Gobernar en medio, y por medio, de la democracia se torna cuesta arriba. Hay que disputar la atención de masas individualizadas con armas tan toscas como discursos, votaciones, trámites, ideologías, compromisos. ¿Quién puede ganar con esos medios en un ambiente minado por tuits, controlado por las redes sociales, infectado de fake news, sostenido por un clima de inatención fabricada, carcomido por el cinismo e inundado por la cultura del consumo?
Publicado el 28.03.2018
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Captar la atención del público se ha convertido en un reto crucial para los actores tradicionales de la política democrática, trátese del gobierno, los partidos oficiales y de oposición, el Parlamento y los parlamentarios y, en general, las partes interesadas que actúan dentro de las estructuras institucionales. Compiten en torno a este objetivo con una verdadera industria, según muestra un reciente libro Los mercaderes de la atención: desde la prensa diaria hasta las redes sociales. Cómo nuestro tiempo y atención son cultivados y vendidos.

Tim Wu, autor de este volumen, muestra allí que Facebook, la más grande y exitosa empresa de dicha industria, culmina un modelo de negocios que arranca en la última parte del siglo XIX, dedicado a la captura y reventa de la atención humana. Arranca con los posters parisinos de la Belle Époque, se expande con el mercado masivo de diarios sostenidos por el avisaje y, en la segunda parte del siglo, se despliega a través de una nueva ola de empresas de la publicidad.

Por su lado, Facebook alcanzaba a mediados del año pasado una audiencia global de dos mil millones de personas. A la vez, sus competidores por la atención de la gente alcanzaban en esa fecha 1.500 millones de personas (You Tube), 1.200 millones (WhatsApp y Messenger, cada uno) y 700 millones (Instagram).

Nótese, además, que WhatsApp e Instagram pertenecen a Mark Zuckerberg, dueño de Facebook, quien acaba de atraer él mismo la atención de los medios de comunicación y las redes sociales por el hecho de no haber cautelado debidamente una enorme masa de información privada de usuarios de sus servicios. Así, más de 50 millones de usuarios de Facebook quedaron expuestos, haciendo posible que una firma elaborara sus perfiles psicológicos con el fin de captar su atención y suministrarles noticias falsas y mensajes movilizadores, para suscitar en ellos temores, ilusiones y respuestas fuera de su autocontrol racional.

No sabemos cuánto afectan estos fenómenos a nuestra propia polis. Pero sí consta que Chile es un país de los más activos en el mundo en relación al uso de las redes sociales, que Facebook tiene acá una alta penetración y que los jóvenes dedican un tiempo importante del día a estar en las redes, su principal medio de contacto y de información, incluso de noticias falsas. Hay, pues, suficientes razones para sospechar que aquellos fenómenos propios del impacto socio-político y cultural de la industria de la atención y la explotación de las redes sociales para fines manipulativos deben hallarse presentes también en nuestra sociedad y, probablemente, contribuyen a erosionar la legitimidad de la política y los arreglos que sostienen el funcionamiento de la democracia.

Por lo pronto, en las actuales circunstancias la atención de los públicos flota libremente y se mueve en múltiples direcciones, cambiando de orientación y sentido a cada momento, sin detenerse reflexiva y deliberativamente en ningún objeto. Es el carácter fluido y líquido del votante; la mentalidad del ciudadano a alta velocidad; la levedad del campo ideológico; la circulación de los signos.

Enseguida, la aparente riqueza de la información disponible, la idea de que las personas se hallan expuestas a un mayor conocimiento y por ende están más “empoderadas”, no parece verificarse en la práctica. La TV por cable, con sus decenas de canales de todo tipo, no ha vuelto más sofisticados a los consumidores, ni más competentes y razonables a los ciudadanos. En el mejor de los casos, paradojalmente, ha disminuido su capacidad de fijar la atención, tornándola más volátil, voluble, inconstante y pasajera.

Algo similar ocurre con la acción de tuitear frente a la práctica de pensar, conversar, debatir y deliberar. Se adelgaza el sentido hasta casi desaparecer y se lo sustituye por invectivas, emoticones, exclamaciones, “me gusta” o “no me gusta”, chillidos, caricaturas, insultos; en suma, una real degradación de la cultura oral. Frases entrecortadas. Ausencia de contexto, de explicaciones, de diálogo. La comunicación interpersonal y la comunicación pública se reestructuran en términos de circuitos cerrados, verdaderas sectas que se congregan en torno a un motivo único, o un pensamiento básico, o una teoría explicativa excluyente, usualmente de carácter conspirativo.

Los grupos autoseleccionados en función de ese tipo de “pensamiento” atrapan la conciencia de las personas que los conforman y crean un mundo intensamente alienado, donde todos los miembros del grupo comparten la misma información, las mismas teorías conspirativas y participan en las mismas odiosidades y tormentas de insultos.

Como resultado de todos estos procesos, la democracia se degrada y estrecha. Retrocede la razón pública en beneficio de una atención capturada tecnológicamente y manipulada como un producto de venta que puede servir para capturar aún más finamente la atención del público y dirigirla en direcciones que obedecen al interés de agentes externos. La libertad y la autonomía individuales se reducen; la conciencia colectiva queda atrapada en las redes sociales.

La construcción de agendas públicas, con asuntos que puedan importar a la gente, los gobiernos y las oposiciones, se vuelve cada vez más difícil, pues supone que la política, los partidos y las élites, están en condiciones de atraer la atención masiva de la gente. ¿Pero qué agente político puede competir con Facebook o con Instagram? O bien, ¿qué asunto mínimamente complejo puede resolverse por un simple “me gusta” o “no me gusta”?

En estas circunstancias, resulta fácil entender por qué las ideologías como “grandes discursos” han entrado en crisis o por qué la política democrática como esfera de valor y un orden de vida de la sociedad, una cultura, parece estar en retirada y tiende a ser amenazada por respuestas autoritarias, líderes carismáticos, movimientos populistas y por las “tormentas de excremento” en el ámbito virtual o las funas de violencia física a las puertas de la universidad.

La frase algo hueca de que “gobernar” estaría volviéndose cada día más difícil, adquiere en este nuevo contexto un sentido más preciso.

Gobernar en medio, y por el medio, de la democracia, se torna en efecto cuesta arriba. Hay que competir por el corazón y la mente de la gente con adversarios mucho más fuertes, como las empresas mencionadas más arriba con sus tácticas oscuras y su nula accountability pública. Hay que disputar la atención de masas individualizadas con armas tan toscas como discursos, votaciones, trámites, ideologías, compromisos. ¿Quién puede ganar con esos medios en un ambiente minado por tuits, controlado por las redes sociales, infectado de fake news, sostenido por un clima de inatención fabricada, carcomido por el cinismo e inundado por la cultura del consumo?

El ciudadano mismo se vuelve una sombra de la democracia. En vez de ser un protagonista, ahora participa vendiendo su atención a las nuevas industrias de la publicidad. En vez de votar, está llamado a responder con un click. En vez de deliberar, su opinión vale un par de cientos de caracteres. En vez de razonar públicamente, se convierte en un consumidor de falsas noticia. Todo a su alrededor —en la polis democrática— comienza a perder realidad y a aparecer como meras ficciones: el sufragio, la representación, la soberanía popular, los mandatarios y el mandante. Es el desencantamiento de la política democrática, de la democracia liberal y del gobierno representativo.

Ya el siglo XX mostró hacia dónde puede llevar esa pendiente.

Hay pues que recuperar la atención propia y de los demás mediante el razonamiento y la conversación. Y, en vez de entregarse al control de las tecnologías y sus invisibles hilos, someterlas al juicio crítico y a una mayor vigilancia, imponiéndoles a las empresas de esta nueva industria reglas de mayor transparencia y el deber de cautelar la información privada, y de no promover o facilitar la transmisión de información falsa.

 

José Joaquín Brunner, #ForoLíbero

 

 

FOTO: LEONARDO RUBILAR/AGENCIAUNO

 

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