Nuestras pequeñas transgresiones crean el ambiente donde florecen las grandes transgresiones. Los que hoy están involucrados en vergonzosas tramas de corrupción fueron en su día pequeños transgresores o listillos-pillos.
Publicado el 27.06.2016
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Rudolph Giuliani, ex alcalde de Nueva York (1994-2001), se hizo internacionalmente famoso por el notable éxito que tuvo en el combate a la delincuencia. Hace unas semanas estuvo en Chile dejando en claro que la lucha contra la delincuencia comienza antes de que los delitos se cometan. Para entenderlo es conveniente hablar sobre la “teoría de las ventanas rotas”.

La teoría de las ventanas rotas trata del contagio de las conductas inmorales o incívicas y fue elaborada por J. Wilson y G. Kelling a comienzos de los años 1980. Su origen es un experimento llevado a cabo por un sicólogo de la Universidad de Stanford, Philip Zimbardo, en 1969. En una calle algo descuidada de Bronx (nueva York), Zimbardo abandonó un coche sin patente y con el capó abierto. Su objetivo era ver qué ocurría. Pasado unos minutos empezaron a robar sus componentes. Dentro de 24 horas todo lo que tenía algo de valor había desaparecido. Finalmente el coche quedó destrozado. Pero el experimento no termina aquí. Simultáneamente abandonó otro coche en similar estado en una de las ciudades más acomodadas de Estados Unidos, Palo Alto en California. Y nadie lo tocó en una semana. Entonces Zimbardo destruyó con un martillo parte de la carrocería. Esta fue la señal que desencadenó una serie de reacciones y, al cabo de unas horas, el coche había sido totalmente destrozado, tal como el de Bronx, por los honrados ciudadanos del pudiente Palo Alto.

Este experimento dio lugar a la teoría de las ventanas rotas: si en un edificio aparece una ventana rota y no se arregla pronto, inmediatamente los vándalos acaban destrozando las demás. ¿Por qué? Porque la ventana rota envía un mensaje: aquí no hay nadie que vigile.

El comienzo de las conductas incívicas tiene relación con pequeñas transgresiones de las reglas que mantienen el orden de una comunidad. La tolerancia para con el “pequeño transgresor”, que puede ser cualquiera, o con el “listillo”, ese personaje a veces algo gracioso que todos llevamos dentro y que está tan inserto en la tradición española o el vivo argentino o el pillo chileno, es lo que hace que aceptemos el pago de bienes o servicios sin IVA, el recurso a las influencias, el plagio, el clientelismo, el amiguismo, el absentismo, el atraso o los “minutos de cortesía”, etcétera, esgrimiendo como justificación el típico “No pasa nada” español. Ese “No pasa nada”, que nos conduce a transgredir cotidianamente reglas y normas éticas, es el gran autoengaño en que vivimos.

Claro que pasa. Nuestras pequeñas transgresiones crean el ambiente donde florecen las grandes transgresiones. Los que hoy están involucrados en vergonzosas tramas de corrupción fueron en su día pequeños transgresores o listillos-pillos. No nacieron siendo grandes estafadores, sino que fueron aprendiendo, poco a poco, engaño a engaño, hasta llegar a ser los alumnos más avanzados de la clase. Esto es lo que subyace en la teoría de las ventanas rotas. Un poco de autocrítica nos vendría bien, pero para eso hay que entender que, como dice el refrán español, “de aquellos polvos vienen estos lodos”.

El llamado a una “regeneración democrática” de ciertos sectores como consecuencia del ambiente generalizado de corrupción política debe proceder de abajo a arriba. Hay que recuperar las conductas cívicas y morales en la familia, en el Parlamento, en la empresa, en el club deportivo, en la ciudad, en los colegios, en los medios de comunicación. Parafraseando a Kant, se trata de que actuemos siempre de modo tal que nuestra conducta pueda ser considerada como una regla universal. Cuando llegue ese día podremos hablar de una verdadera regeneración, aunque la vida se torne algo más aburrida.

Volviendo al caso de Giuliani y Nueva York. La lucha contra la criminalidad empezó en 1985 mediante un resuelto combate contra el incivismo en el metro de la ciudad, ejemplificado por el no pago de la tarifa de transporte o por el grafiti en los carros. El grafiti era la señal más clara de que “se podía hacer cualquier cosa” en el metro y por ello su combate fue clave. Los carros con grafiti eran inmediatamente sacados de circulación y limpiados, hasta que los “artistas” del grafiti perdieron todo interés por dejar sus huellas en los carros del metro. Los evasores también desaparecieron dado el estricto control ahora implementado y con ello las transgresiones cotidianas, que había hecho del metro un lugar muy inseguro, prácticamente desaparecieron. Luego, a partir de 1990 y bajo el liderato de William Bratton como jefe de la policía del tránsito de la ciudad, se comienza a implementar la famosa política de “tolerancia cero” que fue fuertemente apoyada por Giuliani, que ganó la elección para alcalde de Nueva York en 1993, haciendo de Bratton su comisionado de policía.

El éxito de esta estricta política de tolerancia cero a las pequeñas transgresiones tuvo pronto, junto a otras medidas de vigilancia y control como el célebre sistema de seguimiento computarizado del crimen (CompStat), un impacto notable respecto de las grandes transgresiones. Así, la tasa de homicidios se redujo a una tercera parte entre 1980 y 2000. Hoy, la ciudad de Nueva York está considerada como una de las metrópolis más seguras del planeta.

Ese es el resultado de una política consecuente y aparentemente dura, pero capaz, en el largo plazo, de crear una vida mucho más vivible y amable para todos. De ello debemos aprender en este Chile que se va deslizando de forma cada vez más preocupante por la pendiente de la violencia.

 

Mónica Mullor.

 

 

 

FOTO: FRANCISCO CASTILLO D./AGENCIAUNO