiado por la Concertación, queden satisfechos con este giro de una Presidenta que prometió demasiadas veces que ella rompería con la gradualidad concertacionista. Sea como sea que termine esta saga de volteretas de Bachelet entre el discurso fundacional y el gradualista, el país debe prepararse para el inevitable malestar que produce la resaca —la caña— después de una fiesta excesiva e irresponsable (especialmente cuando algunos comensales no se han convencido todavía que la fiesta ya terminó).

 

Patricio Navia, Foro Líbero y académico Escuela de Ciencia Política UDP.

 

 

FOTO:CRISTOBAL ESCOBAR/AGENCIAUNO

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