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Publicado el 14 de diciembre, 2014

La falsa promesa de los museos gratuitos

La gratuidad de los museos no cambiará la composición social de los visitantes ni aumentará el número de estos.
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Recientemente la Presidenta de la República anunció que el acceso a los museos de dependencia estatal de Chile será gratuito. La meta del Gobierno es que “la ciudadanía se acerque con libertad y sin costo alguno al patrimonio, a nuestra historia y a la ciencia”.

Existe un extendido consenso en torno a no escatimar los esfuerzos que se deben hacer para allegar más público y enriquecer las audiencias de los museos. Son estas instituciones actores demasiado importantes para la cultura y la educación como para restarnos en un esfuerzo que debe ser alentado y celebrado. Por supuesto que queremos que más gente vaya a los museos, pero la cuestión que quiero introducir aquí es que no necesariamente una disminución en el precio de la entrada -o su eliminación frontal, como ocurrirá a partir de comienzos del próximo año para los 27 museos que administra la DIBAM- se traducirá en un contingente mayor de público pujando por entrar a las “casas de las musas”. Incluso sería plausible que el número de visitantes decaiga.

Entre las cosas que sabemos es que los chilenos ya frecuentan poco los museos. Y entre esos pocos que los visitan, casi todos son del mismo sector socioeconómico. A los que no asisten no parece ser el precio de la entrada el factor que los detiene en su intento de cruzar el umbral.

El comportamiento del público de museos en Chile no es diferente al de otras naciones. Considerados así en la oferta de productos y servicios culturales disponibles para las personas, los museos ocupan un lugar más en la lista de opciones dispuestas para el consumo y disfrute cultural. No obstante, la sociología de la cultura ha venido señalando desde hace varias décadas que los museos no figuran dentro de las opciones más apetecidas por el público a la hora de disponer qué hacer con su tiempo de ocio. Y hay más. Aquellos que sí prefieren ir a los museos espontáneamente, y no como parte de una obligación escolar, suelen ser representativos de los grupos más y mejor educados de cada sociedad, y los con mayor poder adquisitivo. En la forma chilena de ver las diferencias sociales, a los museos van los sectores ABC1 y poco más.

Las cifras aportadas por sucesivas Encuestas de Participación y Consumo Cultural (ENPCC) sobre la asistencia a museos chilenos, reflejan una radiografía que no revela grandes sorpresas: un público que se muestra invariable a lo largo del tiempo, homogéneo entre hombres y mujeres, principalmente joven (cerca de la mitad se ubica entre los 15 y 44 años), y que representa en su pluralidad a los sectores  acomodados del país (39,8% de los asistentes  pertenecen al nivel socioeconómico ABC1).

La más reciente ENPCC, al referirse a los museos, señala que éstos son escasamente visitados por los chilenos. Se obtuvo como resultado que sólo el 20,8% de la población nacional ha asistido al menos una vez en el último año a una de estas instituciones. Según la misma estadística, entre el año 2005 y el 2009 varió de 20, 5% a 20,8%. Las dos principales razones que se arguyen para no asistir son la falta de tiempo (38%) y la falta de interés por visitarlos (22,8%). El precio de la entrada no parece ser un factor relevante a la hora de decidir la visita a un museo.

La discusión sobre la gratuidad del acceso a museos y monumentos es un tema de debate desde hace bastante tiempo entre los especialistas en políticas culturales y economía de la cultura. Por una parte están los que la defienden, pues alegan que ella contribuye a la democratización del acceso a la cultura; por la otra, quienes la resienten, pues priva a los museos de una fuente adicional de financiamiento que podría volverlos más eficientes y dotarlos de mejores colecciones para contribuir a la democracia cultural.

El impacto de la gratuidad sobre la asistencia del público es conocido: eficaz en el corto plazo, pero a mediano y largo muy cuestionable. Además, no origina una correlación directa, pues está determinada por otras variables propias de la oferta de bienes y servicios culturales. Se ha podido apreciar también que el impacto del acceso gratuito al museo requiere del desarrollo de acciones específicas para aumentar, ampliar y diversificar la asistencia de público, incluyendo una serie de esfuerzos por aumentar la accesibilidad física e intelectual. Estas acciones van más allá de simplemente levantar las barreras monetarias a la entrada.

No puede dejar de mencionarse también un aspecto que pone en cuestión la equidad del acceso gratuito a estos espacios culturales, pues no pagar el valor de la entrada es más beneficioso para los visitantes fieles a los museos que para los ocasionales. La realidad de la gratuidad ha demostrado que el “precio” del museo, desde la perspectiva del consumidor-turista, no es sólo la cantidad a pagar para entrar, sino que incluye -como en cualquier otra actividad recreativa- una serie de costos no monetarios como el esfuerzo de venir y los gastos asociados con la visita.

Así que estamos frente a una falsa gratuidad. Parece una buena cosa, muestra a los gobiernos como generosos, promoviendo la democratización de la cultura; pero en el fondo es negativa porque ella siempre tiene un costo financiero en términos colectivos. La gratuidad de los museos también tiene efectos contradictorios sobre la valorización que el público hace de su experiencia: no se sabe si los asistentes le asignan valor a lo que se les ofrece gratis.

En definitiva, si lo que se quiere lograr es que los visitantes de los museos sean más variados, hay que hacer mucho más que no cobrar entrada. Hay que estimular a los museos para que adopten medidas activas para ir al encuentro de nuevas audiencias. Necesitamos museos más abiertos y acogedores con las personas, más integrados a sus barrios y comunas, trabajando con los artistas locales, las asociaciones de turismo y las organizaciones locales. ¿Que ello requiere financiamiento? Ciertamente. Es en ese aspecto donde debemos centrar la discusión: cómo allegamos más recursos a todos los museos del país, no solo a los de la DIBAM, pues en este esfuerzo los requerimos a todos.

 

Cristian Antoine, Académico e Investigador Universidad del Pacífico.

 

 

FOTO: DAVID VON BLOHN/ AGENCIAUNO

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