La idea de familia sigue estando ausente en la deliberación pública –incluso en períodos electorales–, aun cuando representa un lugar central en la vida de los chilenos, tal como lo demuestra la World Values Survey 2010-2014, según la cual un 99% de ellos la sigue considerando importante. ¿Por qué aún el debate político ignora a la familia como objeto de políticas públicas?
Publicado el 06.11.2017
Comparte:

Uno de los aspectos destacables de la centroderecha reciente ha sido su intención por comenzar a entender los problemas sociales desde un prisma distinto al que normalmente acudió durante mucho tiempo. El surgimiento de intelectuales, la preocupación de (pocos) políticos por el cultivo de las ideas y la atención a disciplinas complementarias a la economía, le ha traído al sector un futuro promisorio, alentador. Sin embargo, un esfuerzo de tal tamaño requiere tiempo y adaptación. Naturalmente, quienes acostumbraron a aproximarse a la realidad de un solo modo continuarán teniendo problemas para responder las preguntas de hoy.

Tal es el caso de quienes, caracterizándose por la defensa de un concepto tradicional de familia, no han tenido las herramientas necesarias para dar razón de sus dichos. “Pechoños”, “ultraconservadores” y hasta “cavernarios”, son algunos de los calificativos con los que son apuntados –muchos de ellos con justicia–, pues no pocos han esbozado desafortunadas defensas de sus ideas, abordándolas principalmente desde una perspectiva con un tinte moralista.

A pesar de las escuálidas defensas que esta concepción ha recibido, la idea de familia sigue estando ausente en la deliberación pública –incluso en períodos electorales–, aun cuando representa un lugar central en la vida de los chilenos, tal como lo demuestra la World Values Survey 2010-2014, según la cual un 99% de ellos la sigue considerando importante. Ante este dato, naturalmente cabe preguntarse: ¿por qué aún el debate político ignora a la familia como objeto de políticas públicas? La respuesta deja de ser simple y excede el propósito de esta columna. En un problema tan complejo como éste, una explicación sencilla probablemente olvidará muchos aspectos del asunto. En cualquier caso, hay ciertas luces que pueden guiar una aproximación adecuada.

En el último tiempo, una perspectiva que concibe a la familia como una unión afectiva de sus integrantes ha comenzado a ganar terreno –de ahí la apertura hacia el matrimonio entre personas del mismo sexo–, en oposición a una concepción pluridimensional de la familia que abraza, por cierto, la dimensión afectiva, pero que incorpora otras aristas a ella, tal como la apertura a las nuevas generaciones, a su protección, educación, acceso a una cultura determinada y a la posibilidad de constituir nuevos ciudadanos.

La primera visión, centrada en el vínculo afectivo, se limita, en consecuencia, a observar el asunto desde el prisma de la moral individual, alejándose de la dimensión pública de la familia. En consecuencia, si es un asunto individual, ¿por qué ha de importarle al Estado un mero vínculo afectivo entre personas? Si la familia es sólo eso, ¿por qué habremos de esperar políticas públicas dirigidas a ella?

La “filosofía pública de la familia”, como la llama el doctor en filosofía y académico de la Universidad de Los Andes Manfred Svensson, permite adoptar dos nuevas actitudes: en primer lugar, abandonar una posición que se reduce a defender una concepción –tradicional– de la familia, muchas veces cargada de moralina sin argumentos y por mera vocación conservadora; y por otra, comprender los asuntos sociales que acompañan a la familia, removiendo aquellos obstáculos de la vida social que impiden la existencia de familias sólidas y que éstas puedan, finalmente, cumplir sus objetivos. En otras palabras: no sólo hay que esperar que aumenten las tasas de matrimonios o que los hijos nazcan al interior de éste, sino que es necesario también pensar políticas públicas que permitan tener una vida familiar genuina.

Pensemos en las colosales distancias que tantos padres y madres deben recorrer todos los días desde sus casas a sus lugares de trabajo, privándolos de estar presentes en la vida diaria de sus hijos; reflexionemos sobre el funcionamiento de malls los domingos, en que tantos trabajadores dejan de ver a sus hijos por vendernos un par de zapatos o algún artículo electrónico; y para qué decir los altos planes de salud de las mujeres, que hacen que la maternidad sea un “riesgo” o un “problema” antes que un regalo.

En consecuencia, quienes han defendido una concepción de familia tradicional y se han visto faltos de herramientas para su defensa, han incurrido, en su mayoría, en el grave error de limitarse a una mera oposición al matrimonio homosexual, olvidando, al mismo tiempo, las diversas dimensiones del asunto. Esa posición ha sido incapaz de reforzar públicamente el concepto de familia que pretende proteger.

Por el contrario, una visión que reconozca otras aristas del asunto se transforma en una oportunidad para tantos conservadores y socialcristianos de resguardar el bien público que la familia esconde. Ya nos decía el Padre Hurtado: “Una sociedad que no hace su sitio a la familia es inmoral. Predicamos a los esposos: tened hijos, pero en realidad deben ser heroicos para poder tenerlos. Hay un problema de moral social que es aún más grave que el problema de moral individual que predicamos. Más que a los esposos, hay que predicar a los legisladores, a las instituciones (…)”.

 

Pablo Valderrama, subdirector ejecutivo IdeaPaís

 

 

Foto: FELIPE LOPEZ/ AGENCIA UNO